De vuelta a sus brazos
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CAPÍTULO 1
DOLLY
El valle de Napa traicionó mis recuerdos desde el primer momento. Y eso que lo conocía mejor que nadie.
Había contado con que algo hubiera cambiado después de todo este tiempo que había pasado fuera —las colinas, la luz de octubre cayendo oblicua sobre los viñedos, el color exacto del polvo en el camino de entrada— pero no.
Todo seguía exactamente donde lo dejé hace diez años, como si el valle hubiera decidido no molestarse por mi ausencia y seguir adelante sin mí.
El taxi subió por la carretera de dos carriles con esa calma desesperante, sin ninguna prisa, y yo fui mirando por la ventanilla con los brazos cruzados sobre el pecho, repasando mentalmente la lista de cosas que tenía que hacer esa semana.
Tasar el inventario de todo lo que había en la casa. Revisar los libros. Hablar con el abogado de mi padre. No desmoronarme en ningún momento del proceso.
Era una lista manejable, de solo cuatro puntos. Llevaba tres días diciéndome que era perfectamente capaz de hacerlo. Que podía con ello.
—¿Su primera vez en Napa? —preguntó el conductor, con ganas de conversación.
—No —dije, y no añadí nada más.
Él se tomó la indirecta con elegancia y volvió a su música country, y yo volví a mi ventanilla y a mis viñedos, esos que no habían tenido la decencia de cambiar.
Cuando el coche dobló la última curva y apareció la casa de mi padre —blanca, de madera, con el porche que daba al oeste y la glorieta llena de rosas que mi madre plantó el año en que yo nací— casi puedo decir que me emocioné.
Y eso que lo que vi, dos segundos después, fue al mismísimo Caden Reyes apoyado en la barandilla del porche con los brazos cruzados y una expresión que podría catalogarse clínicamente como la bienvenida más fría documentada en la historia del condado de Napa.
Bien. Estupendo. Genial.
El taxi paró. Yo me bajé. Él no se movió de donde estaba.
Caden llevaba la misma ropa de trabajo que recordaba hacía diez años —vaqueros, camisa de franela, botas con tierra de los viñedos— y tenía casi el mismo aspecto que a los veinticinco años, excepto por algo alrededor de la mandíbula que sugería que la vida le había añadido capas que no estaban antes.
Seguía sin saber si eso me parecía bien o mal.
Diez años sin vernos. Dios mío.
—Dolly —me dijo en cuanto bajé del coche, a modo de bienvenida. Solo eso. Mi nombre, sin inflexión, como si fuera la respuesta a una pregunta que nadie había hecho.
—Caden —respondí, con el mismo tono exacto, porque dos podían jugar a ese juego.
Hubo una pausa. El conductor sacó mi maleta del maletero con cuidado, me cobró el trayecto sin hacer contacto visual y se fue a una velocidad que me pareció excesiva pero completamente comprensible. Aunque solo fuera por la tensión que se palpaba.
—Tu padre está descansando —dijo Caden, sin moverse del porche—. Los martes por la tarde siempre duerme la siesta desde la medicación nueva.
—Lo sé. Hablo con él cada semana.
—Claro.
Su tono acusatorio parecía completamente calculado.
Subí los tres escalones del porche con mi maleta, y él se apartó lo justo para dejarme pasar, que era exactamente el margen mínimo de cortesía sin ningún extra. Lo anoté mentalmente. Si esa iba a ser la dinámica de la semana entre él y yo, prefería tenerlo claro desde el principio.
—¿Puedo entrar en mi propia casa o necesito un formulario?
—Técnicamente es la casa de tu padre —dijo él—. Y la puerta lleva abierta desde las ocho de la mañana. Como todos los días.
Entré. La casa también estaba igual que recordaba.
Las mismas vigas de madera en el techo, el mismo aparador en el recibidor con las fotos de familia que mi padre nunca movido aunque llevara veinte años diciendo que iba a reorganizar esa pared, el mismo suelo de baldosas que crujía en el tercer escalón de la escalera.
