CAPÍTULO 5
DOLLY
Marcus Vail llegó puntual esa tarde, que ya decía algo de él.
Apareció por el camino de entrada a las seis en punto con un coche de alquiler gris marengo y un traje que costaba más que el seguro anual del tractor. Era alto, moreno, con una sonrisa que llegaba antes que la mano extendida.
—Dolly Mitchell —pronunció mi nombre como si ya me conociera, pero era la primera vez que nos veíamos—. Marcus Vail. Es un placer, de verdad.
—Gracias por venir hasta aquí —dije, estrechándole la mano.
—Qué va. El placer es mío, en serio. Este sitio es exactamente como lo describió mi socio —miró hacia los viñedos con una expresión de apreciación general, el tipo de mirada que podría aplicarse igual a una finca vinícola que a un campo de golf—. Impresionante.
—Es una tierra excelente —dije.
—Desde luego —asintió con convicción, y supe en ese momento exacto que Marcus Vail no sabía nada de uvas.
Caden apareció desde las caballerizas con las manos en los bolsillos, a pesar de que yo no lo había invitado expresamente.
Se había cambiado la camisa, lo noté, aunque seguía siendo una camisa de trabajo.
Hizo las presentaciones con la brevedad justa y le dio la mano a Vail con la misma expresión con la que le habría dado la mano a alguien que acababa de pisar su jardín sin permiso.
—Caden lleva todo esto, el día a día de la finca —dije.
—Encantado —dijo Vail, con su sonrisa de catálogo—. Así que usted es el hombre que hace que todo esto funcione.
—Algo así —dijo Caden.
La visita duró hora y media. Recorrimos las naves, los viñedos del sector este, la sala de barricas que esa misma mañana había tenido una atmósfera completamente distinta.
Yo fui explicando y Vail fue asintiendo y tomando notas en su tablet con una eficiencia que resultaba, en el mejor sentido posible, completamente clínica.
El problema era que cada vez que Vail me hacía una pregunta, la acompañaba con una atención que iba un par de grados más allá de lo estrictamente profesional.
No era ofensivo. Era simplemente un hombre consciente de que le gustaba una mujer y no veía razón para disimularlo, y en cualquier otra circunstancia me habría resultado inofensivo.
Trataba muchos hombres así en mi trabajo, en mi día a día.
En esta circunstancia, noté a Caden a tres metros de distancia cada vez que pasaba.
—¿Y la producción anual de los últimos tres años? —preguntó Vail, mientras revisaba sus notas.
—Descendente —dije, sin suavizarlo—. Dos mil veintidós fue nuestro peor año. La sequía de agosto afectó al Cabernet más que al Merlot, y tomamos la decisión de no sacar al mercado lo que no alcanzaba el nivel. Eso tiene un coste a corto plazo que se recupera en reputación.
—Claro, claro —Vail anotó algo—. ¿Y fue… el señor Caden quien tomó esa decisión?
—Fue una decisión conjunta con el señor Mitchell —dijo Caden, desde donde estaba.
—Por supuesto —Vail lo miró un momento y volvió a mirarme a mí—. El caso es que nuestra empresa tiene capacidad para absorber esos años de transición sin que afecten al balance. Eso es una ventaja que un operador independiente no siempre puede permitirse.
Era un argumento razonable y los tres lo sabíamos.
Cuando Vail se fue, después de estrecharme la mano dos segundos más de lo necesario y decirme que me mandaba la propuesta preliminar antes del viernes, me quedé en el camino de entrada viendo alejarse su coche gris hasta que dobló la curva. Luego me volví.
Caden seguía ahí.
—Dilo —dije.
—No he dicho nada.
—Estás a punto.
Cruzó los brazos.
—¿Lo estás considerando en serio? ¿De verdad quieres venderle la finca a ese tío?
—Estoy considerando todas las opciones, que es exactamente lo que te dije esta mañana.
—Esta mañana no había un hombre con traje de tres mil dólares poniéndote ojitos mientras tasaba tu bodega como si fuera un paquete de acciones.
—Los ojitos —dije, despacio— no tienen ninguna relevancia en una decisión de negocio.
—No estoy hablando de los ojitos como decisión de negocio.
