De vuelta a sus brazos CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

CADEN

—Oye, ¿ya llegó la hija del jefe?

Tommy Ríos llevaba veinte años siendo el primero en enterarse de todo en la finca y el último en callarlo. Estaba apoyado en la puerta de las caballerizas con una escoba que claramente no había usado todavía, mirando hacia la casa con esa curiosidad sin filtro que se gastaba.

—Sí —dije—. Hace una media hora.

—¿Y?

—¿Y, qué, Tommy?

—Que cómo está. Que si ha cambiado mucho. Que si viene con buena cara o con ganas de venir a rematar al paciente. Es alucinante que esa niña no haya aparecido por aquí en diez años. El jefe siempre viajaba para visitarla, ¿no?

Le arrebaté la escoba de sus manos y se la puse en el pecho con más firmeza de la necesaria.

—Los boxes del fondo llevan tres días sin barrer —dije—. Céntrate.

Tommy murmuró algo en voz baja que decidí no escuchar y desapareció hacia el interior de las caballerizas. Yo me quedé en el umbral con las manos en los bolsillos, mirando la fachada de la casa desde la distancia justa.

Las luces del primer piso seguían apagadas, lo que significaba que el señor Mitchell dormía todavía. La ventana de la habitación de invitados, la que daba al norte, estaba entreabierta.

Dolly siempre había dormido con la ventana abierta, incluso en enero, lo cual era una de las muchas cosas que yo sabía sobre ella y que ya no tenía ningún derecho a saber.

Me alejé de las caballerizas y tomé el camino que bordeaba el viñedo sur, el más largo, el que tardaba unos veinte minutos en recorrerse si uno iba despacio. Así que fui despacio.

El problema con Dolly Mitchell era que yo llevaba diez años construyendo una versión de ella que era más manejable que la real.

La versión que había construido era la de una mujer fría, distante, completamente inmersa en su vida de sommelier internacional con sus catas en Burdeos, sus conferencias en Tokio y su apartamento en Manhattan, del que yo sabía por el señor Mitchell más de lo que me convenía saber.

Esa versión de Dolly no miraba con esos ojos castaños que lo archivaban todo, no tenía esa forma de pararse en medio de una habitación y tomar aire como si estuviera calibrando el peso exacto del momento. Esa versión era mucho más fácil de ignorar.

La versión real había bajado de un taxi hace media hora y había subido los escalones de su porche con la espalda recta y la mandíbula apretada, y ese orgullo suyo que nunca había sabido si admirar o querer sacudirle con cariño.

Y yo me había quedado ahí plantado como un idiota diciéndole «bienvenida a casa» con una voz que sonaba perfectamente normal por fuera y por dentro era un completo desastre.

Diez años.

Me paré entre dos hileras de Cabernet Sauvignon y miré las cepas sin verlas realmente.

Diez años atrás, en la feria del pueblo de agosto, yo tenía veinticinco años y más estupidez de la que me correspondía por edad.

Llevaba tres meses con Dolly en secreto —su idea, no la mía, porque ella quería esperar al momento adecuado para decírselo a su padre— y esos tres meses habían sido los mejores y los más desesperantes de mi vida en la misma medida.

Los mejores por razones que no necesitaban explicación. Desesperantes también, porque yo quería decirle al señor Mitchell que su hija y yo éramos algo serio, que yo no era solo el chico de los establos que le gustaba a Dolly. Que tenía intención de quedarme a su lado.

La noche de la feria, Dolly había tenido que quedarse en casa con su padre, que no se encontraba bien.

Así que me fui solo a tomar algo con los muchachos.

Y ahí estaba Gina Castellano, que llevaba dos años mandándome señales que yo había ignorado con bastante consistencia hasta esa noche, en la que yo decidí ser exactamente el idiota que Dolly siempre se había negado a ver en mí.

No fue nada.

Eso era lo peor, en realidad: no fue absolutamente nada, solo un beso pringoso y alcoholizado que nació de Gina detrás de la carpa de las flores que duró treinta segundos y que yo corté porque incluso en medio de mi estupidez monumental supe que estaba cometiendo el error más grande de mi vida.

Pero Dolly estaba ahí. Y nos vio. Había salido a buscarme para decirme que su padre se encontraba mejor y que quería estar en la feria conmigo aunque fuera un rato, y me encontró con la boca de Gina Castellano hurgando en la mía y los ojos abiertos como platos porque ni siquiera había tenido la decencia de cerrarlos.