Me detuve en medio del salón con la maleta en la mano y tomé aire despacio, sin que se notara.
—¿Qué tiene exactamente? —pregunté, sin darme la vuelta—. El informe que me mandó el médico era muy técnico y mi padre en el teléfono siempre decía que estaba «bien», que es la palabra más inútil del mundo.
Caden entró detrás de mí. Observé de reojo como se apoyaba en el marco de la puerta de la cocina.
—Un día me dijo que estaba cansado. Su corazón no trabajaba al cien por cien y él insistía en trabajar como si lo hiciera —hizo una pausa breve—.
Seguía bajando al viñedo cuando podía escabullirse, así que desde hacía tres semanas lo tenía vigilado como si fuera un adolescente con acceso a las llaves del coche.
A pesar de mí misma, estuve a punto de ser amable con él por haber atendido a mi padre. Caden siempre había estado pendiente de él, mucho más allá de sus funciones en la finca. Pero neutralicé cualquier elogio antes de que llegara a la superficie.
—¿Hay algo más que deba saber antes de hablar con él?
—Bueno, que no quiere vender, pero supongo que eso ya lo sabes.
Lleva dos meses diciéndome que tú ibas a venir a «echar un vistazo» y que eso no significaba que fuera a firmar nada.
Sus palabras exactas fueron: «Dolly puede venir a ver cómo está todo y convencerse de que no tiene que vender».
También dijo que si mandabas a un tasador antes de hablar con él primero te desheredaba, pero eso creo que era más retórico que legal.
—Conozco a mi padre. Sé como manejar la situación.
—Pues entonces ya sabías que no te lo iba a poner fácil.
Me volví para mirarlo a los ojos por primera vez desde que bajé del taxi. Caden me sostuvo la mirada sin ningún esfuerzo aparente. Lo que pensé yo fue que aquella iba a ser una semana muy larga, y que a lo mejor debería haberme traído más ropa.
—Mira —dije, porque prefería poner las cartas sobre la mesa antes de que alguien empezara a construir narrativas paralelas—, yo no soy la villana de esta historia.
Mi padre tiene setenta y dos años, una cardiopatía diagnosticada y una bodega con deudas de las que yo no sabía nada hasta tres meses.
Estoy aquí para ver si había alguna opción que no sea vender, porque si la hay, me interesa saberlo.
Pero también estoy aquí para ser honesta con él si no la hay.
Caden escuchó todo aquello sin cambiar de expresión. Cuando terminé, asintió una vez, muy despacio.
—Lo sé —dijo.
—¿Lo sabes?
—Tu padre me habló del informe financiero. Y yo llevo los libros de la finca, Dolly, no soy nuevo aquí. Lo que no sé es si tú vas a escuchar lo que él te diga o si ya vienes con la decisión tomada.
Y ahí estaba. La verdadera bienvenida de Caden Reyes, envuelta en una pregunta razonable con un gancho invisible al final.
—Si ya tuviera la decisión tomada —dije, con toda la calma de la que era capaz—, habría mandado a un abogado.
—Mandaste un correo con una propuesta de valoración hace seis semanas.
—Era solo un correo informativo. No era una decisión.
—Depende de quién lo lea.
Nos miramos. Fuera, el viento movía las copas de los robles al otro lado del camino, y en algún punto del viñedo alguien trabajaba con un tractor que sonaba como si necesitara una revisión urgente. Todo lo demás estaba muy tranquilo.
—Caden —dije, finalmente—. Voy a subir a dejar la maleta, a esperar a que mi padre se despierte y luego hablaré con él. Eso es todo lo que va a pasar hoy. ¿Te parece bien, o también vas a discutirme eso?
Él meditó unos instantes.
—Adelante —dijo.
—Qué generoso.
Un gesto. Solo uno. El principio de algo que en otra vida habría sido una sonrisa.
Durante aquello que pasó entre nosotros.
—Bienvenida a casa, Dolly.
Lo dijo sin ironía, y eso, por alguna razón que no iba a examinar esa noche, fue lo peor de todo.