Capítulo Once
—¿Puedo hacerte una pregunta obvia? —preguntó May, sorbiendo su Coca-Cola Light—. ¿Por qué te importa si es grosera?
—Porque hoy me esforcé por ser amable —dijo Grace, todavía alterada por lo sucedido esa mañana—. Incluso llevé a Jake quince minutos antes. Intenté bromear con ella. Sonreí, hice de todo. Y ella simplemente... Dios, ni siquiera me miró.
—Eso es raro. A lo mejor está loca por ti.
—No, no es eso. Parecía casi... asqueada, y luego como si estuviera enferma o algo así.
—Bueno, quizás lo estaba.
—No, iba dirigido a mí. Por la razón que sea, esa mujer me odia. —Se frotó la frente con las yemas de los dedos—. Quizás piensa que soy una madre terrible con Jake. Dios, quizás lo soy. Lo dejé demasiado tiempo con Gabby.
—Eh, perdona, pero intentaste quedarte con Jake durante años porque tenías tus sospechas.
Incluso llamaste dos veces a servicios de protección para que le hicieran visitas sorpresa.
Tu madre no lo permitió. Dijo que todo estaba bien, y ya sabes que tu hermana montaba un numerito cada vez que alguien iba a visitarla. Así que déjate en paz.
—No lo sé. —Bajó la mano distraídamente y se rascó la clavícula.
—Oh, no.
—¿Qué?
May frunció los labios de manera juguetona mientras se tocaba el cuello.
—Tienes que ir a mirarte eso y taparlo.
—¿Qué?
Señaló.
—Eso.
—¿Qué es?
—Dímelo tú.
—¿Eh?
—Alguien ha estado pasándoselo bien.
Grace se sonrojó y se levantó para ir corriendo al baño. Las paredes amarillo pálido casi la hicieron entrar en pánico mientras se plantaba frente al lavabo y buscaba debajo del cuello de la camisa. Y ahí estaba. Una marca roja del tamaño de la boca de Ally Murphy. Justo por debajo del cuello.
—Oh, no. —Gracias a Dios que solo May la había visto.
Pero entonces otro pensamiento le cruzó la mente, uno que hizo que el corazón le latiera a mil por hora.
¿Y si Madison la había visto? ¿Y si por eso estaba tan asqueada?
¡Claro! Ahora seguro que pensaba que era una madre pésima.
Jake estaba herido mientras ella obviamente andaba de juerga.
Dios, tendría que dar explicaciones. ¿Y decir qué? ¿La verdad? No podía.
—Entonces, ¿quién es? —May apareció de repente a su lado, sonriendo entusiasmada.
—Nadie.
—Ajá, claro. ¿Estaba buena?
—May, por favor, ahora no. Solo ayúdame a taparlo.
—Ya me adelanté, mujer. —May sacó una polvera, le abrió la camisa a Grace y empezó a aplicar base en polvo dando toquecitos.
—¿Se nota mucho? —¿Lo habría visto todo el mundo? ¿Incluso cuando entró y dio los buenos días? Uf. Qué poco profesional. Qué irresponsable. Qué... ni siquiera podía pensar en ello. Solo quería que desapareciera.
—No se veía entero, pero se veía lo suficiente. Cualquier idiota habría sabido lo que era.
Grace vaciló y luego verbalizó su temor, necesitando que le confirmaran que solo estaba paranoica y loca, en lugar de, oh mierda, tener toda la razón.
—Creo que puede que Madison Clark lo haya visto.
—¿Qué?
Sí, la idea era ridícula. Oh, gracias al cielo, estaba de acuerdo.
Pero el rostro de May se contrajo en una mezcla de horror y emoción.
—¡Dios mío, tienes razón! Ella... —Señaló el pecho de Grace con el dedo—. Lo vio y se puso celosa.
—¿Qué? No. —¿Pero qué dices?
—Sí, tiene todo el sentido del mundo. —Dio saltitos de emoción con su nueva teoría—.
