De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 34. ¡Larga vida al rey!
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Capítulo 34. ¡Larga vida al rey!

¡LARGA VIDA AL REY!

P asaron varios días antes de que Calen pudiera mantener la conciencia durante más de una o dos horas seguidas.

Incluso entonces, el cuerpo seguía doliéndole como si lo hubieran tirado por un precipicio.

Durante ese tiempo su habitación había sido un flujo interminable de visitantes, aunque él estuvo inconsciente durante la mayor parte de las visitas.

Dann incluso trajo una manta enrollada y durmió en el suelo las dos primeras noches, antes de que Therin lo echara, diciéndole que no estaba ayudando.

Después de que Valerys matara al umbrío, los combates en el resto de la ciudad no duraron mucho.

El umbrío no había traído suficientes soldados para tomar la ciudad por la fuerza bruta.

Las pulidas piedras verdes que Aeson había utilizado en el paso secreto de la montaña fueron encontradas en sus nichos, con la reja levantada.

Así fue como tomaron la ciudad, como si hubieran salido de la nada.

Si las campanas no hubieran repicado, todo habría sido diferente.

Calen estaba seguro de que no estaría respirando.

Cómo había conseguido el umbrío las piedras era una cuestión muy distinta.

Calen miró a Valerys, que descansaba en el suelo junto a la chimenea.

Sus pálidos ojos color lavanda observaban a Calen con curiosidad mientras este se abrochaba el botón superior de la camisa de seda con ribetes dorados que Therin había insistido en que se pusiera.

El dragón se había recuperado mucho más rápido que él, pero, claro, Valerys no se había arrastrado hasta el borde del vacío.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Calen mientras observaba a Valerys.

Por un momento, en aquel salón, Calen había pensado que podría perderlo.

Nunca había sentido un miedo semejante. Como si la mitad de su alma hubiera estado a un pelo de ser arrancada del mundo de los vivos.

Incluso entonces, mientras permanecía allí de pie en la lujosa habitación, con sus nuevas cicatrices cubiertas por las finas ropas que le había dado Daymon, sentía esa sensación de pérdida. Le revolvió el estómago.

—Calen, es la hora.

Erik esbozó una débil sonrisa al entrar en la sala, con Dann y Therin a ambos lados. Calen asintió. Comprobó una vez más que la camisa estuviera bien abrochada antes de dirigirse hacia la puerta.

Dann siseó cuando Calen lo abrazó con fuerza.

—Tranquilo, mi señor —dijo Dann en tono burlón—. Algunos de nosotros no hemos recibido la atención de todos los sanadores de la ciudad.

Therin miró de reojo a Dann.

—Me ofrecí a examinar tu herida y se me dijo que la dejara tal cual porque «a las mujeres les encantan las cicatrices».

—Estás arruinando el momento, Therin.

Calen no pudo evitar reírse cuando Therin desdeñó las palabras de Dann con un gesto de la mano y se acercó a ver cómo estaba Valerys.

—Hablando de cicatrices, ¿me dejas ver?

Dann se agarró la camisa por el cuello y se la echó hacia atrás por encima del hombro, dejando al descubierto un enmarañado de carne quemada que se extendía por la clavícula y subía por el hombro izquierdo.

—No tengo intención de volver a ser alcanzado por un rayo en mucho tiempo.

Calen hizo una mueca al pasar el dedo por la piel retorcida de la clavícula de Dann.

—¿Y la que tienes en el costado?

—No, no, esa sí que dejé que me la curaran. Me habría matado.

Calen iba a ponerse a discutir con Dann, pero en lugar de eso, sacudió la cabeza, lo atrajo hacia sí para darle otro abrazo y se echó a reír. Era incapaz de pensar en nada más propio de Dann que curar una herida y dejar otra únicamente por las historias que podría contar sobre ella.

Calen respiró hondo y se volvió hacia Erik.

—Vamos.

Los pasillos estaban vacíos mientras se dirigían al patio. Todas las almas de la ciudad se apiñarían para ser testigos. Therin se volvió hacia Calen mientras avanzaban por uno de los largos pasillos.

—Calen… —Había un tono cauteloso en su voz—. Debes tener cuidado. Arthur era un buen hombre. Confiaba en él, al igual que Aeson, y Daymon podría ser igual, pero…

Calen lo interrumpió.

—Pero podría no serlo.

Therin asintió, torciendo los labios en una mueca de renuencia.

—Ten cuidado, ¿vale? Habrá muchos que intenten atarte con una cuerda.

—¿Como tú y Aeson? —respondió Calen sin perder el ritmo.

Sintió una punzada de arrepentimiento al ver el destello de dolor en los ojos del elfo, pero Therin no respondió. Simplemente volvió la vista al frente y siguió caminando. Dann y Erik tampoco dijeron nada, pero Calen sintió la tensión. No había sido premeditado; las palabras se le habían escapado.

Los elfos de Aravell se unieron a ellos al final del pasillo antes de salir a la plaza. Habían montado guardia fuera de la habitación de Calen día y noche, pero era la primera vez que los veía desde la batalla.

