De vuelta a sus brazos CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

DOLLY

Mi padre se quedó dormido a las once y cuarto con la mano todavía cerca de la mía sobre la sábana, y yo me quedé sentada en esa silla de plástico beige mirando el monitor hasta que los números dejaron de tener sentido y se convirtieron en ruido visual.

Caden llevaba dos horas fuera del hospital.

No había contestado los dos mensajes que le mandé.

Tampoco llamé, porque no sabía qué decir que no sonara a justificación, y las justificaciones a través del teléfono eran la peor versión de las justificaciones.

Así que guardé el móvil en mi bolsillo y me quedé ahí con la sensación concreta, física casi, de que algo se me había escapado de las manos sin que pudiera precisar el momento exacto en que lo había soltado.

La oferta de Vail había llegado mientras yo estaba sentada en ese pasillo de fuera, esperando que el doctor Francis me dijera algo concreto sobre mi padre.

La había abierto casi sin querer, entre actualizaciones del médico, y los números eran buenos.

Eran muy buenos. La había leído tres veces y luego había guardado el teléfono y había mirado la pared durante un rato largo sin llegar a ninguna conclusión útil.

Esa mañana mi padre me había preguntado directamente. Y yo no le había mentido, porque no sabía mentirle cuando me miraba así, con esa expresión de hombre que necesita poner sus cosas en orden antes de que se le acabe el tiempo para hacerlo.

Le conté lo de la oferta. Le di los números. Y él había asentido y, resignado, me había dicho que adelante, que vendiera si era lo mejor, que él ya había vivido suficiente y que no iba a gastar lo que le quedaba preocupándose por la finca.

Sabía que Caden se lo iba a tomar mal.

Me froté la cara con las manos y miré el techo. Hacía demasiado calor en esa habitación y el aire no se movía. Llevaba demasiadas horas sin dormir y lo que sentía en el pecho era algo que reconocí con mucho retraso y con poca gracia: lo había vuelto a hacer.

No de la misma manera que a los veinte años, ni con la misma cobardía exacta, pero el resultado se parecía demasiado. Caden se había ido por un pasillo de hospital con la espalda recta y yo me había quedado mirándolo alejarse sin moverme del sitio.

Diez años después, exactamente lo mismo. Solo que en aquella ocasión nos peleamos porque yo lo había visto besándose con otra.

Se me escaparon las lágrimas sin que las invitara, dos o tres, las suficientes para que tuviera que limpiarlas rápido con el dorso de la mano antes de que mi padre, si se despertaba, las viera.

No quería llorar ahí. No quería que él se preocupara por mí cuando era él quien estaba conectado a un monitor con una vía en el brazo.

Pero las lágrimas no habían pedido permiso, así que las dejé pasar y luego las corté y me quedé mirando la ventana con los ojos secos y el pecho apretado.

Lo quería.

Eso era lo que había debajo de todo lo demás, lo que había estado debajo durante diez años sin que yo lo mirara de frente porque mirarlo de frente requería admitir que me había ido sabiendo lo que dejaba y que había tardado una década en ser capaz de volver.

Quería a Caden Reyes con esa intensidad que no se negocia ni se cataloga ni cabe en ninguna lista de pros y contras.

Y lo había sabido desde la bodega, desde la primera noche en el porche, desde el momento en que bajé de ese taxi y lo vi con los brazos cruzados y supe que seguía siendo el problema más grande y más importante que tenía.

La voz de mi padre me sacó del pensamiento.

—Dolly.

Ronca, baja, pero ahí. Lo miré. Tenía los ojos entreabiertos y me miraba con esa expresión de hombre que ha estado escuchando más de lo que parecía.

—Pensé que dormías —dije.

—He dormido un rato —movió la mano despacio hacia mí y yo la cogí—. Tienes cara de no haber llorado pero de haber estado a punto todo el rato.

—Estoy bien.

—Mientes igual que cuando tenías ocho años. Ya te lo dije el otro día.

Me permití una sonrisa.

—¿Cómo te encuentras?

—Como alguien a quien el corazón le ha dado un aviso serio —hizo una pausa—.

