Capítulo cinco
—Acabo de conocer al diablo —dijo Grace mientras por fin entraba en la autopista para alejarse a toda velocidad del rancho—. ¡Y uf, vive en el infierno!
Bajó la ventanilla; necesitaba que el viento le quitara el polvo de encima.
—Tranquilízate, ¿y ahora qué? ¿Conociste al diablo?
Era May, gran amiga y colega de toda la vida de Grace. Su voz se oía alta y clara a través de los altavoces del coche. Grace la había llamado para avisarle de que llegaría tarde.
—¿El rancho al que tuve que llevar a Jake? Ella lo dirige, y es una pesadilla.
—¿Ella? ¿Es guapa?
—Para ya.
—Te tiene toda alterada. Tiene que serlo.
—Es maleducada.
—¿Y tú no? Por favor, Grace Marie. Haces que los jueces más duros se meen en sus togas.
—Eso no es difícil.
—Ja. En fin, ¿cuándo llegas? Tenemos que prepararnos para la reunión con el cliente.
—Dame cuarenta y cinco minutos. Estoy cerca del maldito Tonopah.
—Entendido. ¿Es morena? ¿La mujer esa del diablo? Sé que te encantan las morenas. Y si es alta, me da igual que sea Satanás en persona: ni siquiera tú podrías resistirte.
—Adiós, May.
Colgó y subió las ventanillas. Mientras se colocaba los mechones sueltos con los dedos, empezó a hablar sola, como solía hacer de camino al trabajo. Solo que hoy su monólogo no tenía nada que ver con el trabajo ni con Jake.
—Así que es atractiva. Los animales salvajes también lo son. No significa nada. Así que tiene unos brazos, piernas y ojos increíbles…
Sacudió la cabeza.
—Tiene una boca horrible. Maleducadísima.
¿Y esa ropa? Dios mío, ¿la han arrastrado los caballos?
Aunque le queda bien, y el trabajo debe de ser sucio.
Uf, seguro que come con las manos, se limpia los dientes con un cuchillo y se rasca al menos tres veces al día delante de la gente.
Mmm… eso me gustaría verlo. Tiene buen culo.
Se miró en el espejo retrovisor.
—¿Acabo de decir culo? Dios, estoy perdiendo la cabeza. Contrólate, Grace.
Se rio en voz baja.
Contrólate, Grace. Era la frase favorita de Gabby.
Grace notó que su ánimo cambiaba, como si unas nubes hubieran cubierto el Mercedes.
Se sentía gris, más que de costumbre. Gabrielle estaba en rehabilitación por tercera vez.
Grace esperaba que fuera la última. Ella y Jake no podían aguantar mucho más.
La heroína era un monstruo que se había llevado a Gabby hacía años.
Y, sinceramente, Grace no sabía cómo Jake había sobrevivido a todo tan bien.
Debería haberla visitado más, haber insistido en que Gabby y Jake fueran a vivir con ella.
Al menos habría podido vigilarlos mejor a los dos.
Pero Gabby había sido terca y se había quedado en Ohio hasta hacía seis meses, cuando los servicios de protección de menores llamaron a Grace para informarle de que Jake estaba bajo su tutela y de que Gabby había desaparecido.
—No sé cómo lo logró —dijo en voz baja—.
Pobre Jake. Ella simplemente se fue. O sea, se largó sin más.
O quizá simplemente no volvió a casa. No lo sé.
Probablemente nunca lo sepa. Es posible que ni Gabby lo sepa.
Ya da igual. Fui a buscar a Jake. El detective privado encontró a Gabby.
Está en rehabilitación. Mamá sigue sin querer verlo, como siempre.
Yo me encargo de todo. Debería haberlo hecho mejor, pero ¿qué novedad hay?
Gabby arregla su desastre cuando la visito y monta otro en cuanto me voy.
Lleva años así. Debería haberme llevado a Jake directamente.
Aunque él se negara a venir conmigo. Debería habérmelo llevado y haber pedido la custodia.
Mamá no iba a hacer nada y Gabby no me lo habría impedido.
Se quedó callada un momento.
—Se habría escapado. Eso es exactamente lo que habría hecho.
Soltó un largo suspiro y permaneció en silencio el resto del trayecto.
Cuando llegó al edificio de oficinas, todavía se sentía sucia, así que entró en el baño de señoras, grande y de un amarillo pálido excesivo, y gimió al verse en el espejo.
—No me extraña que la vaquera fuera tan borde. Parezco un trol emperifollado.
De un tirón, se soltó la melena rubia y se la cepilló; después se la recogió en un moño apretado.
Se enjuagó la cara y se retocó el maquillaje.
Se sacudió la ropa y se echó un poco de perfume.
Ya solo medio trol, salió por fin del baño y se dirigió a su despacho.
El personal la saludó, igual que algunos socios.
El día parecía estar ya en pleno apogeo y se sintió un poco avergonzada por llegar después de las ocho.
—Puntos por llegar tarde —dijo May, que daba vueltas en la silla del escritorio de Grace.
—Lo sé, lo sé.
Grace cerró la puerta e inspiró el cálido aroma a vainilla de su despacho.
—Ahí fuera he evitado mirar a nadie a los ojos, como si esta mañana hubiera disparado a mi sofá o algo así.
—¿A tu sofá?
—Sí, ya sabes. ¿Disparar a algo y sentirte culpable?
