Capítulo 34. ¡Larga vida al rey! #2
Daymon alzó la mano, haciendo callar a la multitud. A Calen le sorprendía cómo, con tanta gente reunida, se pudiese lograr el silencio. Pero así era. Se habría podido oír caer un alfiler mientras el pueblo de Belduar esperaba las primeras palabras de su nuevo rey.
—Mi padre era un hombre bueno y justo. Era un verdadero rey. Era el rey que aspiro a ser. Lo echaré de menos y lloraré su pérdida junto a vosotros cada día. ¡Pero no dejaré que eso me derrumbe!
La multitud prorrumpió en vítores. Calen pudo ver a un mago detrás del rey, entretejiendo hilos de Aire y Espíritu en las palabras del rey, canalizándolos a través del patio, por encima del estruendo de la multitud.
—Somos el pueblo de Belduar. Hemos defendido esta ciudad durante miles de años.
De tiranos, de ejércitos y del fuego de los dragones.
No nos hemos rendido, ni lo haremos. ¡Y no estamos solos!
Cuando lo necesitábamos, nuestros aliados acudieron en nuestra ayuda.
Los enanos, nuestros hermanos y hermanas incondicionales, vinieron en nuestro auxilio.
Y no debemos olvidar que el fuego de los dragones ya no pertenece al Imperio.
¡Los draleid han regresado! ¡Vuelven a estar en pie!
¡Están con nosotros! ¡Este es nuestro momento!
Los clamores de «Larga vida al rey» y «Larga vida al rey Daymon» aún resonaban en el aire cuando bajaron de la plataforma.
Sin duda, las celebraciones durarían varios días. Sería un respiro muy bienvenido tras el duelo. La muerte de Arthur había ensombrecido la ciudad.
Aeson, Therin y Asius se acercaron para felicitar al recién coronado rey.
Pero mientras lo hacían, la figura de pecho ancho del nuevo capitán de la Guardia Real, Tarmon Hoard, con la capa púrpura ondeando detrás de él, se abrió paso entre ellos.
Se detuvo frente al rey, con los nudillos presionados contra la frente.
Daymon frunció el ceño e inclinó la cabeza.
—¿Qué ocurre, Tarmon?
—Mi rey, traigo noticias urgentes. Se ha levantado el bloqueo del Imperio.
Daymon sonrió por primera vez desde la muerte de Arthur, pero el soldado frunció el ceño.
—Tarmon, ¿qué pasa?
—Se dirigen hacia la ciudad, mi rey. La Guardia Dragontina está con ellos.
Rist gruñó triunfante cuando las tablas que tenía delante se partieron en dos. Giró los hilos de aire, apagando las dos velas a ambos lados antes de soltar la Chispa.
El hermano Garramon había cumplido su palabra.
Comenzaron a entrenar al día siguiente de haber hablado y, con cada día que pasaba, Rist sentía que se hacía más fuerte.
Ahora tenía más concentración y podía crear combinaciones más delicadas.
El primer día, había destrozado las tablas de madera hasta que no quedó más que una nube de astillas flotantes… solo para desmayarse justo después.
Garramon estuvo presente en cada minuto del entrenamiento de Rist. Otros también le impartieron lecciones, pero en su mayoría eran de historia, matemáticas y materias similares.
En cualquier otro momento habría adorado cada instante, pero lo único que quería era aprender más sobre magia.
Quería comprender más. El hermano Garramon estaba particularmente callado aquella mañana mientras permanecían de pie en uno de los muchos patios abiertos del castillo.
Un gran roble se cernía sobre ellos, protegiéndolos del sol matutino.
El hermano Garramon se recostaba contra la pared de piedra de una de las torres del castillo.
Su mente parecía estar en un lugar completamente diferente.
—¿Hermano?
El mago ladeó la cabeza hacia Rist y alzó una ceja.
—¿Has recibido respuesta a alguno de los mensajes? Ya han pasado semanas.
La irritación se reflejó en el rostro del hombre, pero desapareció tan repentinamente como había aparecido.
