De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 33. De sangre y fuego #4
96%

Capítulo 33. De sangre y fuego #4

Sintió un vuelco en la tripas. Se puso en pie. Una mezcla de furia y miedo lo invadió mientras sus pies lo llevaban hacia el umbrío. Ni siquiera se movió para reaccionar cuando gruesos hilos de Aire le golpearon el pecho. Cayó al suelo con un crujido agonizante.

—Quizá te conserve —dijo el umbrío mientras se colocaba sobre él. Ladeó la cabeza y lo miró con aquellos ojos oscuros—. Podrías ser un proyecto interesante.

El umbrío siguió murmurando para sí mismo, como si Calen ni siquiera estuviera allí.

Cuando este intentó ponerse en pie, se vio empujado de nuevo al suelo.

Hilos de Aire presionaban contra su pecho y sus hombros.

El umbrío apenas dio señales de haberse dado cuenta, solo un destello de irritación en los ojos, pero el peso invisible que se cernía sobre el cuerpo de Calen era prueba suficiente.

En medio del caos, Calen se acordó de Daymon.

El príncipe seguía flotando frente al trono, como lo había hecho desde que la oscuridad se había desvanecido, pero sus ojos ya no estaban llenos de miedo.

Estaban siguiendo algo en la esquina del trono.

«Valerys».

El joven dragón merodeaba alrededor del estrado, con la cabeza gacha contra el suelo, como un lupino en pos de una presa.

Calen sentía su dolor. Cada paso le provocaba un dolor ardiente.

El miedo llenaba cada grieta de la mente de Calen.

No podía perder a Valerys. No podía perder a nadie más, pero especialmente a él.

Gritó en su mente, instando al dragón a esconderse, pero Valerys no hizo caso de las advertencias.

Cada paso decidido era como un cuchillo ardiente, pero Valerys no se detuvo.

Justo cuando el umbrío comenzaba a girarse, aulló de dolor al recibir un rayo azul en el pecho.

Calen observó cómo Aeson cargaba contra el umbrío, las espadas gemelas girando en sus manos.

Los dos intercambiaron una serie de golpes.

Si el umbrío hubiera sido un hombre, habría muerto dos veces.

Pero no lo era. Las heridas mortales que le infligió Aeson no hicieron más que ralentizarlo.

Aeson, por otro lado, era un hombre. Y sus heridas estaban pasando factura a su cuerpo ya agotado.

Calen sabía que tenía que hacer algo…, cualquier cosa.

Buscó la Chispa. Su energía ya se estaba agotando y sus músculos ardían, pero no había nada más que pudiera hacer.

El umbrío giró sobre los talones. Incluso en ese rostro frío y sin vida, Calen vio la ira.

La indignación. Como si le repugnara que Calen no se resignara simplemente a su destino.

Los hilos del Aire que lo sujetaban empujaban aún más fuerte. Sentía que sus huesos se tensaban bajo su peso. Parecía como si fueran a romperse. Valerys estaba ahora detrás del umbrío, y la criatura seguía sin darse cuenta.

Estaba demasiado concentrado en Aeson y Calen.

Calen sintió algo en Valerys, algo que no había sentido antes y que se estaba acumulando, de forma constante.

Una presión enorme. Sin pensarlo, Calen siguió buscando la Chispa.

Concentró su mente. Cerró los ojos y extendió la mano.

Esa bola de energía en constante movimiento.

Sus cinco hilos elementales entrelazándose, retorciéndose y pulsando, irradiando poder, como lo habían hecho desde el principio de los tiempos.

Calen extendió la mano. Tiró de los hilos del Espíritu y el Fuego.

No sabía por qué, pero era lo que necesitaba.

Tiró de ellos, arrastrando los hilos hacia él, y luego los canalizó hacia Valerys.

Incluso cuando el umbrío empujaba cada vez con más fuerza, aplastando a Calen contra el suelo de piedra, él siguió extrayendo la Chispa.

Sintió que la conciencia se le escapaba, que su alma se alejaba.

No podía aguantar mucho más. Aeson tenía que actuar. Calen gritó con todas sus fuerzas.

—¡Aeson!

Este no dudó. Se tiró al suelo.

La presión en la parte posterior de la mente de Calen cesó.

La cabeza de Valerys se echó hacia atrás y su pecho se expandió.

Un río de fuego brotó de la boca del dragón, un torrente de llamas naranjas y rojas que consumió al umbrío por completo.

Este aulló, un chillido agudo como ningún otro que Calen hubiera oído jamás.

Era como si le estuvieran arrancando el alma del cuerpo.

Una sensación de intenso poder recorrió a Calen mientras el fuego del dragón brotaba de las fauces de Valerys.

En ese momento, eran uno. Calen empujó todo lo que tenía hacia Valerys, sintiendo la ira del dragón arder a través de él.

Era imposible que algo hubiera sobrevivido, pero el miedo no abandonó los huesos de Calen hasta que vio a Daymon caer al suelo. Hasta que las llamas perdieron su vigor y se extinguieron, dejando solo un montón de carbón y cenizas a su paso.

La voz de Therin resonaba en el borde de la conciencia de Calen, como si la cabeza del elfo estuviera bajo el agua.

Había extraído demasiado de la Chispa. Lo sabía.

Sentía que se desvanecía. Su visión se nubló.

Calen sintió una mano sobre el pecho. Un cálido resplandor inundó su cuerpo, pero le pareció que era demasiado tarde.

O quizá oyó a alguien decirlo. Era difícil saberlo.

Sus pensamientos estaban dispersos, enredados de mil maneras, confusos y mezclados.

Oyó a Therin llamándolo, con la voz entrecortada.

—Eres un idiota, chico…, un tonto…