De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 33. De sangre y fuego
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Capítulo 33. De sangre y fuego

DE SANGRE Y FUEGO

F almin cumplió su palabra. El Cresta de la Ola estaba listo para zarpar en cinco minutos. El navegante sabía lo que haría.

Kira había traído consigo a los mil miembros de la Guardia de la Reina. Traer a más habría necesitado el consentimiento de los demás miembros del Consejo, y eso era algo para lo que no tenían tiempo. También había pedido más navegantes, pero tampoco había tiempo para esperarlos.

El Cresta de la Ola podía albergar a doscientos en caso de emergencia, siempre y cuando todos estuvieran de pie y no les importaran unos cuantos golpes durante el trayecto. Incluso ese número enfureció a Falmin. Se subió a la nave refunfuñando para sí mismo:

—Siempre creen que lo saben todo… Nunca escuchan… «Ocúpate de ello, Falmin». Ya os enseñaré dónde…

Kira, Aeson, Calen, Valerys y Asius fueron los primeros; apilaron luego tantos miembros de la Guardia de la Reina como fue posible. El tamaño de Asius significaba menos enanos. Los demás los seguirían cuando llegaran el resto de los navegantes.

Oleg se quedó atrás para «coordinar».

El viaje de vuelta a Belduar fue mucho menos cómodo que el de ida.

Era imposible saber si iban más rápido o no, pero lo parecía.

Más de una vez, Calen tuvo suerte de evitar el golpe de un hacha mal sujeta mientras el Cresta de la Ola se balanceaba de un lado a otro, rebotando en los lisos túneles.

Valerys estuvo a punto de arrancar tiras de la plataforma mientras intentaba mantenerse firme.

El estruendo de la lucha empezó a oírse en el túnel cuando se acercaban al aterrizaje en Belduar. Calen sintió que el ambiente a su alrededor cambiaba mientras todos en el Cresta de la Ola se preparaban para lo que estaba por venir.

Caos.

Los ataques en Durakdur habían sido silenciosos y calculados.

Belduar estaba sitiada. El patio que daba a los Túneles del Viento era una picadora de carne llena de cuerpos, vivos y muertos.

Calen no podía distinguir a los belduarios de los lorios.

Todo lo que veía era acero y sangre. Los combatientes gritaban consignas de guerra, aullaban de dolor, gemían en la muerte.

Calen veía hilos de Fuego, Aire y Tierra por todas partes mientras los magos desataban remolinos de destrucción.

Los enanos saltaron de la plataforma tan pronto como los anillos dejaron de girar. Sus cortas piernas contradecían su velocidad mientras cruzaban el puente de cuerda y llegaban al rellano, saltando al frenesí del patio de abajo.

—Esto es una locura —murmuró Aeson, frunciendo el ceño—. ¿Cómo es posible? ¿Cómo han conseguido atravesar las murallas?

—Podemos preguntárselo cuando estén muertos —respondió Kira mientras saltaba de la plataforma.

Al aterrizar, cortó en dos a un soldado imperial como si estuviera hecho de papel.

«Está loca».

Excepto por una mirada fugaz, Aeson no le prestó atención.

—Tenemos que llegar al Círculo Interior.

Calen se mostró incrédulo.

—¿Y qué pasa aquí? ¡No podemos dejarlos así!

—Tenemos que llegar hasta el rey. Si no, estas personas habrán muerto en vano.

Aeson miró fijamente a Calen durante un largo momento, como retándolo a que lo desafiara. Al ver que no, señaló con la cabeza al otro lado del patio, hacia una de las seis entradas que bordeaban el extremo sur.

—Ese pasadizo conduce a la calle principal. Desde allí podemos llegar al puente y cruzar al Círculo Interior.

No esperó respuesta, sino que saltó de la plataforma al patio, esperando que los demás lo siguieran.

El grupo se abrió paso entre la lucha sin detenerse, pero si una espada podía atravesar a alguien, lo hacía.

A mitad del patio, Calen cruzó la mirada con Kira mientras ella sacaba el hacha del pecho de un hombre gigantesco. No necesitó decir nada.

—¡Marchaos! —Rugió ella, separando una cabeza de los hombros mientras giraba el hacha en un arco lateral.

