CAPÍTULO 6
CADEN
No sé cómo llegamos a ese punto. Un segundo estábamos soltándonos las verdades que llevábamos diez años guardando y al siguiente mi boca estaba sobre la suya como si quisiera castigarla y salvarla al mismo tiempo.
Dolly jadeó contra mis labios, y ese sonido pequeño y furioso me encendió más que cualquier caricia. Mis manos bajaron por su cintura, apretándola contra mí con fuerza, casi con rabia.
Diez putos años. Diez años imaginándola en otras ciudades, con otros hombres, viviendo una vida donde yo ya no existía. Y ahora estaba aquí, por fin entre mis barricas, oliendo a vino y a verano, besándome como si también me odiara.
—Te odio —murmuré contra su boca, mordiéndole el labio inferior.
—Bien —respondió ella, sin aliento—. Yo también te odio.
La empujé suavemente hacia atrás hasta que su espalda chocó contra una de las barricas grandes de roble francés. El golpe seco resonó en la bodega. Dolly soltó un gemido bajo y me agarró de la camisa, tirando de mí con tanta fuerza que oí cómo se rasgaba una costura. No me importó.
Volví a besarla, más profundo esta vez, con lengua y dientes. Sabía a la copa de tinto que se había tomado antes con ese gilipollas de Marcus Vail. Ese pensamiento me enfureció aún más. Deslicé una mano por su costado, subiendo bajo su blusa hasta encontrar piel caliente. Estaba ardiendo.
—Caden… —susurró, pero no era una protesta. Sonaba más bien a advertencia.
—No digas mi nombre así si no quieres que te folle aquí mismo —gruñí contra su cuello, mordiendo justo debajo de su oreja.
Dolly soltó una risa cínica que se convirtió en un gemido cuando deslicé mi mano por debajo de su falda y apreté su muslo.
—Siempre tan arrogante —dijo, pero separó las piernas un poco, dejando que mis dedos subieran más.
—Arrogante ese imbécil del traje que te miraba como si ya fueras suya.
Le subí la falda hasta la cintura de un tirón. Dolly contuvo la respiración. Sus ojos brillaban en la penumbra de la bodega, desafiantes, furiosos y excitados. Me miró directamente mientras bajaba la mano y me desabrochaba el cinturón con dedos hábiles.
—¿Estás celoso, Caden? —preguntó con voz ronca, casi burlona—. Después de diez años, ¿todavía te importa quién me mira?
No respondí con palabras. Metí la mano entre sus piernas y acaricié su centro por encima de la ropa interior. Estaba empapada. El sonido que salió de su garganta fue entre un sollozo y un gemido. Apoyé mi frente contra la suya, respirando con dificultad.
—Esto siempre ha sido mío —susurré, metiendo dos dedos bajo la tela y acariciándola directamente—. Aunque te hayas ido. Aunque me hayas dejado aquí tirado como si no valiera nada.
Dolly gimió y cerró los ojos, moviendo las caderas contra mi mano. Sus dedos se clavaron en mis hombros.
—No te atrevas a hacerte la víctima ahora —jadeó—. Tú también te quedaste aquí. Podrías haberte ido.
—Alguien tenía que salvar este lugar —respondí, curvando los dedos dentro de ella, buscando ese punto que sabía que la volvía loca.
Su espalda se arqueó contra la barrica. Un gemido más fuerte escapó de sus labios y tuve que besarla para callarla. No podíamos permitirnos que alguien pasara por el camino y nos escuchara, pero en ese momento casi no me importaba.
Le bajé las bragas de un tirón y ella levantó una pierna, rodeándome la cadera. Me desabroché los pantalones con urgencia. Cuando me liberé, duro y pesado, Dolly miró hacia abajo y soltó un suspiro tembloroso.
—Joder, Caden…
La levanté un poco más, apoyándola mejor contra la barrica, y entré en ella de una sola estocada profunda.
Los dos soltamos un gemido ahogado.
Estaba caliente, apretada y tan húmeda que me costó no correrme en ese mismo instante. Me quedé quieto dentro de ella, sintiendo cómo palpitaba a mi alrededor, mirándola a los ojos. Diez años de rabia, de deseo reprimido, de sueños húmedos y noches de insomnio se concentraron en ese momento.
—Muévete —exigió ella, clavándome las uñas en la nuca.
