CAPÍTULO 4
CADEN
A las ocho de la mañana del miércoles ya me había tomado dos cafés, revisado el parte de riego del sector norte y decidido tres veces que no iba a tener ningún problema en pasarme el día entero sin cruzarme con Dolly Mitchell. Era una finca lo suficientemente grande. Había sitio para los dos.
A las ocho y cuarto, Dolly apareció en la puerta de las caballerizas con una libreta, un bolígrafo entre los dedos y pinta de haber dormido razonablemente bien. Parecía lista para trabajar, lo cual me pareció una falta de consideración dado que yo había dormido fatal.
—Necesito ver el inventario de la bodega —dijo, a modo de buenos días.
—Buenos días —dije yo.
Ella parpadeó.
—Buenos días. Necesito ver el inventario de la bodega.
—Tengo el inventario digitalizado. Te mando el archivo y no tienes que moverte.
—Gracias, pero además de eso necesito verlo en persona. Las barricas, el estado de la madera, la temperatura de las naves. Un archivo no me dice todo eso.
Tenía razón y los dos lo sabíamos, así que me limpié las manos en el trapo que llevaba al hombro y le dije que me diera diez minutos.
Me tomé casi quince, en parte porque tenía cosas que terminar, pero también porque necesitaba ese margen extra para recordarme que era un profesional y que podía pasar una mañana enseñándole las instalaciones a la hija de mi jefe sin que pasara absolutamente nada.
Me lo creí más o menos.
El ambiente en la bodega principal tenía ese punto de acidez suave que tenía el aire entre las barricas cuando la fermentación estaba en marcha. Era uno de mis sitios favoritos de la finca.
Dolly entró detrás de mí y se quedó quieta un momento, mirando las hileras. No dijo nada durante unos segundos, y yo la dejé, porque reconocí ese silencio. Era el mismo en el que yo me sumía cuando entraba aquí después de mucho tiempo fuera, ese momento en que el sitio te recalibra de golpe.
—¿Cuántas barricas nuevas han entrado desde el año pasado? —preguntó.
—Dieciséis. Roble francés, veinte y cuatro meses. Las de roble americano son las del fondo, las que llevan la marca azul.
Empezamos a recorrer las hileras. Yo hablaba, ella tomaba notas, y durante los primeros veinte minutos fue una inspección técnica perfectamente normal.
Ella preguntaba cosas concretas —fechas, volúmenes, procedencia de la uva, niveles de azúcar en la última medición—.
Yo respondía, y ninguno de los dos hizo ningún comentario que no fuera estrictamente necesario.
Fue ella quien rompió aquella dinámica.
Se paró delante de una barrica del sector central, cerró los ojos y apoyó los dedos en la madera un momento. Luego se volvió hacia mí.
—¿Tienes una copa?
—¿Aquí?
—Siempre debe haber copas en una bodega, Caden.
Fui a buscar dos al armario del fondo, saqué una muestra de la barrica con la pipeta y se la serví. Dolly la cogió, la movió despacio, la olió con esa concentración suya que lo excluía todo, y la probó con los ojos todavía cerrados.
—Dos mil dieciséis —dijo—. Cabernet Sauvignon con algo de Merlot, no más de un quince por ciento. Maduración en roble francés. Buen año, poca lluvia en agosto.
—Dos mil diecisiete —dije—. Y es un veinte por ciento de Merlot.
Abrió los ojos.
—No es un veinte.
—Tengo el cuaderno de bodega en el despacho si quieres comprobarlo.
Me miró con una expresión que en otra circunstancia me habría aflojado la risa.
—Está bien. Puede que sea un diecisiete —miró la copa—. Pero no es un veinte por ciento de Merlot.
—Dieciocho —concedí.
—Eso ya me lo creo más.
Hubo algo que no fue exactamente una sonrisa pero se le acercó bastante, y yo me ocupé de servir mi propia muestra y mirar la barrica en lugar de mirarla a ella. La luz de media mañana entraba por los ventanucos altos de la nave y caía en diagonal sobre la madera.
—Está bien cuidado —dijo Dolly, en voz más baja, mirando las hileras—. Todo esto. Se nota.
