De todo corazón Capítulo quince
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Capítulo quince

—Grace, ha pasado más de una semana. Tienes que hablar con ella —dijo May, sentándose a su lado en la mesa de conferencias de una de las salas más grandes—. Y tienes que comer.

Le puso una ensalada delante, pero Grace la apartó. No estaba de humor para comida de conejo.

—No sé qué decirle, y como de sobra.

—Pues le dices: oye, lo siento. Me gustas mucho y quiero volver a acostarme contigo. ¿Tan difícil es?

—No puedo decir eso.

—¿Qué parte?

—Ninguna.

—¿Por qué no?

—Porque ya lo arruiné todo nada más empezar. Tengo demasiadas cosas que hacer. Tengo a Jake, tengo el trabajo.

Llevaba días evitando a Madison, incluso había mandado a Janine a recoger a Jake. Vale, la mayoría de esos días había estado en el juzgado, pero aun así.

—Lo que tienes es miedo —continuó May—. Abrió la ensalada, y la suya también, y echó el aliño del sobrecito.

—No es miedo. Es sentido práctico. Ella me dijo que fuera con Jake.

—O sea que no es egoísta, ¿y qué? Seguro que se sintió fatal al saber que tenías que elegir. A mí me parece una tía legal.

—No lo entenderías.

—No, claro que no. Salgo con gorilas, ¿no? ¿El sexo más complicado? No tengo ni idea de lo que es estar dividida entre un hombre y su hijo.

—No quería decir eso.

—Ya lo sé. Es que estás de mal humor. No has pegado ojo y tienes una pinta horrible.

—Es por este caso.

Grace cogió un tenedor y picoteó la ensalada. La sala de conferencias estaba tranquila y casi vacía, solo sus notas y carpetas esparcidas por la mesa alargada.

—Nunca había trabajado en uno que me hiciera sentir así.

—No me digas que es porque es culpable. Hemos ayudado a que al menos cuatro culpables salieran libres. Lo sabes tan bien como yo. Son las reglas del juego.

—Es porque es culpable.

May suspiró.

—Grace, no te hagas esto. Es nuestro trabajo. Solo es un trabajo —la miró preocupada—. ¿Por qué te estoy diciendo yo esto a ti? Tú te sabes todo esto de memoria. Eres tú la que se lo dice a los novatos. Solo es un trabajo.

—Pero ya no es solo un trabajo. Ya no.

Cogió una carpeta y la hojeó.

—Mira esto. Mira sus antecedentes. Cuatro. ¡Cuatro!

—¿Y qué? Era joven, y en el último caso la actuación del agente que lo detuvo es cuestionable.

—No, no lo entiendes. Si conseguimos que salga libre, volverá a hacerlo. O algo peor.

—No podemos preocuparnos por eso. Estamos aquí para defenderlos lo mejor posible.

—No, May. Yo sí tengo que preocuparme. No puedo evitarlo.

May se echó hacia atrás y apartó la ensalada.

—¿Qué te pasa?

Grace suspiró y se apoyó la frente en la mano.

—No lo sé.

—¿Estás bien?

—No, creo que no.

—¿Es por Madison?

—No. Ella no tiene nada que ver con esto.

—Entonces, ¿qué es?

—No lo sé. Solo sé que cuando me quedo hasta tarde trabajando en este caso, ya no me siento a gusto.

No quiero volver a excusar el comportamiento de este hombre.

No quiero permitir que siga arruinando vidas.

Y puede que vaya a más, May. La próxima casa en la que entre o la próxima mujer a la que robe, puede que use un arma.

Intentó usar la fuerza contra el agente que lo detuvo.

—Eso son tonterías. El agente lo maltrató. Fue defensa propia. Tenemos el vídeo que lo demuestra.

—¡Hablas como una abogada!

—Porque lo soy.

—¿Puedes hablarme solo como May? ¿Como una ciudadana de a pie?

—Vale. De acuerdo.

—¿Y qué me dices del mirón? ¿Nuestro último caso?

—Uf, ese.

—Sí, ¿y si va a más como dijo la fiscalía? ¿Agresión, violación o incluso asesinato? Ya había entrado en casa de una mujer. Y me da igual quién fuera. Doctor o don nadie. ¡Ese tío tiene problemas!

—¿Y si qué? Grace, no podemos controlar el mundo.

—No, pero podemos hacer algo. Ese hombre necesitaba ayuda. No necesitaba salir del juzgado de rositas para volver a las andadas.

—Entonces, ¿qué me estás diciendo? ¿Quieres cambiar de bando?

—No sé qué estoy diciendo. Solo sé que estoy cansada. Y que tener a Jake me ha hecho replantearme muchas cosas.

—Ya veo —dijo May con suavidad.

—¿Te das cuenta de que si Jake no recibiera ayuda, acabaría sentado frente a nosotras un día, hasta el cuello de cargos?

—Eso no lo sabes...

—Sí, May. Sí. Y si mi hermana viviera en este estado, también habría sido una cliente. Y eso no me parece bien.

Guardaron silencio un largo momento. Entonces May habló.

—Parece que tienes mucho en qué pensar.

—Sí.

—¿Seguirás trabajando en el caso?

—Por supuesto.

—¿Crees que podemos ganarlo?

—No lo sé. Pero daré lo mejor de mí.

—¿Estás segura?

—Sí, May. Mi trabajo, por el momento, sigue siendo lo primero.

—Uf.

Se rio nerviosa.

—Pero no creo que siempre vaya a serlo.