Capítulo Trece
—No creo que deba ir —dijo Grace mientras hacía pasar a May apresuradamente por la puerta principal.
—¿Por qué no? —May se coló llevando pantalones cortos bien planchados y una blusa suave. Se le veían las uñas de los pies pintadas a través de sus bonitas sandalias de cuero.
Grace la hizo pasar al salón y señaló el sofá. May dejó el bolso pero se quedó de pie con las manos en las caderas.
—Ni hablar de que no vayas. Lo necesitas, Grace. Necesitas hacer algo por ti misma.
—Pero Jake está aquí. Y está herido.
—Está bien. Tú misma dijiste que ha estado trabajando duro en el rancho, incluso con un solo brazo. Si puede hacer eso, seguro que es capaz de quedarse aquí sentado conmigo sin hacer nada.
Levantó su bolso grande.
—Hasta he traído películas de terror. Cinco. Y...
Rebuscó en el bolso.
—Palomitas para el microondas. Y...
Rebuscó un poco más.
—Milk Duds. ¿A qué niño no le encantan los Milk Duds?
—A los que llevan brackets.
—Oh, mierda. No lleva brackets, ¿verdad? No recuerdo que llevara brackets.
—No.
Suspiró.
—Bien. Entonces vas a ir.
—No conozco a nadie, May. ¿Tienes idea de lo estresante que es eso?
—Hablaste con Juan por teléfono. Es majo. Estará pendiente de ti.
—Voy a cenar con tres perfectos desconocidos.
Solo pensarlo le revolvía el estómago.
May no parecía tener respuesta para eso, y Grace empezaba a sudar a pesar de su vestido corto y ajustado.
—Estarás bien. Imagina que estás en la sala del tribunal y que ellos son el jurado. Conquístalos. Se te da de maravilla. Y estás guapísima. ¿Dónde te has comprado ese vestido?
—En Neiman Marcus.
—Y los zapatos son de infarto. Dios, hasta yo te deseo ahora mismo.
El vestido era un sencillo tubo con tres aberturas en el escote.
Corto, negro y extremadamente ceñido. Los tacones hacían juego: de tiras, altos y negros.
Se había aplicado una loción con brillo por todo el cuerpo, junto con su perfume favorito, Gio.
Llevaba el pelo suelto, y sus ondas abundantes y fluidas contrastaban muy bien con el negro del vestido.
La sombra de ojos ahumada le resaltaba la mirada y el pintalabios era de un rojo intenso.
Para alguien que ni siquiera quería ir, desde luego se estaba esmerando.
—Seguro que será una decepción —dijo, convencida de que se había arreglado tanto para nada.
—La mayoría de las citas a ciegas lo son. Pero siempre existe esa posibilidad. Esa remota oportunidad de que encuentres al amor de tu vida.
—Ya. Tendría más posibilidades de que me cayera un rayo. ¿De verdad tengo que ir?
—Sí.
Suspiró.
—Estarás bien. Puede que hasta te diviertas.
—Ja.
Se miró en el espejo de la entrada, se quitó el pintalabios de los dientes y respiró hondo.
—Vale, me voy.
—No te esperaremos despiertos —dijo May con voz cantarina y juguetona.
—No estaré fuera mucho tiempo —respondió en el mismo tono.
—¡Adiós, Jake! —gritó hacia el pasillo.
—¡Hasta luego! —se oyó a lo lejos.
Estaba jugando a videojuegos otra vez, despatarrado en la cama. Cuando le había contado lo de la cita a ciegas, él se había limitado a reírse y desearle buena suerte. Y cuando le había recordado que era con una mujer, había resoplado y le había deseado aún más suerte.
—Está jugando —le dijo a May.
—Así que tendrás suerte si llegáis a ver esas películas.
—Tengo mis trucos.
Se acercó a la puerta y le puso la mano en el hombro desnudo.
—Ahora vete. Tengo tu número, no traeré chicos a casa y no ocuparé la línea del teléfono.
—Bien.
Logró soltar una risita. Dios, qué nerviosa estaba.
—Adiós.
—¡Adiós!
May la echó fuera y casi le cerró la puerta en las narices.
—Parece que de verdad quiere que vaya a esta cita.
Grace se subió a su Mercedes y condujo tan despacio como pudo hacia el restaurante.
No quedaba muy lejos y el tráfico no estaba mal, pero quería retrasar la llegada todo lo posible.
Si llegaba pronto, parecería desesperada y se sentiría expuesta estando allí sola.
Si llegaba tarde, se sentiría avergonzada mientras todos la miraban y esperaban a que se acercara.
Así que la clave era llegar justo a tiempo, a la vez que los demás.
Un vistazo rápido al reloj le indicó que estaba calculando la llegada a la perfección, pero eso no sirvió para calmarle los nervios en absoluto.
Se le duplicaron cuando entró en el aparcamiento del restaurante y lo encontró abarrotado de coches.
Las noches de sábado en Phoenix eran una locura en los restaurantes populares, y a la vez esperaba y no esperaba que Juan hubiera hecho reserva.
Si la había hecho y la mujer era agradable, con suerte los sentarían enseguida.
Si no, bueno, entonces podría irse a casa y olvidarse de todo el asunto, diera igual cómo fuera la mujer.
Después de su breve encuentro con Ally, no sentía la necesidad de tener a nadie en su vida en ese momento.
Estaba demasiado ocupada, por no hablar de Jake.
—¿Y entonces por qué estoy aquí? —gruñó después de meterse en una plaza libre.
—Porque soy tonta y hago caso a May, por eso.