—Esa no la había oído nunca.
—Bueno, no iba a decir perro, ¿no?
—Uf, acabas de hacerlo.
May movió unas carpetas y tamborileó con un lápiz sobre un bloc amarillo.
—Estás elegante como siempre. Muy apropiado para un rancho.
—Cállate. Me gustaba este conjunto antes de hoy.
Se quitó la chaqueta y se frotó los brazos. La rebeca le pareció acogedora y reconfortante mientras se la echaba sobre los hombros.
—Ay, Dios, mis zapatos.
Se los quitó y sacó un paño del cajón del escritorio. Los limpió deprisa y se los volvió a poner.
—Casi me los cargo. Tiene todo el camino de entrada de grava. ¡Grava! Hay que ver. Y todos los malditos caminos son de tierra.
—Es un rancho, Grace, no un club de campo.
—¿Café? —Janine, la secretaria de Grace, asomó la cabeza por la puerta.
—Sí, por favor.
—¡Para mí no, gracias! —gritó May, sabiendo perfectamente que Janine no se lo ofrecía a ella—. Bueno, ¿y qué tal el rancho?
—Ahora no, May. Dios, no quiero pensar en eso.
—¿Pero estás tranquila habiéndolo dejado allí?
Grace la echó de su silla y May arrastró una silla de cliente para sentarse frente a ella.
—Supongo. O sea, no estaba mal. Era un rancho. Bastante bonito, a su manera rústica. Solo era la dueña. La Sra. Clark.
—¿La Sra. Clark? Suena muy formal.
—Lo es, en cierto modo. No sé. Tengo otras cosas en la cabeza ahora mismo, ¿vale? Jake tiene que estar allí. No puedo hacer nada. La Sra. Clark parecía muy organizada y competente. Y según la jueza Newsom, sabe lo que hace y su programa es muy eficaz.
—Vale, lo dejamos. Es solo por ese mensaje de voz tan disparatado que dejó Jake.
Se rio.
—Creo que me voy a estar riendo de eso el resto de la semana.
Como Grace no respondió, añadió:
—Y sonabas tan alterada por teléfono. De verdad pensé que alguien por fin te había sacado de quicio.
¿Lo había conseguido? Grace dudó en responder.
Y si era así, ¿por qué? ¿Porque Madison era tan segura de sí misma y no parecía ni lo más mínimo insegura ni simpática?
Había tratado con gente así antes. Todos los días, de hecho.
Entonces, ¿cuál era el problema? Era porque no era simpática.
Eso era. Ni siquiera intentó ser educada con Grace.
La mayoría de la gente en esa situación lo habría hecho.
¿No? La mayoría de la gente era amable con ella e incluso se mostraba un poco impresionada.
Pero a Madison Clark le daba exactamente igual, y eso era lo que la molestaba. Su flagrante indiferencia.
—Café, café, café —dijo Janine al entrar.
—Oh, gracias a Dios.
Necesitaba ese chute de energía y la interrupción.
—Oye, Janine —empezó May—. ¿Me pones una Pepsi Light?
Janine resopló y miró a Grace.
—¿Por favor? —pidió Grace.
Otro resoplido y Janine salió.
—Tienes tu propia secretaria, ¿sabes? —dijo Grace mientras daba un sorbo a su café con la cantidad justa de leche.
—Lo sé. Pero me encanta Janine porque le caigo genial.
—La estás acosando y te encanta. ¿No te enseñaron empatía de pequeña, May?
—Por lo visto, no. Y Joe es aburrido con A mayúscula. Ese pasmarote no reacciona a nada. Solo tararea con los auriculares puestos y se lima las uñas. Ojalá pudiéramos intercambiar. Janine tiene carácter.
—Janine es un ángel, y mantén tus garras lejos de ella.
—A-bu-rri-do.
Hizo una A con las manos.
—Bueno, en fin, hablemos de trabajo.
—Hablemos.
—Tenemos que empezar por nuestros argumentos.
—Adelante.
Pero Grace se quedó en las nubes mientras May empezaba.
Su mirada se dirigió a la foto en su estantería de Gabby y Jake.
Esperaba que Jake estuviera bien, y esperaba por su bien que el rancho de rehabilitación con caballos de Madison Clark fuera todo lo que decían, porque lo estaba perdiendo.
Se le estaba escapando igual que Gabby. Gabby tenía unos trece años cuando empezó por ese camino peligroso.
Había comenzado faltando a clase, luego los cigarrillos, luego la marihuana.
Pronto fueron las anfetaminas y finalmente la heroína.
Grace se negaba a quedarse de brazos cruzados viendo a Jake seguir el mismo camino.
Que su madre no hiciera nada más que ahogarse en sus penas y su negación con vodka no significaba que ella fuera a desconectarse.
Ni hablar. Jake era su sobrino y merecía algo mejor.
Gabby también. Solo que ella aún no podía verlo.
—¿Quieres ir apuntando esto?
—¿Eh?
Volvió en sí.
—Pensaba que lo estabas haciendo tú.
—Espera, tengo unas notas en el portátil. Ahora vuelvo.
May desapareció por la puerta y Grace abrió el cajón de su escritorio y sacó dos aspirinas que se puso a masticar. Luego se levantó y acarició la foto de Gabby y Jake.
—Vuelve con nosotros, Gabby, no puedo hacer esto sola.
*