Capítulo diecisiete
Grace borró el último mensaje del móvil mientras entraba en el garaje.
Madison había llamado varias veces para contarle lo bien que le iba a Jake en el rancho.
Estaba obedeciendo e incluso hacía tareas que nadie le había pedido.
Y había ayudado a mediar en una discusión.
Le iba bien, y ella ya lo sospechaba, porque Jake no paraba de hablar de Madison, del rancho y de todo lo que hacían cada día.
No hablaba de otra cosa. Que si la Sra. Clark esto, que si la Sra. Clark lo otro.
Incluso se comportaba de otra manera en casa.
Se levantaba a tiempo, hacía la cama, insistía en poner su propia colada.
Decía sí, señora, no, señora, imitando el tono de Madison al hablar.
Se lo recordaba tanto que a veces tenía que alejarse.
Ya le costaba bastante no pensar en ella como para que encima Jake anduviera por ahí imitándola todo el rato.
Aunque el cambio de comportamiento era bienvenido, la inquietaba igualmente.
Simplemente no podía quitarse a Madison Clark de la cabeza.
Apagó el motor, salió del Mercedes, cerró la puerta del garaje y entró en la casa. Lo primero que notó fue un olor a comida, algo como ajo y salsa de tomate. Lo segundo, la oscuridad, apenas rota por una pequeña lámpara en la esquina del salón.
Jake estaba en el sofá con la cabeza gacha. Cuando la levantó y Grace vio su rostro, casi se le cayó el maletín.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
Se quedó callado un momento. Luego:
—Feliz puto cumpleaños.
Parpadeó, confusa. Y entonces lo recordó. Jake había querido cenar con ella.
—Dios mío, Jake, lo siento mucho. Se me olvidó por completo.
Esta vez dejó caer el maletín y se acercó. Intentó tocarlo, pero él se levantó de un salto y corrió a la cocina.
—¿Que lo olvidaste? ¿Que lo olvidaste? —gritó mientras encendía las luces—. Eso es peor que decir que tienes que trabajar, tía Grace.
Levantó unos platos llenos de espaguetis.
—Te preparé la cena. Te preparé la cena. Una receta casera que encontré en internet. Lo hice por ti.
Se le quebró la voz por la emoción.
—Pero no. Lo olvidaste, llegas tres horas tarde y otra vez estoy completamente solo en esta maldita casa.
—Jake, lo siento mucho. Muchísimo.
Cruzó la habitación e intentó acercarse, pero él se apartó. Solo quería abrazarlo con todas sus fuerzas.
—Lo siento no vale de nada, tía Grace. Dijiste que estarías aquí. ¿Quién trabaja hasta tarde el día de su cumpleaños?
Yo. Siempre lo he hecho. Dios, ¿cómo he podido olvidarlo?
—Es que... ni siquiera estoy acostumbrada a celebrar mi cumpleaños.
Fue hasta la mesa de la cocina, dejó el plato lleno con un golpe seco, se desplomó en una silla y le lanzó un regalo.
—Ábrelo —dijo.
Se sentó frente a él, con el corazón desbocado. Nunca lo había visto tan dolido. Le partía el alma.
—¿No vas a comer?
—No tengo hambre —dijo, clavándole la mirada.
Con las manos temblorosas, logró abrir el pequeño regalo. Era un elegante juego de bolígrafos, pesado y reluciente, en una caja grande de terciopelo.
—Pensé que te vendría bien para el trabajo. Ya que es lo único que haces —dijo con sarcasmo.
—Jake, ¿dónde has conseguido esto? —Estaba conmovida.
—Por internet. Usé una de mis tarjetas regalo.
Se llevó la mano a la boca, conteniendo las lágrimas, y se levantó para abrazarlo. Él se puso rígido bajo su abrazo, como siempre, así que ella lo estrechó con más fuerza.
—Gracias. Significa mucho para mí. Que hayas pensado en hacer esto.
Él la apartó y se levantó también.
—Ya, bueno, es más de lo que tú haces. Tú no piensas en mí.
Negó con la cabeza.
—Jake, yo... Sí que pienso en ti. Todo el tiempo.
—No, no lo haces. Solo piensas en el trabajo. Nada más. Ojalá... ojalá viviera con la Sra. Clark.
Grace retrocedió, conmocionada y dolida.
—No digas eso.
—¡Pues lo digo!
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Ella no lo olvidaría. A ella le importaría. ¡A ella sí le importa!
Grace contuvo sus propias lágrimas.
—¡Estoy harta de oír hablar de la Sra. Clark!
—¡Pues yo estoy harto de tus gilipolleces!
—Pues sigue quedando con la Sra. Clark si eso es lo que te hace feliz. ¡Perdona por no ser perfecta como ella!
