CAPÍTULO 3
DOLLY
La habitación despedía ese olor a madera vieja y a aquel ambientador de vainilla que mi madre compraba en el mercado del pueblo y que mi padre siguió utilizando veinte años después de que ella muriera, porque era el tipo de hombre que no cambiaba las cosas que funcionaban.
O las que simplemente le recordaban a alguien.
Me senté en el borde de mi antigua cama con la maleta sin abrir a mis pies y me quedé mirando la pared durante un minuto completo sin hacer absolutamente nada productivo.
Caden Reyes. Ahí seguía, solo que se había convertido en un hombre. Con esos brazos y esa mandíbula; y esa maldita manera de mirarme como si pudiera leer todo lo que yo estaba pensando y hubiera decidido no comentarlo por pura cortesía.
Diez años que habían pasado de un plumazo. Diez años y mi reacción al verlo había sido prácticamente la misma que a los veinte: algo en el pecho que se apretaba sin permiso y una necesidad urgente de parecer completamente indiferente.
Era un problema.
Pero no un problema enorme , me dije. Un problema manejable. Como la lista de cuatro puntos. Podía añadir un quinto: ignorar sistemáticamente cualquier reacción física o emocional relacionada con el encargado de los viñedos de mi padre.
Fácil, ¿no? Lo había hecho durante diez años desde la distancia, no había razón para que no funcionara estando a doscientos metros.
Me levanté, abrí la maleta y empecé a colgar mi ropa. El armario seguía teniendo mis perchas de cuando era adolescente, y eso me removió una pequeña herida que no esperaba.
Cuando escuché movimiento en el pasillo, cerré el armario y salí.
Mi padre estaba sentado ante su escritorio, con sus gafas de leer puestas y una carpeta abierta delante que parecía contener facturas. No estaba en su lecho de muerte, eso desde luego. Estaba revisando facturas un martes por la tarde como llevaba haciendo desde que yo tenía memoria.
Me detuve en el marco de la puerta y lo miré un momento antes de que él me viera.
Estaba más delgado que la última vez, eso sí, el pelo había pasado de gris a blanco, y se movía con una lentitud que antes no tenía.
Pero sus ojos, cuando levantó la vista y me vio, eran exactamente los mismos de siempre.
—Dolly, querida —se levantó despacio, con una mano en el escritorio para apoyarse, y eso sí me dolió—. Pensé que ibas a tardar más en llegar.
—El vuelo era directo —dije, y crucé la habitación y lo abracé antes de que pudiera añadir nada más.
Su cuerpo me pareció más estrecho de lo que recordaba.
Lo noté en los hombros, en la espalda, en cómo encajaba dentro del abrazo de una forma que antes no era así.
Me quedé un momento más entre sus brazos y él me dio dos palmaditas en la espalda, como siempre.
Luego me soltó y me miró con esa expresión suya de inspector general.
—Estás flaca, hija —dijo.
—Y tú estás igual que siempre —mentí.
—Mientes fatal desde los ocho años, Dolly Mitchell.
—Y tú exageras desde antes de eso —le puse una mano en el brazo y lo guié suavemente hacia el sofá que había junto a la ventana—. Siéntate aquí, que ya nos ocuparemos de todas esas facturas.
—No necesito que me cuides.
—Ya lo sé. Siéntate de todas formas.
Se sentó. Yo me acomodé en el sillón de enfrente y lo miré de frente por primera vez en meses. En persona y no por pantalla. Jamás nos saltábamos nuestra videollamada semanal.
—Papá. ¿Cómo estás de verdad?
—Cansado —dijo —. No como en los anuncios de medicamentos. Cansado de verdad, como cuando llevas demasiado tiempo haciendo algo y el cuerpo empieza a pedirte que aflojes.
—¿Y el médico qué dice?
—Que afloje —hizo un gesto con la mano—. Que delegue y no tome tantas decisiones. Que no baje al viñedo antes de las diez de la mañana. Como si yo fuera a hacerle caso a alguien que tiene menos años que mis botas.
—Papá…
—Ya lo sé, ya lo sé —cruzó las manos sobre el regazo—. Por eso estás aquí, supongo.
—Estoy aquí porque quería verte y tú ya no estás para viajar —dije, y era verdad, aunque no era toda la verdad—. Y sí, también porque hay que hablar de la bodega.
—La bodega va bien.
—Papá, la bodega tiene una deuda que no estaba ahí hace tres años.
—Las deudas se pagan y ya está.
—Se pagan con dinero que hay que tener primero.
Se quedó mirándome con calma. Luego respiró despacio y miró por la ventana hacia el viñedo, que desde ahí arriba se veía entero, hilera tras hilera bajando hacia el valle.
