Capítulo 11
Henry aparece el martes por la tarde sin avisar.
Estoy en el porche con una copa de vino y un catálogo de muebles de cocina cuando su camioneta se detiene delante de la casita.
—Hola —dice, subiendo los escalones.
—Hola.
Duda al llegar arriba, como si no supiera si sentarse o quedarse de pie. Doy unas palmaditas al sitio que queda libre a mi lado en el columpio del porche.
Se sienta.
No decimos nada durante un minuto. Solo eso, sentados, el columpio crujiendo bajo nosotros y la tarde acomodándose alrededor.
—¿Día largo? —pregunto.
—Pues sí. ¿Y el tuyo?
—Igual.
Otro silencio, más largo todavía.
Entonces dice:
—He estado dándole vueltas a una cosa.
—¿A qué?
Mira hacia la calle, no a mí.
—A aquella noche. En la película. Cuando te quedaste dormida.
Se me cae el estómago a los pies.
—Henry…
—No me importó —dice.
No puedo mirarlo.
—Y llevo días intentando convencerme de que no significa nada —continúa—. De que solo estamos haciendo lo que acordamos hacer. Que esto es temporal, estratégico, que no es real.
—Henry —repito, esta vez más bajo.
Sus ojos buscan los míos.
—Pero es que sí parece real, Charlotte.
El aire se me escapa de los pulmones.
—Teníamos unas reglas —dice en voz baja—. Se suponía que no íbamos a hablar de esto. Pero ya no puedo seguir fingiendo que solo estoy fingiendo.
Tengo que apartar la mirada.
Lo siento cerca, demasiado cerca. Su presencia me roza la piel como una quemadura templada y, aunque el calor del día se ha ido con el sol, yo sigo ardiendo por dentro.
El olor del porche al caer la tarde —madera vieja, hojas, un rastro lejano de humo de chimenea— se mezcla con el suyo, cedro y aire limpio, y de pronto soy incapaz de pensar en otra cosa.
—No hagas esto —digo.
—¿Que no haga qué?
—No lo conviertas en real. No digas cosas que luego no puedas retirar.
Da un paso más cerca.
—Es que no quiero retirarlo.
—Henry, no podemos. Hay demasiado…
—Ya lo sé —dice—. Sé lo del voto. Lo sé todo. Y aun así sigo queriendo esto. Te sigo queriendo a ti.
Algo se quiebra dentro de mí.
—Ya parece real —digo en voz baja—. Y yo también lo quiero.
Él cierra la distancia.
El beso es suave al principio. Tentativo. Su mano se desliza entre mi pelo, el pulgar rozándome detrás de la oreja, y todo lo demás se desdibuja.
El columpio del porche cruje debajo de nosotros. El aire de la tarde está fresco y nítido, huele a hojas caídas. Su otra mano me encuentra la cintura, me atrae hacia él, y yo me dejo ir, apoyándome contra su pecho.
Su mano se cierra con más firmeza en mi pelo. Agarro la pechera de su camisa —una franela, suave de tantos lavados—. Sabe a deseo y a años de espera, y cuando me acerca más voy de buena gana, mi rodilla rozando su muslo, el columpio meciéndose con el cambio de peso.
Cuando por fin nos separamos, los dos respiramos con dificultad. Apoya la frente contra la mía. Siento sus latidos bajo mi mano.
—Eso ha sido… —empieza.
Lo beso otra vez antes de que termine.
Su mano sigue en mi pelo. No estoy lista para que esto pare.
Esta vez, al separarnos, está sonriendo.
—Vale —dice—. Pues ya ha pasado.
—Ya —consigo decir.
Nos quedamos quietos un segundo, el columpio del porche todavía balanceándose un poco.
Y entonces la realidad vuelve a caer encima como una losa.
—Henry —digo, echándome hacia atrás—. No podemos hacer esto.
—¿Por qué no?
—Porque sigo sin entender qué pasó hace cinco años entre nosotros. Sigo sin saber por qué hundiste la votación. Porque no puedo hacer como si eso no hubiera ocurrido.
Su cara cambia.
—Charlotte…
—No, necesito saberlo. No puedo besarte y volver a enamorarme de ti sin saber por qué dejaste que me marchara pensando que no creías en mí.
Tras un largo momento, se pasa la mano por el pelo.
—Quiero contártelo —dice en voz baja—. Quiero explicártelo todo. Pero no puedo. Todavía no.
—¿Por qué no?
—Porque…
Se detiene, me mira como si le doliera.
—Porque hay cosas que no puedo compartir. Pero, Charlotte, tienes que saberlo… no fue nunca porque no creyera en ti.
—Entonces, ¿de qué iba?
Tarda tanto en contestar que pienso que ya no lo va a hacer. Después dice:
—Estaba intentando protegerte. Ya sé que ahora mismo no tiene sentido, pero era eso.
—¿Protegerme de qué?
—No puedo… —Sacude la cabeza—. Lo siento. Ya sé que no es suficiente.
—Debería irme —añade en voz baja—. Buenas noches, Charlotte.
—Buenas noches.
Baja los escalones, y yo lo miro alejarse.
Pero antes de llegar a la camioneta, se vuelve.
—Mira, que conste, no me arrepiento de lo que ha pasado.
—Yo tampoco —admito—. Pero no puedo volver a meterme en esto sin saber la verdad.
Sonríe, despacio y de verdad, y luego desaparece.
Dentro, cierro la puerta y me apoyo contra ella.
Todavía me saben los labios a él. Todavía me late el corazón demasiado deprisa. Y, en fin, estoy metida en un lío enorme.
Cojo el móvil y me quedo mirándolo un buen rato antes de escribirle a Priya.
He besado a Henry.
Aparecen tres puntos al instante.
POR FIN. Oye, ¿qué tal?
Perfecto. Aterrador. No sé qué hacer.
Pero, a ver, ¿sientes algo por él?
Hago una pausa antes de contestar.
Creo que sí.
¿Y cuál es el problema, entonces?
El problema es que me estoy enamorando de alguien con quien tengo una historia sin cerrar.
Es complicado.
Eso lo dices siempre. A lo mejor no es tan complicado como crees.
Pero es que lo es.
No puedo quererlo del todo hasta entender por qué votó como votó. Por qué dejó que me marchara sin una explicación. Por qué perdimos cinco años en silencio.
Pero él ha dejado claro que no me lo va a explicar. Así que ahora me toca decidir si acepto lo que está dispuesto a darme o me alejo de todo esto.
Me siento en el sofá y me quedo mirando el móvil.
Quiero seguir arreglando la casita. Quiero seguir trabajando codo con codo en la cocina. Quiero quedarme dormida en su hombro y despertarme con su sonrisa.
Lo quiero a él.
Pero también necesito la verdad.
Y me aterra que, si por fin la consigo, sea precisamente lo que haga imposible quererlo.