CAPÍTULO 8
CADEN
Llegué al hospital a las nueve de la mañana con la certeza de que había dormido exactamente dos horas.
Tommy me había dicho lo del señor Mitchell a las seis, cuando fui a revisar el estado de Roble, uno de los caballos del establo sur que llevaba tres días con una cojera que no me gustaba.
Me lo dijo con esa cara que ponía cuando había malas noticias y no sabía cómo empezar, y yo solté lo que tenía en las manos, le dejé instrucciones para el resto del día y cogí la camioneta. No podía apartar a Dolly de mi mente.
El hospital del condado era un edificio bajo de ladrillo claro rodeado de aparcamiento, y encontré a Dolly junto a la puerta antes de entrar.
Estaba en las escaleras de la entrada principal con una taza de café a medias y la ropa que llevaba el día anterior.
Tenía el pelo recogido de cualquier manera y una expresión que intentaba ser neutral y no llegaba.
Me vio venir desde lejos y no se movió.
Me paré delante de ella y no dije nada de lo que había estado pensando en el camino, ninguna de las preguntas prácticas que me había preparado sobre el diagnóstico y lo que había dicho el médico. Le quité la taza de la mano, dejé su café en el escalón, y la abracé.
Dolly tardó un segundo. Luego sus brazos rodearon mi cintura y apoyó la frente en mi pecho y soltó algo que no era exactamente un suspiro pero se le parecía bastante, el sonido de alguien que ha estado conteniendo algo durante horas y encuentra por fin un sitio donde no tiene que seguir haciéndolo.
La dejé estar así todo el tiempo que necesitó.
Cuando se apartó, tenía los ojos secos pero los bordes rojos, y me miró con una expresión que no supe catalogar del todo.
—¿Cómo está? —pregunté.
—Consciente. Estable, dice el doctor Francis, pero esa es la versión diplomática de que el corazón no está bien y que esto era un aviso —hizo una pausa—. Un aviso serio.
—¿Ha dormido?
—Un poco. Lo tienen monitorizado —recogió su vaso del escalón y dio un sorbo largo—. Yo no he dormido casi nada.
—Ya lo veo.
—Gracias, muy amable.
—No era una crítica.
Me miró un momento y luego algo en su cara se aflojó un poco, ese gesto de bajar la guardia que duraba apenas unos segundos antes de que volviera a subirla.
—Me alegra que hayas venido —dijo, en voz baja.
—Faltaría más, Dolly.
Me acerqué y la besé, despacio, sin importarme la enfermera que salió por las puertas automáticas en ese momento ni el hombre del aparcamiento que cargaba flores. Dolly no se apartó. Cuando nos separamos me miró con una expresión sorprendida.
—Caden…
—Estoy aquí contigo —dije—. Eso es todo lo que estoy diciendo.
Ella asintió una vez y después pasamos a la habitación de Alfred.
El señor Mitchell estaba en una habitación individual del segundo piso, conectado a un monitor que parpadeaba con una regularidad tranquilizadora.
Estaba incorporado sobre las almohadas, más pequeño de lo que yo lo recordaba de hacía apenas dos días, con esa palidez específica de las personas a las que el cuerpo acaba de darles un susto serio.
Pero sus ojos cuando nos vio entrar eran los de siempre.
—Caden —su voz sonaba rasposa pero firme—. Deberías estar en la finca.
—Puede esperar un par de horas.
—Eso lo dice alguien que no tiene que pagar las facturas.
—Las facturas también pueden esperar, papá.
Dolly se sentó en la silla junto a la cama y le puso una mano en el brazo. Yo me quedé de pie cerca de la ventana y los dejé hablar un momento. El señor Mitchell le preguntó si había dormido, ella le dijo que algo, los dos sabíamos que mentía y nadie lo dijo.
Luego el señor Mitchell me miró a mí.
—Dolly me ha puesto al día —dijo—. Lo de la oferta de Vail.
Me quedé quieto.
—Me lo ha contado esta mañana —hizo una pausa para tomar aire, despacio—. Y le he dado luz verde para que venda si considera que es la mejor opción para la finca. Prefiero que lo sepas por mí y ahora mismo.
No dije nada. ¿Qué lo había hecho cambiar de opinión de manera tan fulminante? ¿Había sido el susto de aquella noche?
