De vuelta a sus brazos CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

DOLLY

Las dos de la madrugada en Napa suponían un silencio distinto al de Nueva York.

En Nueva York, las dos de la madrugada tenían una textura concreta: sirenas lejanas, el ascensor del edificio, algún vecino con insomnio arrastrando los pies por el piso de arriba.

Aquí no había nada de eso. Solo la finca quieta y los viñedos afuera…

y yo en la cama de mi habitación de adolescente mirando el techo con los ojos completamente abiertos como si alguien hubiera olvidado apagarlos.

Me puse boca abajo. Luego boca arriba otra vez.

Bien. Vale. Vamos a ser adultas al respecto.

Lo que había pasado esa tarde en la bodega no había sido un error de cálculo ni un momento de debilidad pasajera.

Había sido una decisión, tomada con plena consciencia por dos personas mayores de edad que llevaban todo el día acumulando tensión como una barrica que nadie había revisado en meses.

Podía analizarlo con frialdad, catalogarlo, meterlo en una categoría manejable y seguir adelante.

El problema era que no podía.

Caden Reyes. Diez años después, en la misma bodega donde de adolescente me había enseñado la diferencia entre un roble francés y uno americano, y yo había terminado con la espalda contra una barrica y las manos en su camisa sin haber tomado ninguna decisión consciente en ningún momento del proceso.

Y lo peor, lo verdaderamente inconveniente, era que no me arrepentía. En absoluto.

Me senté en la cama.

¿Qué era eso? En términos prácticos, en términos que yo pudiera manejar, ¿qué había sido exactamente lo que había pasado entre nosotros esta tarde?

Porque podía ser muchas cosas. Podía ser la tensión acumulada de diez años y un día muy largo y la proximidad y la bodega en penumbra.

Podía ser nostalgia, que es una de las emociones más traidoras que existen porque se disfraza de otras cosas con una facilidad pasmosa.

O podía ser que siguiera enamorada de él.

Me quedé con ese pensamiento un momento, preguntándome si parecía exagerado. No parecía exagerado.

Estupendo.

Me levanté, me puse los calcetines y el jersey que había dejado en la silla, y fui hasta la ventana.

Afuera, el edificio anexo estaba a oscuras.

La habitación de Caden era la segunda ventana empezando por la izquierda, lo sabía porque lo había sabido siempre, y no había luz, lo que significaba que dormía o al menos lo intentaba con más éxito que yo.

Pensé en él en esa cama, en ese edificio a cincuenta metros, y noté algo que no tenía ninguna utilidad práctica pero que era muy real: quería estar ahí.

Quería bajar las escaleras y cruzar el patio.

Llamar a su puerta y que me dejara entrar, y no porque necesitara que pasara nada más sino porque quería dormir con él.

Quería saber qué se sentía estar en sus brazos por la noche, sin que hubiera ninguna urgencia ni ninguna guerra entre los dos, solo el peso de una conversación honesta sobre si había algo que todavía valiera la pena reconstruir desde donde lo habíamos dejado.

Eso me asustó bastante más que todo lo demás.

Cogí la manta del pie de la cama, me la puse por los hombros y salí al pasillo. porque quedarme en la habitación con ese pensamiento rondando me iba a volver loca antes del amanecer.

El pasillo estaba oscuro. Las habitaciones de la planta alta eran tres: la mía, el baño y la de mi padre al fondo, con su puerta entornada como siempre, porque mi padre decía que las puertas cerradas le daban sensación de estar encerrado y había mantenido esa costumbre desde que yo era pequeña.

Por la rendija salía oscuridad y silencio, lo que significaba que dormía, y eso me alivió más porque parte de lo que me había tenido despierta era también él.

Empecé a bajar las escaleras despacio, con cuidado de saltar el tercer escalón que crujía, pensando en si llamar a la puerta de Caden era una decisión razonable o el tipo de cosa que a las dos de la madrugada parece buena idea y a las ocho de la mañana parece una catástrofe de proporciones considerables.

Llevaba cuatro escalones cuando escuché el ruido.

Fue un golpe sordo, pesado, el sonido inconfundible de algo grande cayendo contra el suelo de madera sin ningún amortiguamiento. Venía de arriba. De su dormitorio. De la dirección exacta de la que yo acababa de venir.

Me quedé paralizada un segundo.

Luego subí de nuevo los cuatro escalones a toda velocidad.

La puerta de mi padre estaba entornada, igual que siempre, pero cuando la empujé y encendí la luz y lo vi me olvidé completamente de respirar durante un momento que fue el más largo de mi vida.

Estaba en el suelo, entre la cama y la ventana, de lado, con un brazo por delante como si hubiera intentado agarrarse a algo al caer y no hubiera llegado. El vaso de agua de la mesilla estaba roto a su lado.

—Papá —me arrodillé a su lado—. Papá, despierta. Papá.

No respondió. Respiraba, eso lo comprobé primero, con una mano en su pecho que subía y bajaba con una lentitud que no me pareció normal pero que existía, y eso era lo único que importaba en ese momento.

Tenía los ojos cerrados y la cara relajada de una manera que en otro contexto habría parecido paz.

—Papá, por favor —le tomé la mano y la apreté—. Papá.

Nada.

Me levanté, fui a por el teléfono que había dejado en mi habitación y volví al cuarto de mi padre mientras marcaba. El doctor Francis contestó al tercer tono, con la voz de alguien que no dormía profundo porque llevaba años esperando llamadas a horas como esta.

—Dolly —reconoció mi número antes de que yo dijera nada.

—Mi padre está en el suelo. Inconsciente. Respira pero no responde, y hay un vaso roto y creo que cayó de la cama o intentó levantarse y no pudo y…

—Está bien, está bien. Veamos… —su voz era firme y tranquila—. ¿Respira con regularidad?

—Sí. Creo que sí. El pecho sube y baja.

—¿Color de la cara?

Lo miré. Tenía el rostro pálido pero no de un modo que me pareciera diferente a otras veces que lo había visto dormir.

—Normal. Pálido pero normal.

—No lo muevas. Ponle algo debajo de la cabeza, una almohada o algo así, y quédate con él. Llego en quince minutos.

—Doctor Francis, ¿debería llamar a urgencias?

—Si en los próximos cinco minutos cambia la respiración o ves cualquier cosa que no te guste, llamas al nueve uno uno y me llamas a mí justo después. Si sigue igual, espérame. Conozco su historial y quiero verlo yo primero. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Colgué. Cogí la almohada de la cama y la puse con cuidado debajo de la cabeza de mi padre, y luego me senté en el suelo a su lado con su mano entre las mías y me quedé mirando su cara. Seguía igual. Quieto, pálido, respirando.

—Papá —dije, en voz baja, sin esperar que respondiera—. Vas a estar bien. El doctor Francis viene ahora. Estoy aquí.

Nadie respondió. El viñedo seguía quieto afuera y las dos de la madrugada en Napa seguían siendo ese silencio distinto al de Nueva York; y yo estaba sentada en el suelo de madera fría con la manta todavía puesta por los hombros y la mano de mi padre entre las mías, sin pensar ya en Caden, ni en la bodega ni en Marcus Vail ni en ninguna de las cosas que hacía media hora me parecían urgentes.

Resultaba que no lo eran.