De todo corazón Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

—No hace falta que te diga que tengas cuidado —dijo Marv mientras bañaban a uno de sus ponis.

—No, señor, no hace falta. Aunque en realidad ya lo ha hecho —dijo Madison.

—Es solo un comentario.

Le guiñó un ojo y se rio de sí mismo.

—¿No es eso lo que dicen los chicos?

—Sí.

También se rio.

—Pero, por favor, no empieces a decir «épico» otra vez o tendré que matarte.

—Trato hecho. En fin...

Comenzó a enjuagar el jabón del poni, empezando por las patas para que se acostumbrara a la temperatura y la sensación del agua.

—Ten cuidado con esa mujer, Maddy. Es igual que las otras dos. Totalmente absorta en su carrera.

—Marv, de verdad, no necesito oír esto.

—Pues sí, necesitas oírlo. Te veo arrastrándote por aquí día tras maldito día solo porque ella no te habla. Y, bueno, me está empezando a cabrear. ¿A quién le importa si no quiere salir de su coche elegante? Ella se lo pierde.

—Marv...

—Sinceramente, estás mejor sola. Eras más feliz antes de que ella apareciera. ¿Por qué te atraen tanto ese tipo de mujeres, Maddy?

—Para empezar, ella no es como las demás. Es diferente.

—¿En qué?

—Porque le importa.

—¿Qué le importa?

—Jake, los animales...

—Su carrera. Demonios, el chico no para de decir lo mucho que trabaja.

Madison casi se estremeció y miró alrededor para asegurarse de que nadie pudiera oírlos, pero era domingo y estaban solos en el rancho.

—Es que creo que todavía no lo tiene claro.

—Le estás buscando excusas. Maldita sea, Maddy, vas a salir herida. Peor de lo que ya estás. ¿Crees que no oigo esa música a todo volumen a primera hora de la mañana? Sé que te quedas dormida en el sofá, bebiendo para olvidarla.

Le lanzó un raspador con bastante fuerza.

—Marv, para.

—Olvídala.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque me importan ella y Jake.

Comenzaron a raspar el agua del poni.

—¿Qué pasará cuando Jake se vaya?

—No lo sé.

—Te lo digo yo. Ella se va, él se va, y no vuelves a ver a ninguno de los dos.

—Puede ser.

—Y estarás peor de lo que estás ahora.

Siguió raspando y luego recogió los cepillos de crin y cola. No quería hablar de esto con él ni con nadie. Rob ya lo había intentado. Simplemente no tenía nada que decir. Grace tenía sus problemas, y por la razón que fuera, no quería saber nada de Madison. Eso estaba claro.

Pero eso no significaba que pudiera apagar sin más su deseo o sus sentimientos.

—Creo que lo estoy llevando bastante bien —dijo en voz alta.

—No, qué va.

Resopló. Que escuchara su música y bebiera vino toda la noche no significaba nada. Seguía haciendo su trabajo; seguía ayudando a Jake y a los chicos. Todo estaba bien. Por fuera. Y lo demás no tenía por qué saberlo nadie.

—¿Podemos cambiar de tema? —preguntó.

—Claro. Encantado.

Agarró un cepillo de acabado y se puso a cepillar la cara del poni con las cerdas suaves.

—Tengo que salir a caballo a revisar el sendero para la excursión de este fin de semana. ¿Has ido por allí últimamente?

—Hace tiempo que no.

—Espero que todo esté bien. Bobby dijo que podría haber problemas con coyotes.

—Bueno, pues tendremos que salir todos los días hasta que los ahuyentemos, supongo.

Cada pocos meses, dependiendo del grupo y de lo bien que lo hicieran, Madison y Marv llevaban a los chicos y a sus tutores a una excursión a caballo hacia la montaña.

Hacía años que había mandado construir mesas de picnic y zonas de sombra para esas ocasiones, y a los chicos les encantaba cocinar al aire libre y pasarse la pelota de rugby.

Este fin de semana prometía ser bueno, y no podía estar más orgullosa de este grupo de chicos.

Mañana empezarían a montar individualmente para practicar de cara a la excursión.

El sábado serían unos expertos y les encantaría enseñar a sus tutores todo lo que había que saber sobre caballos y equitación.

Poder enseñar les ayudaba a desarrollar confianza y orgullo.

Afianzaba todo lo que habían aprendido. Todos salían ganando, y ella lo esperaba con muchas ganas.

—¿Qué tal ahora? —preguntó Marv, terminando con el poni.

Lo desataron y lo llevaron a su cuadra.

—Podríamos sacar a esas dos potrancas y revisar el sendero.

—No puedo —dijo, dándole al poni un último repaso.

—¿Tienes planes?

—Pues sí. Tengo que ir a un sitio.

—¿Quiero saber adónde?

—Probablemente no.

—Maldita sea, me temía que ibas a decir eso.

*

Una hora más tarde, Madison llegó al parque de atracciones y entró.

El edificio gigante en forma de castillo estaba repleto de videojuegos.

Tres pisos albergaban todos los juegos imaginables, y Madison entendía perfectamente por qué Jake había estado tan emocionado por venir.

La había invitado hacía unos días y ella le había dado largas como había podido, sin saber si debía aceptar.

Pero él había insistido mucho, y finalmente le había dejado caer que Grace también quería que fuera.

Eso había sido suficiente para que Madison fuera, y probablemente no haría falta mucho para mantenerla allí. La cara sonriente de Grace sería recompensa suficiente, a pesar de la ruidosa multitud de adolescentes que se movían entre las máquinas de juegos, riendo y gritando.

