De todo corazón Capítulo dos #3
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Capítulo dos #3

—Déjenme preguntarles algo, chicos —dijo—. Este es un rancho de rehabilitación, ¿verdad? Un lugar donde los caballos heridos y enfermos vienen a recuperarse con la ayuda de jóvenes que también necesitan un poco de rehabilitación, ¿no?

—Sí.

—No somos de ninguna manera un hotel, ¿verdad?

Marv negó con la cabeza.

—¿Qué pasa ahora? ¿Otro padre que quiere pagarte para que te quedes con su hijo durante la noche?

—No. Esta quiere que proporcionemos un servicio de transporte.

—Dios mío —dijo Beverly—. ¿En serio? ¿Los padres hacen este tipo de cosas?

—Oh, no te lo creerías.

Madison apoyó los brazos en la puerta del establo y bajó la cabeza.

Marv explicó.

—Hubo un hombre que intentó venderle a su hijo. Al chico le gustaba estar aquí y el padre pensó que a Madison le vendría bien ayuda permanente...

—Y quería dinero —completó Madison por él.

—Eso es terrible.

—Por eso están aquí estos chicos. En gran parte es culpa de una mala crianza.

—Madison alargó la mano y acarició el delicado flanco de Mazey.

Tenía la piel áspera, con pequeñas zonas de pelo y cicatrices.

La yegua se estremeció cuando Madison la rascó.

Mazey resopló y sacudió la cabeza con aprobación.

Le encantaba que la rascaran y acariciaran, a pesar de los horrores que había vivido.

Madison cerró los ojos e inspiró los olores del establo.

Heno, avena, cuero, tierra, estiércol. Todo aquello la calmaba y la hacía sentir centrada.

Dio gracias a los dioses por aquellos animales y sus almas sanadas y sosegadas.

Esos caballos habían sido maltratados, igual que la mayoría de los chicos.

¿Qué les pasaba a las personas? Se hacía esa pregunta casi todos los días y nunca encontraba respuesta.

—Olvídalo, Maddy, o te volverás loca —dijo Marv, repitiendo una de sus frases favoritas. Siempre sabía cuándo ella le estaba dando vueltas a algo.

—No sé cómo no lo haces —dijo Beverly. Le dio un medio abrazo a Madison y la estrechó con fuerza—. Yo solo tengo que ocuparme de los caballos. No me imagino tener que preocuparme también por los niños. Haces cosas buenas. No lo olvides nunca.

—Tú también —dijo Madison, notando cómo se cerraba en sí misma mucho antes de que llegaran las lágrimas y la preocupación siguiera.

Tenía que desconectar y olvidarse de todo, como decía Marv.

Afrontar cada problema según surgiera y luego soltarlo.

Era la única manera de mantenerse cuerda en el rancho Healing Soul.

—Será mejor que me vaya. Bryce me está preparando la cena del domingo.

—Suena bien —dijo Marv.

—Tienes un potro que atender —dijo Madison, esforzándose por sonreír.

—Bah, estará bien.

Madison sabía que estaba bromeando. Le sorprendería que no pasara la noche cuidándolo. Esperaba que lo hiciera. Últimamente, cada vez le resultaba más abrumadora la soledad de su enorme casa. La hacía sentirse vacía por dentro, como un hueco imposible de llenar por mucho que lo intentara.

—Bueno. Probemos primero con ese biberón —dijo ella—. Luego cenaremos.

Madison siguió a Beverly hasta su camioneta y la vio subirse para buscar toda la información que tenía sobre el potro. Le entregó el expediente.

—¿Tienes todo lo demás que necesitas?

—Por supuesto. Y Rob vendrá a verlo mañana. —Rob no solo era su mejor amigo, también era veterinario y se dedicaba al rescate de animales como ella. Cuando se trataba de caballos, casi podía competir con Marv.

—Llámame si necesitas algo. —Beverly se enjugó una lágrima inesperada—. No puedo abrazarlo para despedirme o me echaré a llorar. Y eso que solo lo tuve una semana.

—Lo sé. —Madison le dio unas palmaditas en el hombro—. Ven la semana que viene a verlo.

—Puede que lo haga.

—Lo harás.

Beverly sonrió.

—Nos vemos, Madness.

—Nos vemos.

Beverly se despidió con la mano mientras se alejaba, y Madison observó cómo el polvo serpenteaba tras la camioneta a medida que se dirigía hacia la salida.

El sol parecía salirle al encuentro al final del camino.

Madison volvió a los establos con la esperanza de acomodar al potro con Mazey antes del anochecer.

Pero las maldiciones de Marv la recibieron al llegar al establo.

—Maldito chico terco —dijo, inclinado, con una mano en la rodilla y el biberón chorreando en la otra.

—¿No come?

—¡No come! Ni siquiera se queda quieto entre mis piernas.

—Genial. —Se rio por lo bajo—. Parece que Beverly no mentía. —Mazey, en cambio, sentía mucha curiosidad por el biberón y lamía la leche que caía sobre el heno—. ¿Crees que tendrás más suerte luego?

—Lo dudo. Seguramente hagan falta varios intentos.

—Venga, vamos. Tengo unos frijoles pintos en el fuego. Tus favoritos.

Marv se animó y arqueó una ceja mientras se recolocaba el sombrero.

—Sabías que iba a venir, ¿verdad?

—Te conozco como si te hubiera parido.

—Eso parece.

—Y también te he preparado la cama.

Marv gruñó y le dio una palmada en la espalda al salir del establo.

—Maldita sabelotodo.

—Soy la única mujer que necesitas.

—Tienes toda la razón.

—Y los corazones se están rompiendo por todo Arizona esta noche.

Marv echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—Seguro que sí. Seguro que sí.