Vio el chupetón y le cabreó porque le dio celos pensar en ti con otra.
Te desea, mujer. Lo sabía. Toda esa brusquedad y el ignorarte.
Es la típica negación hacia fuera provocada por el típico interés hacia dentro. Es tan de instituto.
Grace estaba a punto de replicar, pero las palabras de May le nublaron la mente. ¿Celosa? ¿Madison? ¿En serio? ¿Podría haber sido una mirada de celos heridos? ¿Era posible? La mera posibilidad le revolvió el estómago de los nervios.
—No, ella no es así. Créeme.
—Pero no estás segura, ¿verdad? Te lo veo en los ojos. Hay una posibilidad.
Negó con la cabeza.
—Si pudieras verla, cómo se comporta cuando estoy cerca... simplemente no creo que sean celos ni nada parecido. —Pero luego estaba aquel momento en el hospital. El más fugaz de los instantes en que se miraron a los ojos y a ambas se les aceleró la respiración.
—¿Y si lo es? —preguntó May.
¿Y si lo era? ¿Qué haría? ¿Cómo lo averiguaría? No lo haría, porque la pura y simple realidad era que a Madison le daba asco, con chupetón o sin él. No había nada más. Lo había dejado más que claro esa mañana.
—A Madison Clark no le gusto —dijo tanto para May como para sí misma—. Y esa es la realidad.
—¿Y cómo explicas su comportamiento contigo? —May le dio unos toquecitos en la piel con las yemas de los dedos y luego se echó hacia atrás para ver el resultado.
—No le gusto. Fin de la historia.
—Me refería a lo de hoy. Vio esa marca, Grace. Tuvo que verla.
—Aunque la viera, solo le dio asco. Seguramente pensó que andaba por ahí echando un polvo mientras Jake estaba en casa herido.
—¿Y lo hiciste?
—Por favor.
—Solo pregunto.
—No.
—Entonces la tía vino a ti.
—May, por favor.
—¿Por qué ya no me cuentas nada? Mi vida es tan aburrida sin tus historias.
—Vale, la tía... la mujer vino a mí. ¿De acuerdo? No estaba planeado y probablemente no debería haberlo permitido. Pero pasó.
—¿Estuvo bien?
—Fue... sexo.
—Oh, sí. Ardiente.
—May.
—Lo siento. Entonces, ¿qué significa esto?
—¿Qué significa qué?
—¿El sexo? ¿Es alguien que conozco? ¿Va a seguir siendo algo casual?
—No, fue un error. O sea, estuvo bien y eso, pero tengo que pensar en Jake y en este caso.
—Cierto.
May la ayudó a abrocharse la camisa.
—Aun así, estuvo bien. ¿Quién es?
—Una conocida.
—Bueno, obviamente.
—No la conoces.
Era cierto, May no era amiga de Ally, ni habían trabajado juntas en ningún caso. Pero aun así no iba a contárselo. May era muchas cosas, pero cotilla no solía ser una de ellas. Sin embargo, Grace no quería arriesgarse ni tener que dar explicaciones.
—Solo alguien con quien salí un par de veces y que pasó a tomar una copa para ponernos al día.
—Ya veo.
—¿Y tú qué?
Grace se miró en el espejo y comprobó satisfecha que la marca había quedado perfectamente disimulada. Ahora podía relajarse. Podía ponerse la chaqueta del traje e ir a buscar a Jake sin ninguna preocupación cuando llegara el momento.
—¿Sigues sin citas?
Salieron del baño para volver a la oficina de Grace.
—No.
—¿Por qué no?
—Es que no hay nadie que me interese. Son todos unos niñatos metrosexuales más preocupados por su aspecto que por el mío.
—Estás saliendo con los que no debes.
—Siempre dices lo mismo.
—Y tú siempre me dices lo mismo a mí.
Sus ojos brillaron con picardía.
