De todo corazón Capítulo Doce #3
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Capítulo Doce #3

Se tapó la boca e intentó no reírse.

—Madness, eso es terrible.

—No fue mi intención. La vi con ese potro y recordé cómo nos había gritado por lo de Jake, y no me pude contener. Me pregunté qué demonios hacía ella sin supervisión con un caballo.

—¿Estaba allí sola?

—Marv estaba vigilando.

—Entonces no estaba sola.

—¿Has visto a ese potro? Es muy bravo.

—Madness, le diste un susto de muerte —se echó a reír abiertamente—. ¡Sin ninguna buena razón!

—¡No debería estar ahí con él! Es abogada, ¡por el amor de Dios!

—¿Y qué?

—Me temo que le dé por demandarme. Ya me odia.

—¿Qué te hace pensar que es de esas?

—Por cómo reaccionó cuando Jake se escapó con Draco. Lo primero que hizo fue echarnos la culpa.

—Es una madre, Madness. O como si lo fuera.

—Vale, te lo concedo, pero es muy borde conmigo. Ayer ella...

—¿Recibió una coz después de que les dieras un susto de muerte a ella y al potro?

—Sí. Pero también…

Él arqueó una ceja de nuevo.

—¿Sí?

—Me vino con el tema de una marca que tenía en el pecho.

—¡¿Qué?! ¡Esto tengo que oírlo!

—Vale, tenía una marca justo por debajo del cuello de la camisa. Parecía un chupetón y me pilló mirándola.

—Vaaale.

—Dijo que la marca ya había desaparecido, así que no hacía falta que la buscara.

—¿Eh?

—Pensó que yo, pensó que la vi esa mañana.

—¿La viste?

—Sí. —Su voz la había delatado.

—Y la miraste.

—Bueno, sí.

—¿Y volviste a mirarla ayer por la tarde?

—Estaba a la vista de cualquiera.

—Madness. —Juntó las manos y apoyó la barbilla en ellas—. ¿Esta mujer es atractiva?

—¿Y eso qué tiene que ver?

—¡Lo sabía! Sabía que sí. —Miró alrededor para asegurarse de que estaban solos—. ¿Es lesbiana?

—Lo dudo mucho.

—Pero es evidente que sabe que tú sí lo eres.

—¿Tan obvia soy?

—¿Con esa pinta y tu complexión? Sí, cariño. Y ella lo sabe. Si no, ¿por qué le iba a importar que vieras su chupetón? Debe de pensar que estás interesada. O teme que lo estés.

—Genial, maravilloso.

—O le da vergüenza. O… —Agitó un dedo hacia ella—. Le avergonzaba lo que pudieras pensar. O...

—¿Cuántos «o» más hay?

—Uno más. Le gustas.

El corazón de Madison dio un vuelco de emoción y luego se hundió en la decepción.

—Ni hablar.

La estudió durante un largo momento, como si intentara descifrar sus pensamientos.

—Podría ser. Sentir vergüenza es una cosa. Pero plantarte cara por ello es otra. Dime, ¿qué hiciste cuando la viste por primera vez?

—No lo sé. Creo que aparté la mirada.

—¿Te sonrojaste?

—No... bueno, sentí que se me calentaba la cara.

Eso le arrancó una sonrisa cómplice, así que ella se apresuró a explicar:

—Pero no de vergüenza.

La sonrisa no desapareció.

—¿Entonces de qué?

—Estaba... molesta.

—¡Ajá! ¡Madness, te gusta!

—No, no me gusta. No me gusta. Te prometo que no me gusta. —Pero ¿a quién intentaba convencer, a sí misma o a Rob?

—¿Entonces qué?

—Creo que me molesté porque era evidente que andaba de lío mientras Jake estaba herido.

—Eso es lo más ridículo que he oído en mi vida.

—¿Por qué?

—Porque no conoces su situación. Puede que tenga un amante, un novio, una novia. Y nada de eso significa que no esté cuidando de su hijo. Creo que simplemente te pusiste celosa.

—No estoy celosa.

—Sí lo estás. Te gusta.

—Rob, te lo juro por Dios. —Su determinación flaqueaba, y sabía que él lo notaba.

—Vale, entonces demuéstralo.

Alzó la barbilla, decidida a acallar aquellos sentimientos perturbadores y enloquecedores.

—¿Cómo?

—Ven a esa cita conmigo. —Movió las cejas—. He encontrado a alguien.

—Oh, por favor, otra vez con eso no.

—Lo prometiste.

—Bueno, ahora que de verdad esperas que pase, me echo atrás.

—No, no lo harás. Esta es una auténtica joya. Y dicen que está buenísima. ¿Quieres saber más? —Su anillo de campeón de rugby brilló bajo la luz del sol, al igual que sus ojos chispeantes.

—No. —Lo último que necesitaba era otra mujer complicando las cosas.

—Vale, tú decides. Pero vamos a ir. El sábado a las seis.

Gimió y apuró el té helado. El día se ponía cada vez más caluroso y tenía que volver con Jake. Les esperaban cercas que reparar, malas hierbas que arrancar y más suministros que pedir.

—Como mínimo, te vendrá bien salir. Ya sabes, ir a cenar a un sitio bonito.

—A veces te odio de verdad.

—Lo sé. Pero solo cuando te obligo a hacer cosas que te dan miedo.

Ella lo miró incrédula.

—¿Ah, sí? ¿Eso es lo que piensas?

—Yo solo digo lo que veo, Madness.

—Bueno, está bien. Iré a esa maldita cita. Pero eso implica que dejarás el tema un tiempo, nada de esa mierda de «Madison está tan sola».

Eso también incluía hablar de Grace, pero le daba demasiado miedo mencionarla de nuevo por si él la calaba.

—De acuerdo.

—Hablo de meses. Seis como mínimo.

—Trato hecho.

—Bien.

Se levantó, se estiró y se puso el sombrero.

—Vamos a ver a ese pequeño —dijo Rob mientras se levantaba junto a ella, en referencia al potro—. ¿Qué tal va?

Madison echó a andar deprisa mientras su cabeza daba vueltas a Grace, la cita a ciegas y Jake, todo a la vez. Al menos después del sábado podría quitarse uno de encima.

—Está mejor que yo.

Rob se rio.

Madison no bromeaba.