Capítulo 7
La asamblea municipal es esta noche.
Me paso casi todo el día intentando no pensar en ello.
Cuando Henry me pasa a recoger —porque, por lo visto, ahora vamos juntos en coche—, ya me he cambiado de ropa dos veces y me he convencido al menos cuatro de que es una idea malísima.
—¿Estás bien? —pregunta cuando me subo a la camioneta.
—Bien —digo—. Es que… me estoy preparando.
—Para una asamblea municipal.
—Para nuestro debut —le corrijo.
Casi sonríe.
—Tampoco es para tanto.
—Es exactamente para tanto.
El aparcamiento del centro cívico ya está medio lleno cuando llegamos. A través de las ventanas se ve a la gente colocando sillas, ordenando galletas en una mesa y haciendo esa cosa tan de pueblo en la que una reunión se convierte, sin saber muy bien cómo, en un acontecimiento social.
Henry apaga el motor, pero no hace ademán de bajarse.
Me mira.
—No tenemos por qué hacerlo.
—Sí, sí tenemos.
—Quiero decir… podemos entrar por separado. Sentarnos en filas distintas. Que la gente piense lo que quiera.
Miro el edificio. A las personas que hay dentro y que, a ver, van a fijarse seguro en dónde nos sentamos, con quién nos sentamos y si parecemos una pareja o dos personas que se evitan.
—Hicimos un trato —digo—. Por el pueblo.
—Por el pueblo —repite él.
Salimos de la camioneta juntos.
Las conversaciones bajan de volumen en cuanto entramos.
No es que se haga el silencio. Es que… la gente se da cuenta.
Margaret nos ve enseguida.
—¡Charlotte! ¡Henry! Justo a tiempo. Os he guardado sitio.
Cómo no.
Señala dos sillas cerca del frente, una al lado de la otra, con el espacio justo entre ambas para que sentarnos en cualquier otra parte cantase demasiado.
Nos sentamos.
El hombro de Henry está, como mucho, a siete u ocho centímetros del mío. Y soy plenamente consciente de esos siete u ocho centímetros.
—Bueno, vamos a empezar —dice Margaret, abriendo la sesión—. Gracias a todos por venir. Primer punto del orden del día: novedades sobre el reportaje de la revista.
Un murmullo de entusiasmo recorre la sala.
—Como sabéis —continúa Margaret—, Heart of Main Street va a dedicarle un reportaje a Riverside en su próximo número. La redactora y los editores me han comentado que están impresionados con lo que han visto hasta ahora. Incluso es posible que estemos en la terna para la portada.
Tom Lee levanta la mano.
—¿Y eso nos ayuda de cara a la subvención?
—Sí —confirma Margaret—. Los patrocinadores están teniendo en cuenta la implicación de la comunidad como uno de los criterios de decisión. Y, ahora mismo, Riverside lo está haciendo muy bien.
Echa un vistazo a su cuaderno y añade algo.
—Aún tengo que hablar con James sobre la posada.
—Hombre, es que no hay quien se resista a una buena historia de resurgimiento —dice alguien, y unas cuantas personas se ríen.
Se me calienta la cara.
Margaret sonríe.
—Es gracias a todos nosotros. A la historia del pueblo entero: a los que se quedaron, a los que han vuelto, a los que están apostando por el futuro de Riverside.
Pasa a una página nueva de su cuaderno.
—Bueno, vamos a hablar de qué pasaría si ganáramos. ¿Alguna idea sobre el dinero de la subvención?
Empiezan a alzarse manos.
—Aceras nuevas en Main Street —propone alguien.
—Mejor iluminación en el paseo del río —añade otra persona.
—Ayudas para los pequeños negocios.
—Reformar el centro cívico.
—Financiación para un festival de arte.
Margaret lo va apuntando todo y yo veo cómo la sala se va llenando de posibilidades. No son solo sueños. Son planes. Planes reales, tangibles, que podrían cumplirse si Riverside gana.
Cuando termina la parte formal, la gente se queda de tertulia. Alguien saca café. Las galletas empiezan a circular.
Henry y yo nos quedamos cerca de la ventana, y de pronto soy muy consciente de que nos están observando. No es que nos miren fijamente. Es que… se fijan.
Nina se acerca la primera.
—Oye, parecíais una buena pareja ahí delante.
—Juntos —añade sonriendo—. Queda bien, en fin.
Antes de que me dé tiempo a contestar, ya se ha ido a hablar con otra persona.
Después se para Linda Kowalski.
—Mira, vi el avance del artículo. La foto vuestra en la ferretería, ¿sabes? Una monada.
—Estábamos mirando tiradores de armario —respondo.