—¿Cuánto tiempo llevabas sin venir por aquí? —preguntó.
El cambio de tema era tan deliberado que casi me hizo gracia.
—Papá…
—Contéstame.
—Diez años —dije.
—Diez años —lo repitió despacio, sin avisarme expresamente que era peor—. Y en diez años yo he ido a San Francisco cuatro veces, nos hemos visto en Nueva York otras tantas, y hemos hablado por videoconferencia cada semana. Nos hemos arreglado.
—Sí, no ha sido lo ideal pero… —confirmé.
—Pero no es lo mismo.
—No —admití—. No es lo mismo.
Hubo un silencio que ninguno de los dos trató de acortar.
—Mira, si de verdad las cosas se están poniendo complicadas con tu salud —dije al final—, puedo venir más a menudo. Puedo reorganizar mis compromisos. No tienes que estar solo aquí, papá, eso quiero que lo sepas.
Él me miró como si estuviera calculando algo.
—No estoy solo —dijo—. Está Caden.
—Ya sé que está Caden.
—Lo ha llevado todo estos años, ¿sabes? Cuando yo empecé a fallar, él cogió las riendas sin que nadie se lo pidiera. La finca y los viñedos funcionan porque él está aquí.
—Lo sé, papá.
Aunque entonces entramos en bancarrota, estuve a punto de decir, pero me lo callé.
—¿Lo sabes? Porque a veces me pregunto si lo sabes de verdad o si solo lo intuyes desde la distancia.
Eso me llegó al alma.
—¿Adónde quieres ir con esto? —pregunté.
—Adonde llevo queriendo ir desde hace meses —se inclinó un poco hacia delante—.
No vendas la finca cuando yo no esté, Dolly.
Quédatela. Si no quieres llevarla tú, Caden puede seguir haciéndolo.
Solo necesita respaldo legal y financiero, alguien que firme cuando haga falta.
No tiene que cambiar nada de cómo funciona esto.
—Papá, es que no es tan sencillo. Hay una deuda real, hay costes de mantenimiento, hay años de cosecha que no han rendido lo que deberían…
—Todo eso ya lo sé —me cortó—. Pero también sé que esta tierra vale más de lo que cualquier empresa te va a ofrecer por ella, y no me refiero solo a dinero —me miró fijo—.
O podrías volver. Instalarte aquí. Llevar la bodega tú misma.
Tienes el conocimiento, los contactos, tienes todo lo que yo no tuve cuando empecé.
—Ahora tengo una vida en Nueva York.
—Tienes un apartamento en Nueva York y una agenda llena de vuelos. Pero eso no es lo mismo que una vida.
Abrí la boca para contestar y no salió nada especialmente útil, así que la cerré.
—O —dijo mi padre, con un tono que intentaba ser casual y no lo era en absoluto—, siempre podríais casaros tú y Caden y resolver el problema de una vez.
Me quedé completamente quieta.
—¿Perdona?
—Es una opción práctica que se me ha ocurrido.
—Papá. ¿De qué estás hablando?
—De que Caden Reyes lleva diez años cuidando de estas tierras como si fueran suyas y tú llevas diez años sin aparecer por aquí, y que si juntarais las dos mitades tendríais algo que funciona —me miró con una inocencia que no me creí ni un segundo—. Solo lo digo como idea que se me ha ocurrido…
—Papá, no tienes la menor idea de lo que significa que…
Me callé.
—¿De qué?
—De nada —tomé aire—. No voy a casarme con el encargado de las viñas.
—Se llama Caden. Y es bastante más que el encargado.
—Ya sé cómo se llama.
—Entonces llámalo por su nombre.
—No voy a casarme con Caden —repetí, despacio, como si la frase ganara solidez con la velocidad—. No tengo claro ni siquiera que quiera casarme con nadie. Y aunque quisiera, esa no sería la solución a un problema financiero.
Mi padre me miró.
—¿He dicho yo que fuera una solución? —dijo—. He dicho que era una opción.
—Son la misma cosa.
—No lo son, y lo sabes.
Lo miré. Él me miró. Fuera, el tractor del viñedo sur sonaba a lo lejos con ese ruido irregular que llevaba semanas necesitando revisión, y yo estaba sentada en el sillón de la habitación de mi padre diciéndole que no me casaría con Caden Reyes, y notando, con una irritación considerable, que mis propias palabras me sonaban completamente vacías desde dentro.
—Voy a revisar esas facturas —dije, levantándome.
—Dolly.
—¿Qué?
Mi padre sonrió por primera vez desde que había entrado.
—Me alegra que hayas vuelto.
Eso sí que me lo creí.