De vuelta a sus brazos CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

CADEN

Desde el mirador del sector alto de la viña se veía todo el valle.

Era un sitio al que no subía casi nunca, no por nada en particular sino porque el día a día de la finca no requería estar aquí arriba y yo era un hombre de día a día.

Pero esa mañana necesitaba altura, distancia, la perspectiva específica de ver las cosas desde lejos para entender su tamaño real.

Así que había subido por el camino de tierra que bordeaba el viñedo norte y me había detenido aquí, con las manos en los bolsillos y el valle entero desplegado abajo.

Mitchell Wines desde arriba era otra cosa.

Las hileras de cepas bajaban ordenadas hacia el fondo, con ese verde oscuro de octubre que en unas semanas iba a empezar a virar, y las naves de la bodega brillaban con el sol de mediodía, y la casa blanca con su porche mirando al oeste parecía exactamente lo que era: un sitio construido para durar.

Llevaba una hora ahí de pie y había llegado a una conclusión que no me gustaba pero que era la única honesta.

Tenía que irme.

No porque estuviera enfadado, aunque lo estaba, ni porque la situación fuera injusta, aunque lo era. Sino porque Dolly Mitchell tenía una decisión que tomar y mi presencia en esa decisión la complicaba de una manera que no le hacía ningún bien a ninguno de los dos.

Si se quedaba con la finca porque yo estaba aquí y lo que había pasado entre nosotros estos días le pesaba más que los números, iba a cargar con eso.

Y si vendía sabiendo que yo me quedaba sin el sitio que había tratado como mío durante diez años, iba a cargar con eso también.

Las dos opciones la ponían en una posición que ella no se merecía.

La solución más limpia era quitarme de en medio.

Podía irme al norte, a Sonoma, donde conocía a gente del sector que llevaba años diciéndome que si alguna vez quería cambiar de aires había trabajo para mí.

Tenía dinero ahorrado, tenía experiencia, tenía un nombre en el valle que me abría puertas.

No iba a morirme de hambre. Y Dolly podía vender o no vender sin que yo fuera una variable en la ecuación.

Era una decisión adulta y racional.

Me la había estado repitiendo cuarenta minutos y seguía sin convencerme del todo, lo cual era un problema con las decisiones adultas y racionales.

Saqué el teléfono del bolsillo. Tenía un mensaje de Tommy preguntando por Roble, al que contesté, y nada más. Ningún mensaje de Dolly, que era lo razonable dado cómo había salido del hospital esa mañana. Guardé el teléfono.

Abajo, en el camino de tierra que subía desde las caballerizas, vi un movimiento.

Tardé un segundo en entender lo que estaba viendo porque no lo esperaba: alguien corriendo.

Corriendo de verdad, no trotando. Y aunque desde aquí arriba era una figura pequeña, la reconocí antes de poder distinguir la cara, porque hay personas que uno reconoce por la manera de moverse antes que por ninguna otra cosa.

Dolly.

Me quedé quieto.

Ella subió el camino sin aflojar, con el pelo soltándose del recogido y los brazos moviéndose.

Cuando llegó al mirador y me vio se detuvo dos segundos, tomó aire una vez, y luego cerró los últimos metros entre nosotros y se lanzó contra mí con una fuerza que me obligó a dar un paso atrás para no perder el equilibrio.

La sujeté. Mis brazos la rodearon antes de que tomara ninguna decisión consciente al respecto.

—No te vayas —dijo, contra mi pecho, todavía sin aliento—. Por favor. No te vayas.

No dije nada. La sujeté y dejé que recuperara la respiración y miré por encima de su cabeza el valle que tenía delante, las hileras de cepas bajando ordenadas, la casa blanca al fondo.

Cuando se apartó lo justo para mirarme, tenía los ojos brillantes y las mejillas encendidas del esfuerzo y una expresión que no había visto en su cara desde que éramos unos críos.

—No vendo —dijo—. He decidido que no vendo.

Voy a sacar esto adelante, voy a hablar con Vail y decirle que su oferta no me interesa.