Empecé a embestir con fuerza, profundo, sin ninguna piedad.
Cada golpe hacía que las botellas en las estanterías cercanas tintinearan suavemente.
Dolly enterró la cara en mi cuello, mordiéndome para ahogar sus gemidos mientras yo la follaba contra la barrica como si quisiera marcarla, como si quisiera que recordara durante días quién había estado dentro de ella.
—Dime que nadie te ha follado así en estos diez años —gruñí contra su oído, acelerando el ritmo.
—Cállate —jadeó ella, pero su cuerpo me apretaba más fuerte, traicionándola.
—Dímelo, Dolly.
Levanté una de sus piernas más alto, cambiando el ángulo, y ella soltó un grito ahogado.
—Nadie… joder… nadie como tú —admitió entre gemidos.
Esas palabras me noquearon. La besé con cierta violencia, tragándome sus sonidos de placer mientras seguía entrando y saliendo de ella con un ritmo castigador. Sus pechos se apretaban contra mi pecho, su piel estaba sudorosa, y el olor a vino viejo y a sexo llenaba la bodega.
Sentí que se tensaba alrededor de mí, sus muslos temblando.
—Caden… estoy cerca…
—Quiero sentirlo —susurré, mordiéndole el cuello—. Quiero que te corras mientras todavía me odias.
Dolly se deshizo con un gemido largo y ahogado, apretándome tan fuerte que casi me llevó con ella. Sus uñas se clavaron en mi espalda, su cuerpo convulsionó contra el mío. La sostuve con fuerza, ralentizando un poco mis embestidas para dejarla disfrutar cada ola.
Cuando abrió los ojos, vidriosos y brillantes, me miró con algo que no supe identificar. Rabia, placer, dolor… todo mezclado.
—No pares —susurró.
No pensaba hacerlo.
La giré con cuidado y la incliné sobre una pila baja de cajas de madera, su espalda contra mi pecho. Le subí la falda otra vez y volví a entrar en ella desde atrás, más lento esta vez, más profundo. Una de mis manos bajó hasta su clítoris mientras la otra le sujetaba la cadera.
—Esto es una mala idea —murmuró ella, aunque empujaba hacia atrás para encontrarse con cada embestida.
—La peor —respondí, besando su nuca—. Pero no voy a parar hasta que los dos estemos destrozados.
Aceleré otra vez, haciéndoselo con fuerza mientras mis dedos la acariciaban en círculos rápidos. Dolly empezó a temblar de nuevo, gimiendo mi nombre entre dientes.
Esta vez me corrí con ella, enterrándome hasta el fondo mientras un placer brutal me atravesaba. Gruñí contra su hombro, mordiéndola suavemente mientras me vaciaba dentro de ella.
Durante unos segundos solo se escucharon nuestras respiraciones agitadas y el lejano sonido de los grillos fuera de la bodega.
Salí de ella con cuidado y la giré. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y las mejillas sonrojadas. Estaba jodidamente hermosa.
Dolly me miró a los ojos y, por un momento, vi algo vulnerable en su expresión. Luego volvió la máscara.
Se bajó la falda, intentando recomponerse demasiado deprisa.
—Esto no cambia nada —dijo en voz baja.
—Lo sé —respondí, abrochándome los pantalones.
Pero ambos sabíamos que era mentira. Algo había cambiado. Tal vez no la decisión sobre la bodega, tal vez no el pasado… pero algo entre nosotros se había roto del todo o se había vuelto a encender. No estaba seguro de cuál de las dos cosas era más peligrosa.
Le aparté un mechón de pelo de la cara con una suavidad que contrastaba con lo que acabábamos de hacer.
—Sigues siendo la mujer más fascinante que he conocido en mi vida, Dolly Mitchell.
—Y tú sigues siendo el hombre más terco del valle —respondió ella, con una media sonrisa cansada.
Me incliné y la besé una vez más, lento y profundo, sin rabia esta vez. Solo con todo el peso de los años que habíamos perdido.
Cuando me separé, ella terminó de colocarse la ropa con manos temblorosas. La puerta de la bodega seguía entreabierta, como un testigo silencioso de lo que acababa de pasar.
Ninguno de los dos dijo nada más mientras salíamos. Pero mientras caminábamos hacia la casa bajo la luz del atardecer, sentí su mano rozar la mía un segundo. Y ninguno de los dos la apartó.