De todo corazón Capítulo seis #2
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Capítulo seis #2

—¿Juan está jugando bien a pesar de su tamaño? —No pudo evitar sonreír al volver a sacar el tema de Juan.

—Sí. ¿Y qué?

—Invítalo a salir.

—¿Y tú qué, señorita? Invita tú a alguien.

Maldición, había vuelto a darle la vuelta a la tortilla.

—No tengo a nadie a quien invitar.

Punto.

—Entonces tendremos que encontrar a alguien.

—No.

¿Adónde quería llegar?

—Sí —dijo él.

—Mala idea. Dejémoslo. Te prometo que no volveré a mencionar a Juan.

—Ah, no. Con esto seguimos adelante. Encontraré a alguien y tendremos una cita doble.

—¿Invitarás a Juan?

—Sí.

—Vale, entonces. Puede que merezca la pena.

Sonrió.

—Pero no puedes rechazar a la mujer. Tienes que prometerme que aguantarás toda la cita y serás educada y encantadora.

Ella resopló.

—Vale.

Él dejó la copa y extendió la mano.

—Chócala.

Ella lo hizo y se rio.

—Estás loco.

—Loco, pero no tonto.

—Por favor, dime que esta vez encontrarás a alguien con dos dedos de frente.

—No prometo nada. Además, si es guapa y le gustas, podrías pasarlo muy bien.

—Sabes que lo de los rollos de una noche no va conmigo.

—¿Y los de fin de semana?

—No.

—Necesitas vivir un poco. Nunca conocerás a nadie si te quedas aquí encerrada, escuchando jazz y dándole al vino.

—Quizás no quiero.

—¿En serio?

Su rostro se ensombreció.

—Madness, eres maravillosa. Demasiado maravillosa para pasar la vida sola.

—Soy feliz.

—Estás acomodada.

—No me vengas con la jerga psicológica que te mueres por soltar.

—Tranquila, sé que contigo es mejor no intentarlo.

Parpadeó y dijo:

—Besos.

Hubo una época en que él y Madison habían trabajado juntos en orientación.

Habían tenido su propia consulta asesorando a jóvenes, y las cosas habían ido bastante bien.

Pero ambos habían anhelado algo más y se habían quemado rápidamente con la forma en que se criaba a los niños, por no hablar de la burocracia y la vista gorda dentro del sistema.

Así que habían decidido cambiar de rumbo.

Rob se había pasado a veterinaria mientras ella invertía en su rancho.

A ambos, le alegraba poder decirlo, les iba bien.

Ella estaba ayudando a los chicos más que nunca, y Rob también, entrenando a sus equipos juveniles de rugby.

Muchos de los chavales que habían pasado por el rancho habían acabado jugando con Rob.

Seguían necesitando el trabajo físico intenso, y Rob canalizaba su energía y tenacidad en el campo. Era la combinación perfecta.

Rob apuró el vino y se quedó sentado en silencio unos instantes.

Ella pensó en ofrecerle más, pero sabía que se quedaría dormido.

Los lunes había entrenamiento de rugby a primera hora y Rob solía quedarse frito en cuanto paraba quieto.

Los ojos empezaron a cerrársele mientras Flaca entraba y se acomodaba a sus pies.

Beamer y Lila seguro que andaban en su ronda nocturna por la finca.

—¿Rob?

Abrió un ojo para mirarla.

—Ya lo sé, ya lo sé. La próxima vez me traigo el pijama para escuchar jazz y beber hasta quedarme dormido.

Decía lo mismo al menos dos veces por semana. Se levantó y se estiró.

—Anda, ve a descansar.

—No puedo. Los chicos tienen entrenamiento esta noche. Tengo que irme.

—¿Otro más?

—El equipo juvenil.

Ella le lanzó un trozo de chocolate mientras se levantaba.

—Uno para el camino.

—Eres malvada. Ay, Dios, cómo me gustaría poder llevarme una copa. Este vino con el chocolate es divino.

—Puedes.

Fue a la cocina, tapó la botella y se la dio.

—No.

La apartó.

—No puedo aceptarla. Ya me has dado como tres botellas este mes.

—Cógela.

—No. Guárdala para tu cita.

—No voy a traer a una cita aquí.

Se rio de lo seguro que estaba. No había manera de que encontrara a una mujer con la que ella siquiera considerara una segunda cita, y mucho menos un rollo de una noche de sexo caliente, ardiente, apasionado y húmedo.

«Un momento, ¿de dónde ha salido eso?» Se dio la vuelta, desconcertada por lo que le pasaba por la cabeza.

—Bueno, da igual. Quédatela, ¿vale?

Su voz se suavizó, como si supiera que algo iba mal.

—A lo mejor los cuatro podemos compartirla. Nunca se sabe.

—Sí —dijo forzando una sonrisa—. Nunca se sabe.

La miró con atención y luego la envolvió en un abrazo rápido y fuerte.

—Abrazo firme —dijo, como siempre.

—Abrazo firme —repitió ella.

Él salió al recibidor y se puso los zapatos.

Flaca lo siguió hasta la camioneta, le dio su acostumbrado lametón de despedida en la mano y volvió a la casa mientras él se alejaba.

Madison observó la estela de polvo y saludó a Marv cuando él también se marchó.

El rancho era solo suyo ahora, mientras el azul del crepúsculo se oscurecía en el cielo.

Se quitó las zapatillas, fue por el pasillo hasta su habitación y se desnudó.

La toalla y el albornoz estaban colgados en su sitio, bien ordenados, y sonrió, sabiendo que Rob probablemente también lo sabía.

Nunca se tragaba sus mentiras. No del todo.

Puso la ducha bien caliente y entró a enjabonarse.

El agua sucia se arremolinaba en el desagüe a sus pies, y muchas veces le gustaba quedarse mirándola hasta que salía limpia.

En verano parecía tardar más. Esa noche no tardó mucho, pero aun así se lavó dos veces e inclinó la cabeza para que el agua le amasara el cuello.

Cuando terminó, se sentía maleable, como si su piel cediera fácilmente si alguien quisiera moldearla.

Era una sensación que iba de la mano con sus discos y su vino.

Maleabilidad. Dejarse llevar, dejarse moldear.

Se puso la bata de satén y volvió al salón principal.

Con los mandos, una botella de vino nueva y los perros, que habían aparecido mientras se duchaba, se acomodó, encendió la chimenea y puso el equipo de música.

Eligió su lista de reproducción favorita y se recostó en la enorme chaise longue.

Y mientras empezaban a sonar Coltrane y Ellington, bebió su Bergstrom Pinot Noir del 2005 y se obligó a no pensar en Grace Hollings.