Se miró en el espejo de cortesía. Por suerte, su cara no delataba los nervios. Nunca lo hacía, y eso le había valido el apodo de «mujer de acero» entre algunas personas con las que trabajaba, sobre todo abogados de la parte contraria.
—Mujer de acero, allá voy —dijo mientras salía del coche.
Respiró hondo, irguió la espalda y se dirigió hacia la entrada.
El sol aún no se había puesto, así que se dejó puestas las gafas de sol de diseño mientras se acercaba.
Se sentía algo protegida detrás de ellas y esperaba poder encontrarse con sus acompañantes sin quitárselas.
Mujer de acero o no, le vendría bien ocultar los ojos un rato.
Pero, por desgracia y como había sospechado, no estaban esperando fuera.
Se quitó las gafas y entró mientras un hombre le sujetaba la puerta.
Él la miró con deseo, pero ella estaba acostumbrada y apartó la vista tras darle las gracias educadamente.
El vestíbulo estaba lleno de gente y empezó a recorrer los rostros con la mirada.
Más ojos se volvieron hacia ella, sobre todo de hombres. Pero ¿cuál de ellos era Juan?
—¿Grace?
Se giró y se encontró con un hombre bajito de rasgos hispanos que le sonreía. Parecía simpático y afable, y le tomó la mano.
—Joe me dijo que buscara a la rubia despampanante vestida de punta en blanco.
—Hola.
Le estrechó la mano, que estaba cálida.
—Vaya, tenía razón. Estás maravillosa.
Se acercó para darle un beso en la mejilla.
—Gracias —dijo ella.
Él también estaba muy elegante con una camisa oxford de Ralph Lauren bien planchada y pantalones caqui. Los mocasines le relucían y olía bien. A loción de papaya o algo parecido.
—Tú también estás muy elegante.
—Vaya, gracias.
Se giró ligeramente y señaló a otro hombre, más alto y corpulento.
—Grace, te presento a Rob. Rob, Grace.
—Hola, Grace.
Tenía una sonrisa preciosa con un hoyuelo en un lado, y su mano era enorme cuando le cogió la suya con delicadeza.
—Rob, encantada.
El pulso se le aceleró mientras buscaba a su cita con la mirada.
Rob se dio cuenta.
—Todavía no ha llegado.
—Ah.
—De hecho...
Miró el reloj y se le marcaron los músculos bajo la camisa de manga corta, ajustada y con cuello.
—Si no la conociera bien, diría que seguramente está sentada en el coche preguntándose si entrar o no.
—Me suena —dijo ella.
—Venga, no te pongas nerviosa —dijo Juan, cogiéndola del brazo—. Rob dice que es una de las personas más cariñosas que vas a conocer. Además, me tienes a mí, y yo sé que soy encantador.
Ella se rio.
—Sí, creo que lo eres. Gracias.
Él le guiñó un ojo.
—Aquí está —dijo Rob, y ella y Juan se giraron a mirar.
A Grace le dio un vuelco el corazón mientras observaba a una mujer de aspecto fuerte, con el pelo corto de un rubio cenizo, abrazar a Rob. Cuando se separaron y la mujer se volvió hacia ella, Grace casi se cae de la impresión.
—Madison, te presento a Grace —dijo Rob.
Madison también pareció quedarse paralizada, mirándola fijamente. Se le fue el color del rostro; estaba tan sorprendida de ver a Grace como Grace de verla a ella.
Grace siguió parpadeando, asegurándose de que era ella.
Madison estaba tan diferente con un elegante blazer blanco sin nada debajo, con gruesos botones marrones y un collar de cuentas a juego.
Los vaqueros eran oscuros, de corte moderno y tiro bajo, dejando entrever un cinturón marrón en las caderas.
Los zapatos, también marrones, de punta cuadrada y tacón grueso.
Todo tan bien conjuntado, tan elegante sin esfuerzo. Era... absolutamente preciosa.
—Madison —susurró Grace.
Un momento. ¿Su cita era Madison? ¿Madison Clark? Pero ¿qué demonios...?
—Cuánto me alegro de verte, Grace —dijo Madison, sorprendiéndola de nuevo al acercarse a cogerle la mano—. Estás...
Sus ojos brillaron con intensidad.
—Muy guapa.
—¿Vosotras dos os conocéis?
Ahora le tocaba a Rob quedarse sorprendido.
—No... sí.
Respondieron casi al unísono.
—En realidad no nos conocemos —explicó Grace.
Rob y Juan parecían perdidos.
—Conozco a Grace del rancho —dijo Madison, carraspeando con voz tensa.
Grace se apresuró a explicar:
—Mi sobrino Jake, eh... va al rancho.
—Ah —dijo Rob con voz aguda, esforzándose demasiado por parecer sorprendido.
¿Habría oído hablar de ella? Le lanzó una mirada fugaz a Madison mientras el maître los llamaba y se dirigían a su mesa.
«Ha oído hablar de mí. Dios mío».
Quería salir corriendo. Madison seguramente también. Debería decir algo. Intentando no llamar la atención, se rezagó y le tocó el brazo a Madison.
—¿Quieres que me vaya? —susurró.
—¿Irte adónde?
—A casa.
Madison se limitó a mirarla con esos ojos que su espeso cabello hacía resaltar. Grace odió de pronto el sombrero de vaquero y el pañuelo. No le hacían justicia en absoluto.
—¿Tan horrible soy? —preguntó Madison.
—¿Cómo?
—Da igual. Puedes irte si quieres.
—No, creo que me has entendido mal. Yo...
Pero los hombres las esperaban de pie junto a sus sillas.