Capítulo cuatro
Había algo en abril en Arizona que despertaba y calmaba los sentidos de Madison.
Los racimos de flores silvestres que estallaban con colores intensos saturaban y estimulaban su vista y su olfato, mientras la brisa fresca que se deslizaba entre los árboles le atravesaba el alma como la hermosa caricia de una amante siempre atenta.
Adoraba las mañanas como esta y a menudo se levantaba mucho antes del amanecer solo para hundirse perezosamente en una silla Adirondack, saborear su café y ver salir el sol.
A su alrededor, el desierto se estiraba y bostezaba, extendiéndose hacia el sol madre.
Las mariposas y las abejas revoloteaban y se cernían, la hierba bajo sus pies descalzos se volvía más verde.
Las flores se calentaban y desprendían un aroma intenso y fresco.
Y en algún lugar cercano, un búho cantor se callaba y se acomodaba para dormir durante el día.
El desierto era mágico, y cada mañana le recordaba por qué había elegido abrir su rancho y trabajar allí mismo, en casa.
—Otro día, chicas, otro día.
Sus perras levantaron el hocico de la hierba.
Madison le rascó la cabeza a Beamer mientras Flaca se levantaba y trotaba hasta el extremo del amplio césped donde, con el hocico pegado al suelo, comenzaba su búsqueda diaria de lagartijas.
A menudo encontraba dos o tres y las perseguía con intensidad hasta la maleza, donde se sentaba a esperar con la cabeza ladeada, ansiosa por que emergiera alguna.
Si Madison no la llamaba, se quedaba allí sentada durante horas, arañando de vez en cuando el borde de la maleza con la esperanza de hacer salir a alguna.
La vida en el rancho Healing Soul continuaba a su alrededor: caballos paseando por la propiedad, niños riendo, peones silbando. Y allí seguiría Flaca, ajena a todo.
—Hoy no, chica —dijo Madison, levantándose de la silla—. Hoy las necesito a las tres.
Dio un silbido firme y las perras corrieron al patio trasero para seguirla al interior de la casa.
Las uñas repiquetearon en los suelos de pino mientras se apresuraban hacia el dormitorio principal.
Cuando ella entró, ya estaban acurrucadas en sus cojines, una tras otra, alineadas cerca del pie de la cama, justo al lado de la gran alfombra estampada.
Desde allí la observarían y esperarían mientras se duchaba y se vestía.
Suponía que se sentiría bastante sola sin ellas, pero intentaba no pensar en esas cosas muy a menudo.
Al salir de la ducha y secarse, se puso unos vaqueros gastados pero resistentes, sabiendo que parecía la típica vaquera sencilla que todos asumían que era.
Con su constitución fuerte, camisetas desteñidas y botas de montaña, parecía la chica currante que la mayoría de la gente suponía que era.
El pañuelo azul que se ató a la cabeza tampoco ayudaba a desmentir esa imagen.
Pero tenía que ser práctica, y vestirse cómoda y eficazmente era tan parte de ella como su vino y otros gustos más refinados.
Disfrutaba de la sensación siempre suave de sus camisetas y los cómodos bolsillos de sus vaqueros, moldeados y adaptados para albergar sus manos y guantes de cuero.
Su vida era igual: moldeada y adaptada, un encaje perfecto con sus hábitos y gustos.
Las perras se levantaron de un salto cuando salió del baño, listas para irse.
El sol se filtraba a través de las persianas de madera y formaba un halo suave sobre la gran cama.
Las mantas estaban amontonadas en el centro, donde se había acurrucado la noche anterior con el brazo y la pierna extendidos como si abrazara a alguien.
Era la única forma en que dormía cómodamente, pero se negaba a ceder y comprar un cojín corporal.
Hacerlo, bien lo sabía, sería admitir que necesitaba algo más, y eso era algo que una parte de ella no permitiría. No necesitaba nada más. ¿O sí?
Apartando eso de su mente, siguió a las perras por el pasillo hasta la amplia cocina abierta, donde Marv se estaba sirviendo café.
—Llegas tarde —gruñó. Su voz le recordaba a su barba de tres días: siempre presente, algo susurrante y con un toque de aspereza.
—Eso dices siempre —respondió ella, rellenando la taza de antes. Le quitó la crema y la agitó—. Te acabaste toda la crema.
Él no parpadeó mientras daba un sorbo largo y ruidoso a su taza.
—Eso dices siempre.
Ella sonrió disimuladamente.
—¿Ya llegaron los chicos?
Como en el dormitorio, el sol brillaba a través de las persianas de madera, bañando el salón hundido con luz blanca rasante.
Se extendía por los sofás, trepaba por la enorme chimenea de piedra e iluminaba las fotos de la gran repisa.
Adoraba la luz de la mañana a esa hora del día, aparentemente sincronizada con su rutina.
Marv gruñó un poco más y finalmente respondió:
—No.
—Entonces no llego tarde.