Y voy a quedarme aquí y aprender todo lo que no sé sobre llevar una finca y trabajar con lo que hay hasta que los números mejoren —hizo una pausa—.

Pero te necesito a ti. No como encargado.

A ti. A mi lado. Necesito que te quedes.

Me la quedé mirando.

—Dolly…

—Sé que no tengo ningún derecho a pedirte eso.

Sé que me fui hace diez años sin darte ninguna explicación que valiera la pena; que esta semana he gestionado todo fatal y que esta mañana mi padre te soltó lo de Vail sin prepararte y eso fue culpa mía —su voz no tembló, pero era la voz de alguien que está usando toda su concentración para que no lo haga—.

Y sé que llevas diez años aquí poniendo adelantos de tu sueldo para que esto funcione mientras yo estaba en Nueva York convenciéndome de que era feliz.

Así que no te pido que me perdones ahora mismo. Solo te pido que no te vayas.

El valle seguía ahí abajo, igual que siempre.

Estaba petrificado. Lo único que se me ocurrió preguntarle fue:

—¿Cómo está tu padre?

—Estable. Me ha pedido que hablase contigo. Ha dicho que no tenía paciencia para verme perder otra vez algo que quería por quedarme quieta.

—Hombre listo, tu padre.

—Siempre lo ha sido.

Nos miramos. El viento movía las cepas abajo y la luz de mediodía caía sin sombras sobre todo el valle.

Tenía delante a la mujer que había estado en el centro de cada decisión importante que había tomado en la última década, aunque la mayoría de esas decisiones las hubiera tomado precisamente en su ausencia.

—Caden… Lo siento de veras. Lo de hace diez años. Sé que te he dicho que fue culpa de los dos y es verdad, pero yo me fui. Tú cometiste un error y yo usé ese error para huir de algo que me aterraba, y eso no fue valiente ni fue justo. Lo que teníamos merecía más que eso. Merecías más que eso.

Algo que había estado apretado en el pecho durante diez años se aflojó de golpe, sin aviso, con esa sensación de las cosas que llevan demasiado tiempo tensas y cuando ceden lo hacen de una vez.

—No, soy yo el que se equivocó —dije—. Lo de la feria fue una estupidez sin atenuantes. No hay una versión de esa historia en la que yo no sea el idiota de la función.

—Los dos fuimos idiotas.

—Tú fuiste cobarde al largarte sin hablar conmigo tal vez. Yo fui el idiota. No es lo mismo.

Dolly se rio.

—Tienes razón —dijo—. No es lo mismo.

Me acerqué un paso y le puse una mano en la cara y la miré de cerca, con ese sol de justicia cayendo sobre los dos, y pensé que había cosas que el tiempo no arreglaba las cosas por defecto, pero tampoco terminaba de romperlas del todo, y que quizás eso era suficiente para empezar.

La besé despacio. Ella puso las manos en mi pecho y se quedó ahí, sin ninguna prisa, y fue un beso distinto a los de los días anteriores, sin urgencia, ni rabia, ni diez años de tensión acumulada empujando por detrás. Solo los dos, en el mirador, con nuestro valle a los pies.

Cuando nos separamos se giró y se quedó mirando las hileras, con la espalda contra mi pecho y mis brazos rodeándola, y los dos estuvimos un rato así sin decir nada.

—Va a ser mucho trabajo —dijo, finalmente.

—Lo sé.

—Los números no son buenos.

—Los he visto peores…

—Voy a necesitar que me expliques cosas que no sé.

—Y yo voy a necesitar que no me des órdenes delante de Tommy, que ya tiene suficiente material para el resto del año.

Se rio. Una carcajada alegre y sincera, la primera que le escuchaba desde que había regresado.

—Trato hecho —dijo.

Abajo, Mitchell Wines seguía siendo un rectángulo verde oscuro bajando hacia el valle, con sus naves y su casa blanca y sus dieciséis barricas nuevas de roble francés; sus deudas y sus temporadas malas y todo lo que quedaba por hacer. Era un sitio construido para durar.

Y por primera vez en diez años, los dos estábamos mirándolo desde el mismo sitio.