La cara que puso Dolly era la misma que ponía cuando algo le dolía de verdad: ninguna. Cero. Una máscara perfecta que yo ya sabía leer, y que significaba que por dentro estaba rota.

Se fue de allí sin decir una palabra. Yo la llamé cuatro veces esa noche.

No contestó. Al día siguiente tampoco. A la semana siguiente me mandó un mensaje de tres líneas que decía que necesitaba tiempo y espacio y que por favor no la llamara más.

Y tres semanas después, el señor Mitchell me dijo en el desayuno, con su tono neutro de siempre, que Dolly había decidido aceptar una plaza en la universidad de San Francisco y que se iba en diez días.

Y ahí se acabó lo nuestro. No le pedí al señor Mitchell que me despidiera.

Él tampoco lo mencionó. Creo que ninguno de los dos sabíamos cómo meter ese tema en una conversación que ninguno de los dos quería tener.

Y él me necesitaba aquí, eso también era verdad: llevaba años siendo más el hombre de sus tierras que mi propio padre, que se había largado cuando yo tenía doce años sin dejar dirección de contacto.

Este lugar era lo más parecido a una familia que yo había tenido desde entonces.

Quedarme fue la decisión más fácil y la más difícil al mismo tiempo.

Pero a raíz de todo esto Dolly descubrió el mundo exterior y nunca volvió al valle. Yo lo supe desde el principio, aunque tardé un par de años en dejar de esperarla.

El señor Mitchell iba a verla un par de veces al año a San Francisco, en la ciudad, una vez en Sonoma para una cata benéfica. Siempre fuera de Napa, siempre en territorio neutral. Yo nunca pregunté por qué. No hacía falta.

Arranqué una hoja de la cepa más cercana y la hice girar entre los dedos sin pensar.

Lo que más me costaba admitir, incluso ahora, era que en todos estos años no había habido nadie más para mí.

No por falta de oportunidades, que siempre las hubo, sino porque cada vez que algo empezaba a tomar forma con una chica me encontraba haciéndome preguntas que no tenían respuesta útil y que básicamente se reducían a una sola: ¿para qué? Ninguna es ella.

No era romanticismo. Era más bien que Dolly Mitchell había puesto el listón en un sitio muy concreto y sin proponérselo, y que ninguna otra mujer había llegado ni de lejos a ese sitio desde entonces. Eso no lo iba a decir en voz alta jamás. Pero era la verdad.

Y ahora ella estaba en su habitación con la ventana entreabierta, a doscientos metros de donde yo estaba, y probablemente repasaba hojas de cálculo en su portátil con esa concentración suya que excluía todo lo demás.

Y yo estaba en medio del viñedo sur dándole vueltas a una hoja de Cabernet como si fuera a revelarme algo.

Me la guardé en el bolsillo de la camisa. Un gesto sin sentido, lo sabía.

Lo que también sabía era lo siguiente: cumpliría treinta y cinco en dos meses.

Llevaba una década gestionando esta finca en su día a día, tomando decisiones, siendo el adulto en situaciones donde otros se desmoronaban.

Era, en todos los sentidos prácticos, un hombre que sabía lo que hacía.

Y la última vez que Dolly Mitchell estuvo en mi vida, me comporté como alguien que no merecía estar en la suya.

Pero no iba a volver a ser ese hombre.

No porque tuviera un plan, o porque creyera que había ninguna posibilidad real de que ella me mirara de otra forma que no fuese como al encargado de las tierras de su padre.

Sino porque si esta semana era lo único que iba a tener, prefería que al menos ella se fuera sabiendo que yo había aprendido algo en diez años.

Aunque solo fuera eso.

Volví hacia las caballerizas por el camino más corto. Tommy seguía barriendo —o fingiendo que barría— y levantó la vista cuando me oyó llegar.

—¿Todo bien, jefe?

—Perfectamente —dije—. ¿Los caballos tienen agua?

—Desde las seis de la mañana.

—Bien.

Entré y empecé a revisar el equipo del almacén como si eso fuera lo más urgente del mundo, y me quedé ahí hasta que la luz cambió y supe que el señor Mitchell ya debía de estar despierto y que arriba, en alguna habitación de esa casa, padre e hija estaban teniendo la conversación que los dos llevaban meses aplazando.

No era asunto mío.

Me lo repetí tres veces, que es el número que me hace falta para creerme algo que sé perfectamente que no es verdad.

Porque si Dolly decidía vender la finca cuando falleciese Albert Mitchell, yo podría quedarme perfectamente sin trabajo.

Y sin ella. Y esta vez para siempre.