—¡Pues lo haré!
Tiró el plato de espaguetis al suelo y salió corriendo por el pasillo hacia su habitación, donde dio un portazo.
Lo siguió enseguida y se encontró la puerta cerrada con llave.
—¡Jake!
Aporreó la puerta.
—¡Vete!
—Jake, por favor.
—Déjame en paz, tía Grace. Se te da bien eso.
—Jake.
Apoyó la frente contra la puerta.
El estéreo se encendió y ahogó su voz.
Grace se alejó de su puerta y volvió a la cocina. Mientras se arrodillaba para recoger el plato y la comida, le cayeron lágrimas ardientes, acompañadas de confusión y una profunda sensación de pérdida.
*
Grace conducía hacia el sol poniente, pensando en qué hacer.
¿Había dicho demasiado? ¿Estaba simplemente agobiada?
Ya no lo sabía. No estaba segura de nada.
Y ahora llegaba tarde al entrenamiento de rugby de Jake.
Había prometido estar allí a las seis, pero el trabajo la había retenido y, sinceramente, no le apetecía quedarse a ver el entrenamiento.
No tenía ni idea de rugby, empezaba a hacer más calor y no quería encontrarse con Madison.
Evitarla había sido fácil. Intentar no pensar en ella, en cambio, no tanto.
No sabía qué decir. Qué hacer. Jake ya la adoraba, mientras que Grace se esforzaba al máximo solo para que él le dirigiera la palabra.
Era como si nada fuera suficiente. Ella no era Madison, no tenía todo el tiempo del mundo y no era Gabby.
Solo era la tía Grace, y eso no bastaba.
Permitir que Jake fuera con Madison a los entrenamientos había sido un gran paso, lo cual pareció sorprender mucho a Madison.
Pero sentía que lo estaba perdiendo. Su comportamiento había cambiado, sí.
Significativamente. Pero era como vivir con un hombre.
Un hombre adulto obsesionado con su trabajo, que no le dejaba hueco a ella.
Aparcó en el parque y apagó el motor, deseando poder apagar también su mente. Pero los pensamientos no paraban. Jake estaba cambiando y ella no. Eso había creado una tensión entre ellos. Era como si él viviera en otro planeta.
Salió del coche, se quitó la americana y cogió una botellita de agua.
Se dirigió a los campos y encontró un sitio en las gradas.
A su alrededor, docenas de chicos corrían.
Localizó a Jake enseguida, corriendo cerca de la cabeza del grupo, ya sin la férula.
Se preguntó cuándo y por qué se la había quitado.
—Hola —dijo Madison, subiendo a las gradas para sentarse junto a ella.
Grace se quedó boquiabierta y tuvo que obligarse a apartar la mirada. Madison llevaba unos shorts y un sujetador deportivo. El sudor le cubría el cuerpo musculoso.
—Hola.
—Por fin te tengo acorralada —Madison sonrió levemente y bebió de su botella de agua.
—Gracias por traer a Jake —era lo único que se le ocurría decir sin riesgo.
—De nada. Gracias a ti por dejarle venir. Le va a encantar.
—Seguro que sí. Le encanta todo lo que hacéis juntas.
Madison se quedó callada.
—¿Estás bien?
Grace la miró a los ojos.
—¿No lo parezco?
—Sinceramente, no. Pareces... cansada.
—¿Cansada? Ja. ¿Quién tiene tiempo para estar cansada? Yo desde luego no.
Madison le tocó la mano.
—Pues lo estás, Grace. De verdad.
—Bueno, gracias. Tú pareces sudorosa. Acalorada y sudorosa. Y preciosa.
Madison le apretó la mano.
—Tú también. Siempre lo estás.
—Pero lo primero que te ha venido a la mente ha sido «cansada». Debo de estar hecha un desastre —sabía que lo estaba. Tenía los ojos enrojecidos con ojeras oscuras. La piel más pálida de lo habitual.
—Solo estoy preocupada.
—No hace falta —forzó una sonrisa—. Estoy bien —pero no movió la mano y deseó que Madison apartara la suya. No podía pensar con claridad teniéndola tan cerca, y su contacto le quemaba.
—Quiero verte. Por favor, cena conmigo. Puedes traer a Jake.
—No puedo. Tengo trabajo.
—¿Y el sábado? ¿O el domingo?
—No creo. Ahora mismo estoy hasta arriba.
—¿Va todo bien? Jake me ha dicho que tienes un caso tremendo.
—Así es —la miró—. ¿Qué más te cuenta? ¿Que nunca estoy en casa? ¿Que no le hago caso? ¿Que soy un desastre como tutora?