—Pues hagamos algo diferente. Yo elijo tus citas y tú eliges las mías.
Grace puso los ojos en blanco.
—¿Y qué te hace pensar que voy a aceptar?
—Porque será divertido, y por una vez podrás aprobar mi cita y viceversa.
—Ya te dije que no tengo tiempo para citas.
—Venga, solo una vez. ¿Me haces el favor? Ya tengo a alguien en mente.
—Imposible.
—Que sí.
—¿Quién?
Grace se sentó y cruzó las piernas. Presintiendo que le iban a empezar a latir las sienes, se refugió de inmediato en el famoso, maravilloso, celestial y salvador café de Janine.
—Joe dijo que su amigo Juan estaba buscando a una lesbiana para que saliera con una amiga suya.
—¿Me estás tomando el pelo? Ni siquiera he entendido eso. Y la respuesta es no.
—No me has dejado terminar. Por lo visto es muy maja, tiene su propio negocio, es psicóloga, tiene bastante dinero, es muy atractiva y conduce un BMW.
—¿Y qué?
—¿Cómo que y qué? Suena perfecta.
—Ni siquiera conoces a la mujer ni a Juan, por el amor de Dios.
—Sí conozco a Juan. Es majísimo. Por lo visto va a empezar a salir con la mejor amiga de esta mujer y necesitan una cita para ella.
—Genial, ¿no puede conseguir una cita? ¿Y encima a ciegas? ¿Y quieres que vaya yo? Venga ya, May.
May se echó a reír.
—Ya sé que suena ridículo, pero de verdad que parece maja. Por lo que me han contado, ella tampoco quiere ir, pero su amiga la está obligando.
—Me suena de algo.
—¿Qué tienes que perder?
—El orgullo, el amor propio, toda una noche.
—Averiguaré más.
—No te molestes, no pienso ir.
—¿Y si consigo una foto?
—preguntó May, arqueando una ceja con picardía.
—Me daría igual.
—Ajá, ya veremos.
—Sí, eso, ya veremos.
Encendió el portátil.
—Bueno, basta de cháchara. Tenemos que ponernos a trabajar.
*
Aún no había anochecido cuando Grace llegó al rancho a las cuatro menos cinco.
El aire abrasaba como un horno y la brisa era demasiado caprichosa para resultar agradable.
Pero el cielo lucía un azul intenso salpicado de nubes algodonosas, y los caballos se veían preciosos recortados contra el telón de fondo de las montañas violáceas.
A pesar de saber que tendría que enfrentarse a Madison, Grace respiró hondo y dejó que el estrés del día se disipara.
Quizás aquel lugar no estaba tan mal después de todo.
Se metió las manos en los bolsillos y echó un vistazo alrededor. Varios chicos estaban con Madison cerca del establo, así que se mantuvo a distancia y centró su atención en un corral cercano donde el vaquero que había visto antes estaba trabajando con un potro.
Se acercó y sonrió. —¿Es el mismo caballo que Jake ayudó a criar con biberón?
El vaquero levantó la vista, pero no pareció impresionado. —El mismo.
Grace se preguntó si la mala educación era algo contagioso por allí.
—¿Cómo se llama?
—No tiene nombre.
—¿Por qué no?
El vaquero se quitó el sombrero para rascarse la cabeza. —Todavía no nos lo ha dicho.
—¿Quién no lo ha dicho, Madison? Quiero decir, ¿la Sra. Clark?
Él se rio entre dientes. —No. El caballo.
Continuó acariciándole las costillas.
—Ah, ya veo.
Rodeó el corral hasta la entrada, donde abrió la puerta.
—¿Es macho o hembra? Un potro es macho, ¿verdad?
—Sí, señora.
Al menos eso lo acerté.
—¿Puedo acariciarlo?
Él le dio unas palmaditas en el cuello al potro y se puso de pie. —No lo sé.
—Bueno, ¿por qué no?
—Todavía no está acostumbrado a que lo toquen. Podría morderla.