—Tu padre sentó las bases. Yo solo seguí el método.
—No te quites un mérito que no te he pedido que te quites.
La miré. Ella seguía mirando las barricas.
—Era un cumplido, Caden. Dios…
—Lo sé. Gracias.
Otro silencio, pero distinto a los de la noche anterior.
Menos cargado. Durante unos segundos los dos estuvimos ahí parados con nuestras copas y la luz cayendo entre la madera vieja.
En ese momento no había ninguna guerra entre nosotros, y yo noté que ella lo notaba, y supe que ella sabía que yo también lo había notado.
Duró lo que duró.
Dolly bajó la copa y volvió a su libreta.
—Hay algo que tengo que contarte —dijo, sin preámbulos.
—Dime.
—Esta tarde viene alguien a ver la finca. Un representante de una empresa del sector —hizo una pausa pequeña—. Se llama Marcus Vail. Es solo una primera visita, nada está decidido, pero pensé que debías saberlo.
Me quedé mirándola.
—¿Has invitado a un comprador sin decírselo a tu padre?
—Mi padre lo sabe.
Algo me dijo que mentía.
—¿Lo sabe o te lo ha tolerado porque contigo siempre ha tolerado todo?
Dolly levantó la vista de la libreta.
—No es un comprador… todavía. Es alguien que viene a ver las instalaciones. A lo mejor nos puede dar ideas, tiene muchísima experiencia y…
—Eso es exactamente lo que es un comprador, Dolly. Alguien que viene a ver las instalaciones.
—Caden…
—Tu padre está vivo. Está sentado en su casa revisando facturas, discutiendo con el médico y bajando al viñedo cuando cree que nadie lo ve, y tú estás aquí abajo organizando visitas de compradores como si ya hubieras firmado algo. No te reconozco.
Dolly cerró la libreta despacio. Cuando habló, lo hizo con una calma que me resultó más difícil de manejar que si hubiera levantado la voz.
—Oye, llevo tres meses viendo los números de esta bodega, Caden. Y los números no mienten aunque nos empeñemos en que lo hagan. No estoy dando nada por hecho, estoy siendo responsable. Y precavida.
—Ser responsable sería haber venido antes de que la deuda llegara donde está.
Eso aterrizó donde tenía intención de aterrizar. En su estómago. Lo vi en su cara, en ese movimiento mínimo alrededor de la boca que significaba que algo había dado en el sitio exacto.
—Vale—dijo, en voz baja—. Lo que tú digas.
No esperaba que lo admitiera, y el hecho de que lo hiciera me desarmó más de lo que me habría desarmado que se defendiera. Era como si no tuviese ganas de discutir conmigo, ni de darme demasiadas explicaciones.
—Dolly…
—Pero sigo pensando que tengo que explorar todas las opciones. Y eso incluye saber qué nos ofrecería alguien por este lugar. No para venderlo. Para saber desde dónde negocio si hay otra salida.
La miré durante un momento. Tenía la espalda recta y la barbilla levantada y esa expresión de no dar un paso atrás aunque el suelo se moviera. Estaba tan cerca que podía ver la línea exacta donde la luz le cambiaba el color del pelo.
Llevábamos diez años sin estar a esta distancia, y estaba furioso con ella y al mismo tiempo me moría de ganas de cerrar ese medio metro que nos separaba.
Así que lo hice.
Di dos pasos. Una copa dejada sobre la barrica más cercana. Y luego mis manos en su cara y mi boca en la suya, con toda la torpeza de alguien que ha tomado una decisión sin terminar de pensarla pero que sabe que es la única que puede tomar.
Dolly no se apartó.
Nos besamos. Durante un segundo, dos, tres. Sus dedos encontraron mi muñeca, no para apartarme sino para quedarse ahí, y respondió al beso con una calma que me dijo todo lo que necesitaba saber.
Me recreé en sus labios jugosos, en su lengua bañada en nuestro delicioso vino.
Cuando nos separamos, ninguno de los dos habló.
Fuera, en el viñedo, el tractor seguía sonando con ese ruido irregular que llevaba semanas recordándome que necesitaba revisión.
Pensé de inmediato que eso podía esperar.