Capítulo 33. De sangre y fuego #2
Calen inclinó la cabeza hacia abajo para esquivar una espada que se balanceaba y, al seguir el movimiento, le cortó las piernas al atacante.
No podía dar ni cinco pasos sin tener que blandir la espada.
Vio la imponente figura de Asius a unas seis varas frente a él.
Su reluciente hacha roja se balanceaba en el aire, segando miembros como si fuera la voluntad misma de los dioses.
Calen sentía el agotamiento en los músculos, el letargo que le empapaba los hombros con cada golpe de espada.
Recurrir a la Chispa, por poco que fuese, le estaba pasando factura.
Sin embargo, el gigante parecía no verse afectado mientras se abría paso entre la masa de lorios como un torbellino de muerte.
Calen no tenía ninguna duda de que Aeson estaba allí, a su lado.
Tenían que llegar al otro lado del patio. El rey estaría en el salón. Aunque parecía extraño no verlo en el patio, gritando a pleno pulmón, animando a sus hombres en el centro del combate. Arthur no parecía del tipo que rehuía una pelea.
Calen oyó un zumbido en los oídos. Echó la cabeza hacia atrás, pero si no hubiera sido por la espada de Ellisar, una afilada hoja de acero le habría cortado el cuello. El elfo giró a su alrededor. Aprovechando su impulso, cortó el brazo del individuo que casi había cerrado los ojos de Calen.
Un gesto de asentimiento entre los dos fue suficiente. El elfo tenía mejor aspecto. Su cabello plateado estaba manchado con una mezcla de sangre seca y húmeda. Dos largos cortes le arañaban el brazo derecho, justo por encima de las grebas de cuero, y cojeaba, aunque eso no parecía impedirle mucho.
—¿Y los demás? —gritó Calen, a pesar de que su boca estaba casi pegada al oído de Ellisar. La cacofonía de la lucha habría ahogado cualquier sonido que no fuera un rugido.
Ellisar inclinó rápidamente la cabeza, señalando con un gesto hacia el centro del patio.
Era la misma dirección que la gran sala.
Calen se reprendió inmediatamente por siquiera considerar la idea de que no hubiera ido a buscar a sus compañeros si no hubieran estado en esa dirección.
Necesitaba llegar hasta Aeson y Asius, necesitaba llegar hasta Arthur, pero había ciertos precios que no estaba dispuesto a pagar.
Con Ellisar al lado avanzar era mucho más fácil. A pesar de su cojera, el elfo se deslizaba entre la locura. Su larga espada curva sembraba la muerte con cada golpe.
Era extraño ver una espada que se parecía a la suya.
No había pensado en ello hasta que Gaeleron lo mencionó.
No había entendido lo que Gaeleron quería decir cuando dijo que Calen tenía que aprender a luchar con una espada élfica.
Para Calen, una espada era una espada. Incluso al entrenar con Gaeleron, veía pocas diferencias.
Pero al observar a Ellisar, lo entendió.
Había elegancia en los movimientos del elfo.
Si la muerte podía ser bella, aquello era lo más parecido a esa idea.
Sintió un escalofrío de desdén ante sus propios pensamientos.
La muerte no podía ser bella. Al mirar alrededor del patio, más allá de los rostros contorsionados y los gritos de guerra, más allá del zumbido del acero y el crujir de los cuerpos que chocaban, vio el suelo cubierto de cadáveres.
A algunos les faltaban brazos o piernas, a otros…
algo más. La piedra estaba tan manchada de sangre que por mucho que se frotara nunca se limpiaría.
Un hombre se arrastraba por el suelo con las yemas de los dedos, con las entrañas saliéndole del estómago.
Los chorros de sangre amortiguaban sus gritos, pero Calen vio el dolor grabado en su rostro.
«La muerte no puede ser bella».
Se armó de valor y reprimió sus emociones: el malestar, las náuseas, la tristeza. La muerte no podía ser hermosa, pero a veces era necesaria. Desvió un golpe con las espada, giró sobre sí mismo y cercenó un brazo, separándolo del hombro.
«A veces es necesaria».
Cuando alcanzaron a Aeson y Asius, vio a Dann de pie junto al jotnar.
Parecía como si lo hubieran golpeado hasta dejarlo al borde de la muerte.
Aun así, Calen no podía estar más feliz de verlo.
La idea de que algo le hubiera podido ocurrir a Dann no se le había pasado por la cabeza hasta que lo vio vivo.
Tenía la ropa hecha jirones, una herida abierta en un lado de la cabeza y una mancha rojiza que se extendía por su camisa, pero estaba vivo.
Saludó a Calen con una mueca de dolor y un gesto de la cabeza. Calen no tuvo que preguntar.
—Las gemelas están por allí —gritó Dann, inclinando la cabeza hacia el lado oeste del patio—. Fueron tras Therin. No he visto a Gaeleron ni a Vaeril.
Tenía una expresión sombría en el rostro. Era la misma que Calen sabía que compartía. La sangre de la camisa de Dann no había dejado de extenderse.
Aeson captó la mirada de Calen.
—Vivirá. El salón.