Madison se volvió hacia ella.
—No. Grace, ¿qué te pasa?
—No lo sé, dímelo tú. Conoces a mi sobrino mejor que nadie.
—Así que es eso lo que te molesta. Lo de Jake y yo. Me lo imaginaba.
—¿Qué quieres decir?
—Hemos pasado mucho tiempo juntas —sus ojos brillaban a la luz del sol, pero había seriedad en ellos—. Ha avanzado mucho en poco tiempo. Pensé que te alegraría.
—Y me alegra, en algunos aspectos. En otros... es como una versión en miniatura de ti.
Madison apartó la mirada. Luego se puso de pie.
—No sé qué significa eso, pero...
Grace le cogió la mano.
—No te vayas. Por favor. Lo siento. No sé qué demonios me pasa.
Madison se quedó de pie; la mandíbula apretada delataba que seguía molesta.
—Espero que lo averigües —dijo. Le lanzó a Grace una última mirada prolongada y bajó por las gradas.
Su espalda fuerte relucía bajo el sol del atardecer, y más de una cabeza se volvió para mirarla.
Grace aún percibía su aroma. Su colonia fresca mezclada con el calor del sudor salado.
Dios, qué bien estaba. Qué bien olía, qué bien sonaba.
«¿Qué me pasa? Seguramente acabo de perderla para siempre».
Se cubrió la cara con las manos. «¿Perderla? ¿Acaso la tuve alguna vez?»
—Oye, ¿dónde está la Sra. Clark? —era Jake, jadeando—. La he visto aquí arriba.
—No lo sé.
—Bueno, ¿puede llevarme a casa? El entrenador Rob dice que estaremos aquí hasta que terminen las mujeres. Dice que nos va a hacer correr toda la noche.
—Puedo venir a recogerte.
—No, ya sé que tienes que trabajar, tía Grace —señaló el agua—. ¿Te importa si me la llevo?
—No, cógela —le sorprendió que preguntara. Antes se la habría bebido sin más. Sus modales habían mejorado mucho.
—Me voy —dijo bajando las gradas al trote—. ¡Toca burpees!
—¿Burpees?
—Ah, sí, burpees —Juan se deslizó a su lado, le dio un abrazo y dijo:
—Mira y aprende.
Abajo en el campo, los chicos formaron una fila con espacio entre ellos.
Se quedaron de pie con las manos a los costados, y cuando sonó un silbato, se tiraron al suelo boca abajo.
Otro silbato y se levantaron de un salto, alzando los brazos.
—Eso es un burpee —dijo Juan.
—Vaya.
Volvieron a bajar al siguiente silbato.
—No puedo creer que le guste esto.
—A la mayoría de los chicos les gusta. A mí siempre me ha encantado el ejercicio físico. Te hace sentir increíble —le dio un codazo juguetón—. Deberías probarlo.
—Claaaro.
—No, en serio. Mira allí atrás.
Se giraron y miraron hacia el campo de las mujeres, donde estaban alineadas haciendo el mismo ejercicio.
—Podrías hacerlo.
Grace miró incrédula.
Había al menos veinte mujeres musculosas dejándose caer al suelo y levantándose de nuevo.
La mayoría iban casi sin ropa.
—¿Ves a Madison? —preguntó Juan, señalando.
—Oh, sí.
La había localizado de inmediato y no podía apartar la mirada de su cuerpo reluciente y sus músculos bien definidos.
—Oh, sí —susurró, recordando cómo se sentían bajo las yemas de sus dedos.
Juan la rodeó con el brazo y la apretó.
—De verdad te gusta, ¿no?
—«Gustar» no es la palabra correcta —dijo en voz baja.
—¿Más que eso?
Asintió.
—Mucho más.
—Entonces, ¿qué te detiene?
Se volvió hacia los chicos.
Los burpees continuaban y Jake parecía agotado, con el brazo colgando.
Pero, para su sorpresa, siguió adelante.
—Supongo que lo sabes todo, ¿no? —preguntó, sabiendo que Madison probablemente se lo había contado a Rob, quien a su vez se lo había contado a él.
—Sé que no quieres hablar con ella.
—Acabo de hacerlo.
—Bueno, ¿y por qué no antes? ¿No congeniásteis?
—Sí, congeniamos.
—Entonces...
—No sé qué me pasa —dijo, alterándose—. No puedo responder a eso.
Volvió a apretarla.
—Vale —dijo—. Solo quiero que sepas que estoy aquí si me necesitas.
—Gracias.
—De nada. ¿Quieres aprender un par de cosas sobre rugby?
Se secó una lágrima y se giró, necesitando verla de nuevo.
—Sí, pero solo si puedo mirar a Madison.