EPÍLOGO
DOLLY
Dos años después…
La tumba de mi padre está entre el Cabernet del sector sur y las cepas más viejas de la finca, las que él plantó con sus propias manos el año que se casó con mi madre y que nunca ha dejado de producir aunque todo el mundo le dijera que ya era hora de renovarlas.
Él siempre decía que las cosas que tienen raíces profundas no necesitan que nadie las ayude a sobrevivir.
Es una lápida sencilla, de granito gris, con su nombre y sus fechas y una frase que elegimos Caden y yo juntos después de darle muchas vueltas y descartar otras doce opciones más elaboradas: Aquí descansa un hombre que sabía cuándo dejar fermentar y cuándo embotellar.
A Caden le pareció perfecta desde el principio. A mí me hizo llorar y reír al mismo tiempo, que era exactamente lo que mi padre habría querido.
Vengo aquí todos los jueves por la mañana, cuando la finca todavía está tranquila y la luz es esa luz de primera hora que no tiene prisa.
A veces solo me quedo de pie un rato con el café en la mano, mirando las cepas, pensando en lo que hay que hacer esa semana o en lo que salió bien la semana anterior. Mi padre era un hombre práctico y creo que le parecería bien que le trajera las novedades del rancho en lugar de flores.
Esta mañana le traigo buenas noticias.
Escucho los cascos de Roble antes de ver a Caden, ese trote reconocible que desde que le resolvieron la cojera tiene un ritmo propio, seguro, sin ninguna irregularidad. Aparecen por el camino del sector norte y Caden me ve desde lejos y levanta una mano, y yo levanto el café a modo de saludo.
Caden detiene el caballo a unos metros, desmonta con agilidad, y ata las riendas a la estaca que pusimos aquí precisamente para esto. Luego viene hacia mí con las manos en los bolsillos y se para a mi lado, mirando la tumba de papá.
—¿Llevas mucho rato? —pregunta.
—Veinte minutos —le paso el café y él da un sorbo sin pedirlo, que es algo que hace siempre y que yo finjo que me molesta—. Ese es mi café.
—Era tu café —me lo devuelve—. Buenos días, señor Mitchell—le dice a la lápida, con la misma naturalidad con la que le hablaría a un hombre sentado en una silla.
Eso también me hizo llorar la primera vez que lo vi. Ahora ya me parece normal, que es lo que pasa con las cosas importantes cuando les das el tiempo suficiente.
—¿Cómo está Roble? —pregunto.
—Perfectamente. Tommy lo sobreprotege, pero perfectamente.
—Tommy sobreprotege a todos los animales de esta finca.
—Y a mí también, que conste. Esta mañana me ha preguntado si había desayunado antes de salir.
—¿Y habías desayunado?
Caden me mira con una expresión que es la respuesta.
—No has comido nada, ¿no?
—Había café recién hecho…
—El café no es desayuno.
—En eso no voy a estar de acuerdo.
Le quito el café antes de que vuelva a darle otro sorbo y él me suelta una sonrisa y se queda mirando las cepas viejas.
Dos años. En dos años hemos reestructurado la deuda, renegociado con los distribuidores, lanzado una línea de vinos de gama media que ha funcionado mejor de lo que ninguno de los dos esperaba, y contratado a una enóloga joven de Sonoma llamada Patricia que tiene más criterio que la mitad de los sommelier con los que he trabajado en mi vida.
Los números no son brillantes todavía, pero son prometedores, que es lo que importa. Mi padre estaría más que contento.
—Tengo que contarte algo —digo.
Caden me mira.
—La cata de San Francisco —hago una pausa—. Nos han dado el mejor Cabernet de la región. Mitchell Wines, añada del veintidós.
Silencio de dos segundos.
—El veintidós fue el año de la sequía —dice.
—Lo sé.
—Dijimos que ese año no salía al mercado.
—Lo sé. Pero guardé doscientas botellas sin decírtelo, las dejé en la barrica grande del fondo otros ocho meses, y las mandé a la cata sin firma para que la juzgaran sin el nombre por delante. Y ha ganado.
Caden me mira.
—Guardaste vino sin decírmelo.
—Tomé una decisión ejecutiva.
—Eso no existe en una sociedad al cincuenta por ciento.
—Acaba de existir.
Otra pausa. Luego se ríe, una risa de verdad, de las que le salen sin que las llame, y sacude la cabeza mirando al suelo.
—Tu padre se habría puesto muy contento —dice.
—Lo sé —miro la lápida—. Se lo estaba contando ahora.
Caden pone un brazo alrededor de mis hombros y yo me apoyo en él y los dos nos quedamos un momento callados, mirando las cepas viejas que siguen ahí, igual que siempre, sin necesitar que nadie las ayude a sobrevivir.
—Hay otra cosa —digo.
—¿Más vino escondido?
—No —tomo aire—. Voy a necesitar que en los próximos meses te ocupes tú más de la bodega.
Caden se queda quieto.
Lo miro. Él me mira. Y veo el momento exacto en que lo entiende, porque hay una cosa que cambia en su cara, algo alrededor de los ojos, que no es sorpresa exactamente sino el reconocimiento de algo que todavía no sabe cómo sostener.
—Dolly.
—Sí.
—¿Estás…?
—Sí.
Se queda mirándome un segundo más y luego me rodea con los dos brazos y me abraza con fuerza. Yo le devuelvo el abrazo con la cara contra su cuello y cierro los ojos un momento.
Cuando nos separamos tiene una expresión que no le había visto antes, algo nuevo, aún sin nombre.
—¿Cuándo? —pregunta.
—Julio, más o menos.
Mira las cepas. Luego la lápida. Luego a mí.
—Julio es buena época —dice—. Antes de la vendimia.
—Lo sé. Lo calculé.
—¿También eso fue una decisión ejecutiva?
—Esa fue conjunta y lo sabes.
Se ríe otra vez y me besa, y yo le devuelvo el beso con las manos en su camisa como la primera vez, como todas las veces, porque hay cosas que no se gastan con el uso sino que mejoran.
Igual que el vino, igual que este valle, igual que nosotros dos cuando por fin dejamos de tenerle miedo a lo que éramos el uno para el otro.
Detrás de nosotros, las cepas viejas siguen ahí. Delante, todo lo demás.
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