—¡Está herido! No voy a dejar que…
—¡Calen! Ahora no es momento para eso. —Aeson miró a Calen con ojos fríos e inquebrantables. Volvió su atención hacia Dann—. ¿Puedes seguir?
Dann asintió sin entusiasmo. Calen quiso discutir de nuevo, pero las palabras se le atragantaron cuando un soldado lorio se abalanzó sobre él con una lanza extendida. Calen estaba clavado en el suelo y sabía que no podría moverse con la suficiente rapidez. Respiró hondo.
En un destello carmesí, el cuerpo del hombre se partió en dos desde el hombro hasta la cadera, cayendo al suelo en plena carrera. Calen levantó la vista y vio un gesto de asentimiento de Asius.
—Ve al salón. Me necesitan aquí. La batalla pende de un hilo.
El jotnar no esperó una respuesta. Se abrió paso entre la espesura de cadáveres, blandiendo el hacha con golpes medidos.
—Me alegro de que esté de nuestro lado —dijo Dann con una mueca de dolor mientras resoplaba.
Calen miró fijamente a Dann.
—¿Estás seguro de que puedes…?
—Aguantaré.
Lenta y constantemente, los cuatro se abrieron paso hasta los pies de las escaleras que conducían al gran salón. Valerys corría a su lado, arañando piernas y destrozando a los que tenían la mala suerte de cruzarse en su camino.
Con cada palmo ganado, Calen apreciaba más la presencia de Ellisar.
El elfo se pegaba a él, sin permitirle alejarse.
En cualquier otro momento, Calen se habría quejado, pero no ahora.
Ellisar había mantenido el corazón de Calen latiendo más de una vez, cuando de otro modo habría yacido sobre la fría piedra, sin haber visto venir el golpe.
Los cadáveres cubrían los escalones que conducían a la fortaleza. El olor acre de la muerte era más penetrante cuando no se mezclaba con el calor de la batalla. Una arcada involuntaria hizo que Calen sintiera náuseas, pero las contuvo.
Giró el cuerpo hacia un lado cuando una advertencia de Valerys le atravesó la mente.
Un dolor abrasador le recorrió el costado cuando la espada se le clavó en la piel.
Trastabilló hacia atrás por la sorpresa.
Sus dedos buscaron a tientas el mango de la espada mientras se movía para bloquear el siguiente golpe.
Un silbido pasó junto a su cabeza cuando una flecha se clavó en el ojo de su atacante, que cayó al suelo chorreando sangre.
Se sacudió un momento y luego quedó inmóvil.
El corazón de Calen latía con tanta fuerza contra su pecho que le dolía. Valerys estaba de pie junto a la cabeza del hombre. Un profundo gruñido brotó de su garganta mientras observaba en busca de señales de movimiento.
Therin subió los escalones de un salto. Sacó otra flecha de su aljaba y la colocó en el arco mientras sus ojos recorrían el rellano. La bajó ligeramente cuando quedó satisfecho.
—¿Entramos?
Aeson asintió. Calen sintió una mano en el hombro.
—¿Qué hay ahí dentro, Calen?
Había una expresión en el rostro de Dann que Calen no había visto antes. Miedo. Tenía los ojos hundidos, los hombros caídos y la mano apretada contra el pecho.
—Está el rey.
Calen intentó sonar lo más seguro posible, pero por dentro su corazón latía como un caballo al galope y su mano armada temblaba cada vez que perdía la concentración. Tenía que ser fuerte por Dann.
El salón parecía prácticamente igual, salvo por los estandartes púrpura y dorados que colgaban flácidos de los soportes.
Las antorchas parecían más tenues en los candelabros.
Dondequiera que mirara, sus ojos se posaban en los cuerpos de los miembros de la Guardia Real asesinados.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Calen.
Cuanto más se adentraban en el salón, más se atenuaba la luz.
—Aquí hay magia oscura —murmuró Therin, más para sí mismo que para los demás.
El sonido de sus pasos y el clic, clac de las garras de Valerys sobre la piedra lisa resonaban en los pasillos, rompiendo el silencio inquietante. Calen sabía que al final del pasillo estaba el trono de Arthur sobre el estrado, aunque en ese momento estuviera envuelto en la ausencia de luz.
—Ya era hora.
La voz resonó en el pasillo vacío, arañando el aire. Siseaba por todos lados, pero Calen sabía de dónde provenía. No tuvo que mirar a Dann para ver el miedo en su rostro. Era el mismo miedo que Calen sintió cuando escuchó esa voz por primera vez en el paso de montaña.
A pesar de que se acercaban al estrado, no veían con más claridad. Las tinieblas lo envolvían todo más allá del alcance de la mano. Calen descartó la idea de crear un baldír; la última vez había sido totalmente inútil. Continuaron avanzando, pero la voz no cesaba.
—Llegáis demasiado tarde… Demasiado tarde.
El estrado no podía estar a más de seis varas de distancia, aunque era imposible saberlo con certeza. Había un nerviosismo desconocido en la voz de Dann cuando susurró:
—Calen… Eso no suena como el rey…