—No es ninguna pérdida —comentó Gaeleron cuando Calen se quedó boquiabierto al ver el muñón donde antes estaba su mano izquierda—. Empuño la espada con la derecha y no se me da bien el arco.

Para el elfo, ahí terminaba la conversación. Calen no creía que él hubiera estado tan tranquilo si hubiera perdido una mano. No sabía si reírse de la franqueza del elfo. Mejor no, se dijo.

El corazón se le encogió al contemplar a los elfos. Cinco lo habían seguido desde Lobregal. Ahora solo había cuatro ante él.

—Ellisar…

—Murió con honor, cumpliendo un juramento en el que creía —dijo Vaeril, sin dejar que Calen terminara la frase—, un juramento en el que todos seguimos creyendo. Estamos contigo, draleid, ahora más que nunca.

Todos asintieron. Calen sintió un estruendo de orgullo por parte de Valerys en el fondo de su mente. El dragón blanco se acercó a Calen, estirando el cuello en el aire.

—Gracias —dijo Calen. Extendió el brazo hacia Vaeril, quien a su vez extendió el suyo—. Du gryr haydria til myia elwyn .

«Me honráis el corazón». Las enseñanzas de Therin no habían sido en vano. Vaeril sonrió al oír a Calen hablar en la lengua antigua, al igual que los demás elfos.

— Du gryr haydria til myia elwyn —respondieron al unísono.

Dann se inclinó hacia Calen.

—¿Cuándo aprendiste a hablar elfo? —le susurró.

Calen sonrió, reprimiendo una carcajada.

—Es la lengua antigua. Te lo explicaré más tarde. —Se volvió hacia el grupo—. Será mejor que sigamos adelante, o llegaremos tarde.

El arco que daba al patio estaba flanqueado por dos enanos con armadura completa y capas carmesí sobre los hombros. Calen se preguntó qué pensaría Daymon sobre la permanencia de los enanos en la ciudad, pero no sacó el tema. El hijo de Arthur ya tenía suficientes preocupaciones.

—Draleid.

El enano situado a la derecha del arco ladeó ligeramente la cabeza. Tenía la barba entrelazada con anillos de oro y plata. Calen le devolvió el gesto al pasar por debajo del arco.

El aire parecía temblar mientras los vítores de la multitud resonaban en el patio.

La gente se apiñaba como briznas de hierba en un campo.

Calen no creía haber visto nunca a tanta gente junta en un solo lugar.

De hecho, sabía que no lo había hecho. Contempló con asombro a la muchedumbre.

Therin le dio un ligero empujón, conduciéndolo a la plataforma elevada situada delante de la multitud.

Calen saludó a Daymon al subir a la plataforma.

Valerys saltó a su lado entre los aplausos entusiastas de la multitud reunida.

Daymon había ido a la habitación de Calen y le había preguntado si quería ser él quien lo coronara en lugar de su padre.

«Sería un honor ser coronado rey por un draleid», le había dicho.

Tanto Therin como Aeson le habían dicho a Calen, sin lugar a dudas, que no podía hacerlo bajo ningún concepto.

Eso por sí solo podría haberle animado a hacerlo para no seguirles el juego, pero tenían razón.

Dar a entender que tenía el poder de coronar reyes era un mensaje peligroso.

Pero le había dicho a Daymon que estaría a su lado para mostrarle su apoyo.

Therin y Aeson también se habían opuesto a eso, pero él estaba decidido. Se lo debía a Arthur.

Ihvon Amell estaba a la derecha de Daymon. El nuevo consejero jefe del futuro rey tenía una expresión sombría y tenía más de un corte y un moratón nuevos. Ihvon había ido a visitar a Calen mientras se recuperaba. No había dicho nada; se había sentado allí en silencio.

No sabía que Calen estaba despierto. A Calen le había parecido extraño que lo visitara sin hablar.

Pero era un buen amigo de Arthur, y el duelo afectaba a cada persona de manera diferente.

En esta ocasión, el hombre le dirigió un gesto de asentimiento antes de volver a centrar su atención en el futuro rey.

Los reyes y reinas del Dominio Libre de los Enanos también se encontraban en la plataforma, como muestra de unidad.

La armadura de placas de Kira había sido sustituida por una coraza de cuero acolchada y faldas de seda, de un color carmesí intenso con ribetes dorados.

La corona dorada descansaba sobre su cabello color fuego de estrellas.

Parecía tan hermosa como cualquier mujer que él hubiera visto, sin rastro de sed de sangre en sus ojos.

Le pareció que le dedicaba una rápida sonrisa, aunque fue demasiado fugaz para estar seguro.

—Gracias —dijo Daymon cuando Calen tomó su lugar junto al futuro rey.

La pérdida flotaba en sus ojos. Una pérdida que Calen comprendía bien.

—Es un honor, majestad.

La coronación no duró mucho. Una vez proclamado rey, Daymon dedicó unos momentos a saludar a su pueblo, que cantaba y vitoreaba, ávido de ver a su nuevo monarca.

Calen y Valerys se limitaron a permanecer a su lado, aunque el primero no podía evitar pensar que aquella imagen resultaba imponente.

El rey recién coronado, de pie junto al rey y las reinas del Dominio Libre de los Enanos, y un draleid. Parecía una de las historias de Therin.