—No, hijo. Todavía no, ni de Gisa, ni de Camylin, ni de Resguardo, ni de los pueblos.
Incluso enviamos un mensaje a Belduar, en secreto, pero no hemos recibido respuesta.
Ten paciencia. Se necesita tiempo para recorrer estas grandes distancias.
Estoy seguro de que tus amigos han recibido tu carta y ahora mismo están escribiendo una para responderte.
Ella inclinó la jarra todo lo que pudo y se bebió la cerveza de un trago. Nunca entendería cómo Rhett podía disfrutar de aquella bebida tan repugnante. Le dejaba un regusto acre en la boca.
Más de uno de los hombres sentados en las mesas alrededor de ella y de Shirea las miraban abiertamente, pero no tanto por la forma en que se bebía la cerveza como por el enorme lupino gris acurrucado a sus pies, que gruñía profundamente a cualquiera que se acercara demasiado.
La posadera se había resistido a dejarlos entrar cuando llegaron a la puerta.
La mujer regordeta y de cabello ceniciento había intentado echarlas con el extremo de un cepillo.
Un gruñido de Faenir la hizo abandonar enseguida esa idea, y unas monedas que Ella les había quitado a los soldados ayudaron a suavizarla aún más.
Eso no significaba que la mujer no los mirara con recelo cada vez que pasaba por la mesa.
Shirea había estado muy nerviosa desde la llegada de Faenir.
Ambas lo habían estado. Su marido y ella iban de camino a Gisa por la misma razón que Rhett y Ella: para empezar una nueva vida en el norte.
Pensar en que ninguno llegaría a vivir esa vida hizo que Ella se atragantara un poco.
Todavía lloraba cada noche hasta quedarse dormida.
Llevaban cuatro noches en el Sauce Errante.
Había ido al puerto el segundo día para buscar al tal Jack Narys que el tío de Rhett había mencionado en la carta.
Era un tipo de piel curtida y aspecto de comadreja, pero parecía razonable.
Al principio dudó en entregar los billetes, pero se relajó un poco después de conversar un rato, cuando ella le explicó que Rhett estaba ocupado y que la había enviado a buscarlos.
Los hombres siempre parecían más receptivos con las mujeres si pensaban que las mandaba otro hombre.
Estuvo bien hasta que volvió a la habitación de la posada, donde volvió a romper a llorar en cuanto vio los pasajes. Aquellos trozos de cartón amarillento iban a ser el comienzo de su nueva vida juntos.
No estaba del todo segura de por qué había ido a buscar los billetes.
Lo más inteligente habría sido volver a casa.
Echar a correr a casa lo más rápido que pudiera, directamente a los brazos de su madre.
Pero había algo en su interior que quería seguir adelante, llegar a Berona, terminar lo que habían empezado juntos y ver a Tanner.
Se lo debía; tenía que contarle lo que le había pasado a Rhett.
Esas dos partes de ella luchaban día y noche.
Llamó la atención de la posadera con un gesto de la mano, pidiéndole otra cerveza. Despreciaba la bebida, pero si a Rhett le gustaba, ella también aprendería a disfrutarla.
Lo había enterrado. Shirea y Ella los habían enterrado a los dos, además de al comerciante, con la pala que habían encontrado en el carro de este.
Marcaron las tumbas con piedras apiladas.
Pero aunque le vendaran los ojos y la hicieran girar hasta marearla, sabía que sería capaz de encontrar el camino de vuelta a ese lugar, con o sin las piedras.
Le costó toda su fuerza de voluntad alejarse de allí.
Le dio las gracias a la posadera, le tiró unas monedas de cobre y tomó un buen trago del asqueroso líquido. El sabor amargo se le quedó en la garganta como un invitado indeseado.
Miró a Shirea al otro lado de la mesa. La joven de cabello dorado era una belleza. No del tipo que se creía guapa y caminaba con la barbilla en alto, sino una belleza genuina. Era muy probable que los borrachos que los rodeaban la estuvieran mirando tanto como a Faenir.
—Vámonos —dijo Ella.