—Este lugar es increíble —dijo, contemplando la estructura abierta de tres pisos.

—Sí, y afuera tienen karts y montañas rusas —dijo Jake, acercándose a ella de un salto—. ¡Vamos!

Le tomó la mano y se abrió paso a través de las enormes puertas dobles hacia el exterior. El aire cálido le acarició la piel, y el olor a refresco y a todo lo pegajoso le llegó a la nariz justo antes que el olor del escape de los karts.

—¿Dónde está tu tía?

—Está por ahí.

—¿Por ahí?

—Sí, vamos. Montemos en los karts.

—Jake, yo...

—¿Jake?

Se giraron y encontraron a Grace mirándolos con incredulidad.

—Hola —dijo Madison, notando la incomodidad del momento.

—Eh, hola —dijo Grace—. Jake, ¿qué está pasando?

—Nada. Solo pensé que a Madison también le gustaría venir. Dijo que sí —respondió Jake.

Madison se sonrojó.

—¿No sabías que venía?

—No.

Grace se removió inquieta y apretó el vaso de refresco con más fuerza.

—Lo siento. Debería irme.

—No, no. Quédate, por favor —dijo Grace.

Pero su cara mostraba decepción. No estaba contenta de ver a Madison, nada contenta.

—De verdad debería irme —dijo Madison de nuevo, con la cara ardiendo de vergüenza.

Grace pareció ignorarla.

—Jake, discúlpate con ella.

—¿Por qué?

Había vuelto esa expresión tensa, la misma que ponía Grace, y se metió las manos en los bolsillos de sus bermudas de skater a cuadros.

—Por invitarla a venir —dijo Grace.

—¿Y qué si lo hice? Me cae bien.

—Eso no importa, Jake. No me lo dijiste.

—¿Y qué? Habrías dicho que no. Dices que no a todo —dijo Jake, con la voz cargada de enfado.

—Eso no es verdad —susurró Grace.

—Sí lo es.

—Yo pensaba que esta noche iba a ser para ti y para mí. Ya sabes, para pasar tiempo juntos.

—Has estado al teléfono desde antes de que llegáramos —dijo él.

Madison puso una mano en el hombro de Jake.

—Te veo mañana —dijo con suavidad.

—No, no te vayas —le dijo Grace—. Me voy yo.

Empezó a alejarse.

—Tráelo a casa a una hora decente.

Madison salió tras ella, la agarró del codo y la acompañó de vuelta al interior.

—No puedes irte —dijo Madison—. Grace, por favor.

—No me digas lo que tengo que hacer, Madison. Tú eres la que quería que pasara tiempo de calidad con él. Bueno, ¡lo intenté! Ahora puedes pasar más tiempo con él. Es lo que él quiere, al fin y al cabo.

Madison intentó responder, pero había tanto ruido que apenas podía pensar. Miró a su alrededor y vio un fotomatón. La arrastró dentro y cerró la cortina de un tirón.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Grace.

—Intento hablar contigo.

Grace empezó a protestar, pero Madison le sujetó la cara entre las manos.

—Dime por qué no quieres que esté aquí —insistió Madison.

—Porque quería pasar tiempo con Jake.

Grace parecía herida y seria y casi... perdida.

—¿Por qué? —preguntó Madison.

—Porque lo quiero y siento que lo estoy perdiendo otra vez.

—¿No es porque no me quieres a mí?

Grace se quedó en silencio. Luego:

—No.

—Entonces bésame.

Madison se inclinó y apenas le rozó los labios.

Grace se dejó, pero seguía retirándose muy ligeramente.

Su respiración era rápida y entrecortada; a su alrededor, el mundo de los videojuegos giraba.

Grace se acercó y la besó con suavidad, pero volvió a apartarse.

Bailaron así, en el filo de los besos, durante una larga y agonizante eternidad.

—Por favor —susurró Madison.

—Yo...

El móvil de Grace sonó y Madison soltó un gemido de frustración.

—¿No puedes tirar esa cosa? Solo por esta noche, ¿no puedes apagarlo?

Grace frunció el ceño y buscó el teléfono a tientas.

—No, no puedo —respondió con irritación—. Espera un segundo.

Tapó el teléfono con la mano.

—Tengo que irme.

—Esto no está bien, Grace —dijo Madison, siguiéndola fuera del fotomatón.

—¿Qué es lo que no está bien, Madison? ¿Que se quede aquí conmigo cuando preferiría estar contigo?

—Nada de esto está bien.

Pero Grace se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta principal.

—Nada de esto está bien —repitió Madison.

*

Grace lloró durante todo el camino a casa. ¿Qué podía hacer? Jake se estaba alejando. Necesitaba trabajar. El juicio estaba llegando a su fin. Las cosas eran así. Tendría que aceptarlo y seguir adelante.

Al menos Jake ya no se metía en líos. Sí, apenas le hablaba y la casa se sentía fría y vacía, pero al menos ya no andaba en problemas. Madison era una influencia excelente. No podía pedir nada mejor.

Incluso ella misma deseaba estar con Madison. Pero eso no podía ser. No con las cosas como estaban. No podía permitirse pensar en Madison cuando Jake se alejaba cada vez más y el trabajo la mantenía en vela hasta altas horas de la noche.

Solo tenía que concentrarse en el juicio. Había hecho todo lo posible con Jake. Era lo único que podía hacer.

El móvil volvió a sonar y miró el número en la pantalla. Como si las cosas no pudieran ir peor. Contuvo las lágrimas mientras se preparaba para contestar.

Por favor, Dios, que sean buenas noticias.

Pero en el fondo sabía que no lo eran.