—Os estabais mirando el uno al otro —me corrige.
Henry se mueve a mi lado. Su mano me roza la espalda —un gesto breve, como para sostenerme— y luego se aparta.
Tom Lee pasa por allí con una sonrisa.
—Pues qué bien veros otra vez juntos. Parece que Riverside también se está reencontrando.
—Es que solo somos… —empiezo.
—Parte de la comunidad —termina Henry con suavidad.
Tom asiente.
—Eso, exacto.
Levanta la taza de café.
—Oye, un momento, ¿me podéis prestar atención todos un segundo?
Las conversaciones se apagan.
Tom recorre la sala con la mirada.
—Mira, solo quería decir una cosa: da gusto ver a todo el mundo implicado en el futuro de Riverside. Gente dando un paso adelante, trabajando codo con codo. Eso es lo que nos va a sacar adelante.
Hay un murmullo de aprobación. Algunos levantan sus tazas.
La mano de Henry vuelve a posarse en la parte baja de mi espalda. Esta vez no se aparta.
—Por Riverside —dice Tom.
—Por Riverside —repite todo el mundo.
Yo levanto el vaso porque es lo que hemos acordado. Apariciones públicas. Hacer nuestro papel.
La mano de Henry está cálida a través del jersey. Firme. Real.
Y odio lo poco que me molesta.
El resto de la noche es un borrón de pequeños momentos que se sienten demasiado reales.
Alguien nos hace una foto. Henry se acerca sin que nadie se lo pida.
Margaret nos llama con la mano hacia su mesa y, no sé cómo, acabamos sentados tan cerca que se nos rozan las rodillas.
Él no aparta la suya. Yo no aparto la mía.
Alguien nos pregunta cómo «volvimos a encontrarnos», y Henry me cede la palabra con una mirada que viene a decir: como tú quieras.
—Nos encontramos por casualidad. Empezamos a trabajar en la casita de mi abuela. Y, bueno, nos dimos cuenta de que hay cosas que nunca cambian.
Está lo bastante cerca de la verdad como para que no parezca mentira.
Y lo bastante lejos como para que, en realidad, lo sea.
En un momento dado, el señor Patterson se acerca a nuestra mesa.
—Cuánto me alegro de verte de vuelta, Charlotte —dice—. Y trabajando con Henry en la casita. A Rose le habría hecho mucha ilusión verla otra vez querida.
—Gracias —consigo decir.
Le hace un gesto con la cabeza a Henry.
—Tú siempre has tenido buen ojo para lo que Riverside necesita.
Henry aprieta la mandíbula, apenas un segundo.
—Lo intento.
Cuando el señor Patterson se aleja, miro a Henry.
Él no me devuelve la mirada.
Para cuando la gente empieza a marcharse, estoy agotada de tanto sonreír.
Salimos hacia la camioneta de Henry. El aparcamiento está silencioso ya, vacío salvo por nosotros y el resplandor cálido que sale de las ventanas del centro cívico.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí, es que… estoy cansada.
—Ya, es mucho de golpe —reconoce.
—¿Lo hemos hecho bien?
—Pues creo que hemos hecho exactamente lo que teníamos que hacer.
Lo cual no es lo mismo que decir que haya sentado bien.
Esa noche, estoy tumbada en la cama mirando el móvil cuando lo veo.
La página social del pueblo ha colgado las fotos de la asamblea.
Hay una de Margaret al frente, hablando.
Una de Tom haciendo su brindis.
Y una de Henry y mía, sentados muy juntos, con la mano de él en mi espalda, los dos sonriendo como si estuviéramos exactamente donde debemos estar.
El pie de foto dice:
La comunidad unida. ¡Qué orgullo nos da Riverside y toda la gente que apuesta por nuestro futuro!
Los comentarios ya empiezan a llegar.
Me encanta. Qué felices se ven Charlotte y Henry.
¡Qué alegría ver el pueblo así de vivo!
Este proyecto es justo lo que nos hacía falta.
Estoy muy orgullosa de nuestra comunidad.
La subvención. La subvención. La subvención.
La foto me ocupa toda la pantalla.
Parecemos… reales. Parecemos todo lo que no somos.
Cierro los ojos, con el móvil aún en la mano. Es solo una actuación, me recuerdo.
Pero aquí, tumbada en la oscuridad, pensando en cómo se sentía su mano en mi espalda, en cómo su rodilla presionaba la mía, en cómo me miró cuando Tom hizo el brindis…
Es el papel más difícil que he interpretado en mi vida.
Porque fingir que no sientes algo es fácil.
¿Fingir que sientes algo que se supone que no deberías querer?
Eso es lo que va a acabar conmigo.