—Sé que eso te afecta —continuó el señor Mitchell—.
Y quiero que sepas que si finalmente esa venta sale adelante haré todo lo que esté en mi mano para que tú sigas al frente del día a día.
Cualquier comprador que entre va a necesitar a alguien que conozca todo a fondo, y no hay nadie que lo conozca mejor que tú.
Eso tiene mucho valor, Caden. Si me pasa algo, he dado instrucciones a Dolly de que formes parte de cualquier acuerdo.
Lo miré. Era un hombre en una cama de hospital con un monitor cardiaco y una vía en el brazo, diciéndome que había decidido vender la tierra en la que yo había trabajado durante diez años, y lo decía con la misma calma con la que habría hablado del precio de la uva en agosto.
—Gracias —murmuré.
Y no dije nada más, porque lo que pensaba no era para decirlo en una habitación de hospital delante de un hombre con una cardiopatía seria.
El señor Mitchell me miró un momento más, con esos ojos suyos que siempre leían demasiado bien lo que yo no decía, y luego los cerró despacio.
—Estoy cansado —dijo—. Dolly, quédate un rato.
—Por supuesto.
Salí de la habitación y me quedé en el pasillo con la espalda contra la pared y el ruido lejano del hospital moviéndose a mi alrededor. Las baldosas eran blancas con juntas grises y había un cartel de salida de emergencia al fondo que parpadeaba cada cuatro segundos.
Escuché la puerta abrirse a mi lado.
—Caden. ¿Podemos hablar un momento?
Dolly estaba en el marco, con los brazos cruzados, mirándome con una expresión de agobio.
—¿Entonces es cierto? —pregunté—. ¿Ya llegó la oferta oficial de Vail?
—Esta mañana a primera hora recibí un e-mail. Parece bastante interesado —hizo una pausa—. Y dadas las circunstancias, tenía que decírselo ya a mi padre. No podía guardarlo.
—¿Y vas a vender?
—No lo sé todavía, Caden. De verdad que no lo sé.
—Pero lo estás considerando. Y él parece haberlo aceptado.
—Estoy considerando todas las opciones, igual que te he dicho desde el principio.
Lo dijo sin ponerse a la defensiva.
—Dolly, tu padre lleva toda la vida construyendo esto —dije—. Y ahora, desde una cama de hospital, te da luz verde para que lo vendas. ¿Eso no te dice algo?
—Me dice que está cansado y que me quiere y que no quiere que yo cargue con algo que me pesa —su voz no subió—. No me dice que vender sea lo correcto.
—Pero tampoco te dice que no lo hagas.
—No.
Me aparté de la pared.
—Mira…Tengo que volver a la finca. Roble lleva tres días con una cojera y esta mañana no he podido verlo bien.
—Caden, escucha…
—El veterinario puede pasarse esta tarde pero alguien tiene que estar ahí con él.
—Caden, mírame.
No la miré. No podía.
Detrás de mí, el cartel de salida de emergencia siguió parpadeando. Escuché a Dolly pronunciar mi nombre una vez más, en voz baja, sin insistencia, y eso fue casi peor que si hubiera insistido.
Me di la vuelta y empecé a caminar hacia el ascensor.
No porque tuviera razón. Ni porque Dolly hubiera hecho algo que no pudiera entender si me paraba a pensarlo con calma.
Sino porque llevaba media vida en esa finca y la posibilidad de perderla, de quedarme como el encargado contratado por el nuevo dueño en la tierra que había tratado como propia, era demasiado real de repente para poder mirarlo de frente con ella ahí.
Necesitaba esas tierras debajo de mis pies.
Necesitaba tener las manos ocupadas.
Y necesitaba no estar en un pasillo de hospital mirando a Dolly Mitchell mientras decidía si lo que habíamos construido en los últimos dos días valía más que una oferta de compra sobre papel con membrete. O sobre un puto e-mail.
El ascensor llegó. Entré.
Las puertas se cerraron.
Y en aquel momento lo entendí del todo: aquellas tierras nunca habían sido mías. Ni los viñedos, ni los caballos, ni la finca. Por supuesto que no.
Y ella tampoco era mía.
Y tal vez, nunca lo sería. Y tal vez todo lo que estaba sucediendo era el puño directo de la realidad en mi mandíbula. Tal vez era el momento de cambiar mi rumbo.