—Entonces no sé de qué estás hablando, Caden, porque todo lo demás es asunto mío.
Dejó caer los brazos, conteniendo su impaciencia.
—Sigues sin entenderlo, Dolly. Esta bodega es asunto mío —dijo, y lo dijo sin levantar la voz, que era peor—.
Llevo diez años aquí. He tomado decisiones que no me correspondía tomar porque no había nadie más que las tomara.
He cubierto deudas con adelantos de mi propio sueldo cuando el año no daba para más, y nunca le dije nada a tu padre porque no quería preocuparlo.
Así que no me digas que no es asunto mío, porque es lo más mío que hay en este valle.
Me quedé quieta.
—¿Cómo? ¿Cubriste deudas con tu sueldo?
—Sí, pero eso ahora no importa.
—Caden. ¿Cuánto?
—He dicho que no es relevante, Dolly.
—Para mí sí lo es.
Me miró un momento y luego desvió la vista hacia el viñedo, apretando la mandíbula.
—No mucho —dijo—. Lo justo para que las cosas siguieran funcionando un par de meses malos.
—Eso tendría que estar en los balances.
—Está en los balances. Con otro concepto, pero está.
Me pasé una mano por el pelo y miré hacia la casa. Las luces del estudio de mi padre estaban encendidas, lo que significaba que seguía despierto y probablemente había visto llegar y marcharse el coche de Vail desde la ventana y estaba esperando que alguien subiera a contarle algo.
—Mira —dije, más despacio—, entiendo que esto te afecta.
De verdad que lo entiendo. Pero la decisión final no es tuya.
Ni mía todavía. Es de mi padre, y lo que yo puedo hacer es asegurarme de que cuando tome esa decisión tenga toda la información sobre todas las opciones posibles.
Eso incluye saber qué nos ofrece Vail. Aunque solo sea para hacernos una idea de lo que valemos.
—¿Y si lo que ofrece es suficiente para convencerte?
—Entonces hablaré en serio con mi padre.
—¿Y si tu padre dice que no?
—Entonces seguiremos hablando.
Caden me miró durante un momento largo.
—No te reconozco —dijo, en voz baja—. Y no lo digo como insulto. Lo digo porque la Dolly que yo conocía quería este sitio. Lo quería de verdad.
—La Dolly que tú conocías tenía veinte años.
—La gente no cambia tanto.
—Cambia exactamente tanto como necesita.
Nos miramos. El sol había bajado y la luz era esa luz de última hora de la tarde que lo aplana todo y lo hace parecer más definitivo de lo que es. Detrás de nosotros, la puerta de la bodega seguía entreabierta desde la visita.
No sé quién entró primero.
El caso es que los dos estábamos dentro, entre las barricas, con la penumbra de las ocho de la tarde y toda la tensión de un día que había empezado con un beso que ninguno de los dos había mencionado en las últimas horas.
—Esto no resuelve nada —dije.
—Ya lo sé —dijo Caden.
—Seguimos sin estar de acuerdo en nada importante.
—También lo sé.
—Y mañana va a ser igual de complicado que hoy.
—Dolly —se acercó un paso—. ¿Puedes dejar de hacer inventario de los problemas solo dos minutos?
—Es que hay muchos problemas.
—Me los sé de memoria. Llevan aquí diez años. Desde que te fuiste…
Lo miré. Estaba a menos de un metro, con esa expresión que ya había aprendido a leer, y en la poca luz que entraba por las escasas ventanas parecía el mismo de siempre y completamente distinto al mismo tiempo.
—Caden, yo…
—Sigo cabreado contigo —dijo—. Que conste.
—Yo también contigo.
—Bien.
Y entonces me besó otra vez, pero esta vez sin la torpeza de la mañana, sin el factor sorpresa, con toda la premeditación de dos personas que saben exactamente lo que están haciendo y han decidido hacerlo de todas formas.
Mis manos encontraron su camisa y las suyas mi cintura, y la barrica más cercana hizo de respaldo cuando di un paso atrás y él dio uno adelante, y ninguno de los dos hizo ningún intento de parar.
La puerta de la bodega seguía entreabierta.
Pero nadie fue a cerrarla.