Que es exactamente lo que soy —me apretó la mano con lo que le quedaba de fuerza—.

Escúchame bien, Dolly. Lo que te dije esta mañana lo dije en serio.

No puedo obligarte a seguir con una vida que no has elegido.

He sido un egoísta. Si vendes la finca tendrás dinero suficiente para hacer lo que quieras, o para no hacer nada si eso es lo que necesitas. Eso no sería rendirse.

—Papá…

—Déjame terminar —respiró despacio—. Lo que no puedo hacer es quedarme tranquilo sabiendo que estás en esa silla con esa cara porque el chico se ha ido y tú no has ido detrás.

Me quedé quieta.

—¿Cómo dices?

Mi padre me miró con una paciencia que rozaba lo cómico dadas las circunstancias.

—Caden, Dolly.

No dije nada durante un momento.

—Siempre lo supe —dijo él, antes de que yo encontrara las palabras—.

No soy tan torpe como parezco. Lo vi en los dos antes de que os fuerais de la feria aquella noche, lo vi cuando te marchaste a San Francisco, y lo he visto estos días cada vez que estabais en la misma habitación.

Lo que no supe nunca fue qué pasó exactamente entre vosotros.

Ni quise preguntar, porque eso era asunto vuestro.

—Fue culpa de los dos —dije, en voz baja—. De maneras distintas.

—La mayoría de las cosas lo son.

Me levanté y fui hasta la ventana. El aparcamiento del hospital era un rectángulo gris con coches ordenados en filas. No era una vista especialmente reveladora pero me dio algo donde poner los ojos mientras hablaba.

—Lo quiero —dije. La primera vez que lo decía en voz alta, fuera de mi cabeza, en diez años—. Sigo queriéndolo. Pero lo he gestionado fatal desde que llegué, y encima se ha enterado de lo de Vail de la peor manera posible y se ha ido sin que yo dijera nada que valiera la pena decir.

—Entonces ve a decírselo.

Me volví.

—No puedo dejarte aquí solo.

—Estoy en un hospital con tres enfermeras, un cardiólogo y el doctor Francis a quince minutos. No estoy solo.

—Papá…

—Dolly, tengo setenta y dos años y un corazón que trabaja al setenta por ciento. Lo que no tengo es paciencia para ver a mi hija perder otra vez algo que quiere por quedarse quieta cuando debería estar moviéndose.. Ve. Habla con él. Arregla lo que haya que arreglar.

—¿Y si no quiere escucharme?

—Eso es problema suyo. Pero primero hay que intentarlo.

Lo miré durante un momento largo. Tenía mala cara y la voz cansada y los ojos más viejos que hacía seis meses. Pero al mismo tiempo era el mismo hombre de siempre, el que nunca había necesitado muchas palabras para decir exactamente lo que hacía falta.

—Volveré en un par de horas —dije.

—Lo sé.

Lo besé en la frente, cogí el bolso y salí antes de cambiar de opinión.

El taxi tardó veinte minutos en llegar a la finca. Yo los pasé mirando por la ventana con el teléfono en la mano sin mandar ningún mensaje, porque lo que tenía que decirle a Caden no cabía en un mensaje y tampoco quería que lo leyera antes de verme.

Las caballerizas estaban abiertas cuando llegué. Entré directa y encontré a Roble en su box , tranquilo, con la pata vendada y heno fresco. Al fondo, uno de los mozos, Patricio, apilaba unos sacos.

—Patricio. ¿Está por aquí Caden?

Patricio se giró y frunció el ceño con una expresión que no me gustó nada antes de que abriera la boca.

—No, no está, señorita Mitchell. Se fue hace cosa de una hora.

—¿Fue a los viñedos?

—No lo sé —dudó un momento, con un saco todavía en las manos—. Estaba raro cuando lo vi. Muy callado, más de lo normal. Y antes de irse... —se paró.

—¿Qué?

—Se despidió de mí —lo dijo despacio, como si aún estuviera procesando lo que significaba—. No es algo que suela hacer. Me dio la mano y me dijo que me cuidara. Como si... no sé. Como si no fuera a volver.

Solté el bolso en el primer banco que encontré y salí corriendo.