Le apretó el hombro, haciéndolo sonreír. Él decidió contraatacar en broma.
—¿Cuándo vas a llenar esta casa tan elegante de niños?
—No es elegante, y nunca.
—Sí que es elegante, ¿y por qué nunca?
—Es demasiado temprano para estas gilipolleces, Marv.
—Ya lo sé, así que deja de marearme y dímelo.
—Formaré una familia cuando tú lo hagas.
—Ya tengo toda la familia que necesito, cariño.
—Yo también.
—Y una mierda.
—Ya es hora —dijo, dirigiéndose a la puerta de la cocina.
—Cobarde.
—Viejo.
Él se rio y le rodeó los hombros con su brazo fuerte.
—Te preparo tu comida favorita, comparto contigo una botella de vino de cien dólares y te doy alojamiento por la noche, ¿y así me lo pagas?
—Alguien tiene que hacerte la vida imposible, y todos los demás te tienen demasiado miedo.
Las perras salieron corriendo delante de ellos y Marv les gritó:
—¡Alimañas!
Siguieron el camino de piedra a lo largo del césped lateral hacia el amplio camino de grava y, más allá, los establos.
—No tienen modales. Igual que esos malditos chicos que ayudas.
—Bueno, por eso estás aquí, Marv. Para enseñarles.
—A esas perras no hay quien les enseñe.
Ella se rio, divertida, pero decidió cambiar de tema.
—¿Cómo están los caballos esta mañana? ¿Está bien ese potro?
—Está vivito y coleando. Tiene carácter. Terco. Y eso no es bueno cuando además tiene miedo.
—Te hace pensar, ¿no? —preguntó mientras caminaba hacia los establos.
—¿En qué? —Él mantuvo el paso a su lado.
—¿En si los dueños se quedaron el tiempo suficiente para maltratarlo?
—No me sorprendería. Seguramente esperaban que también muriera. Menos cargo de conciencia si moría enseguida, poco después de la madre.
Se acercaron a la primera cuadra y miraron dentro. El potro estaba tumbado en la esquina y, al verlos, se levantó de un salto y empezó a trotar nervioso de un lado a otro, manteniendo las distancias. Las pocas veces que los miró a los ojos, soltó alguna coz.
—¿Comió esta mañana? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Qué va.
—No me digas que eres tú el que tiene miedo.
No respondió; simplemente cogió un biberón que ya había llenado y se lo puso en las manos.
—Adelante, Wonder Woman.
—No hay tiempo. Vienen los chicos.
Se lo devolvió.
—Solo quería echarle un vistazo rápido. Pero si alguien puede hacerlo, eres tú.
Sonrió, sabiendo que tenía razón.
—O él o el grupo. Y hoy viene un chico nuevo. Tú eliges.
Todo era broma. Era su forma de meterse el uno con el otro a primera hora de la mañana. De hecho, si no se picaran mutuamente, ella se preguntaría si él estaba bien.
Él negó con la cabeza.
—Eso pensaba.
Le dio una palmada en el hombro.
—Buena suerte.
Él le gritó mientras ella echaba un vistazo rápido a los otros caballos y salía de las cuadras:
—Vas a necesitar ayuda con esos chicos. Lo sabes y yo lo sé.
—Pues ven a ayudarme.
Lo haría. Siempre lo hacía.
Lo oyó maldecir.
—No me pagas lo suficiente para hacer las dos cosas.
—Entonces no hagas las dos cosas. Ocúpate solo del potro.
Seguramente llevaba ya una hora trabajando con él.
Lo oyó decir algo sobre ser demasiado viejo para esas mierdas y se rio mientras se dirigía al camino de entrada.
Por muy duro que fuera, había algo en la juventud e inocencia de los potros salvajes que le tocaba la fibra a Marv.
Sabía que con los chicos pasaba algo parecido.
Solo que los potros parecían más indefensos y conseguían llegar a Marv cuando los chicos no podían.
El polvo se levantaba a lo lejos mientras salía de las cuadras.
Los chicos solían llegar a las seis y cuarenta y cinco, tal como ella les había pedido.
Le gustaba ficharlos a las siete en punto, y efectivamente, una furgoneta de pasajeros y dos todoterrenos avanzaban uno tras otro.
Siempre venían de dos en dos o de tres en tres porque su propiedad estaba tan lejos del pueblo que la gente no se atrevía a entrar sola, ni siquiera con el cartel del rancho colgado delante de sus narices. Le hacía gracia.
Cogió el sombrero vaquero de paja del clavo del establo y se lo puso.
Después se colocó las gafas de sol, que le protegían los ojos de los duros rayos UV y de las miradas desafiantes de los menores problemáticos.
Esas miradas solían ser más ardientes y penetrantes que cualquier sol de Arizona que hubiera soportado.
Pero ella aguantaba el tipo, y cuanto menos pudieran ver de ella, menos podrían descifrar.