Llegaron al otro lado del patio y al pasadizo relativamente ilesos. Asius era el único que parecía haber sufrido nuevas heridas. Un fino corte lo hacía sangrar por el muslo izquierdo. No parecía darse cuenta.

El pasadizo daba a la calle de doble sentido por la que habían bajado unos días antes de camino a los túneles.

Entonces tenía un aspecto muy diferente.

No estaba manchada por la sangre de los muertos ni por los gritos de los moribundos.

Calen esquivó un golpe frenético y cortó al atacante por la espalda al pasar a su lado.

Algo lo inquietaba. Algo no estaba bien. Lo vio por el rabillo del ojo.

—¡Aeson! —gritó por encima de los gritos y alaridos de la encarnizada batalla—. ¡Las murallas!

Aeson lo miró como si hubiera perdido la cabeza y se encogió de hombros sin decir nada.

Un pesado golpe de escudo en el pecho hizo que a Calen se le nublaran los ojos.

Sacudió la cabeza mientras se preparaba para el segundo golpe.

Una mancha blanca brillante agarró al soldado por el cuello.

Calen frunció el ceño mientras saltaba por encima del cuerpo de su atacante. La furia brotaba de Valerys.

—¡Las murallas, Aeson! ¡No hay nadie en las murallas!

Calen agarró a Aeson por el hombro y lo empujó hacia donde estaba para que pudiera mirar hacia abajo, al nivel más bajo del círculo exterior.

Las murallas estaban vacías, las puertas cerradas con barras y candados.

Allí no había habido lucha. El Imperio no había entrado en la ciudad luchando, sino que les habían dejado entrar.

Calen vio el momento en que lo comprendía, para luego asentir con una mirada fría.

—Vamos.

Asius siguió adelante, abriéndose paso por la calle. Su níthral rojo brillante latía en forma de hacha en su mano. La mayoría se apartó de su camino. Nunca habían visto a un gigante, pero sabían muy bien que debían mantenerse alejados.

Mientras se abrían paso por la calle, a Calen le dolían las articulaciones y le gemían los músculos. A pesar de su entrenamiento, seguía sintiendo el agotamiento de la Chispa. No lo había pensado antes. Fue lo primero que se le ocurrió. Sin embargo, se estaba volviendo más fuerte. Podía sentirlo.

Más adelante, vio dos figuras que se alzaban en medio de una multitud de soldados.

Dahlen y Erik resultaban inconfundibles.

Los dos hermanos estaban espalda contra espalda, las espadas gemelas desenvainadas, girando entre grupos de soldados lorios antes de volver a unirse.

Sin embargo, parecían cansados. Calen lo vio en su postura. No aguantarían mucho más.

Aeson asintió y Asius agitó las manos, derribando a los soldados lorios con hilos de aire y despejando el camino hacia los hermanos.

—Ya era hora de que llegarais.

Erik esbozó una sonrisa burlona. Incluso entonces, con un profundo corte en el costado y la cara manchada de sangre, parecía imperturbable. A Calen le pareció antinatural. Recordaba una época en la que la idea de quitarle la vida a un hombre le revolvía el estómago. Ahora…

—¿Qué ha pasado?

La frialdad no abandonaba los ojos de Aeson. Erik se encogió de hombros.

—Estábamos en nuestras habitaciones cuando oímos sonar las campanas.

Para cuando llegamos al patio del Círculo Interior, ya se había consumado.

Era como si se hubieran colado por las alcantarillas.

Los demás siguen allí arriba. Luchamos con algunos soldados para intentar despejar los Túneles del Viento.

La lucha a su alrededor había comenzado a apagarse a medida que los belduarios ganaban ventaja.

—Kira y los enanos están abajo, en los Túneles del Viento. Necesitan ayuda. Reúne a estos hombres y ve. Nosotros nos dirigimos al Círculo Interior. ¿Has visto al rey?

Dahlen frunció los labios y arrugó el ceño, pero no discutió.

—Debe de estar en el salón.

Él y Erik se volvieron hacia los soldados que quedaban.

—¡A los Túneles del Viento! ¡Por el rey!

Gritos y alaridos resonaron en respuesta.

La lucha había disminuido cuando llegaron al puente de piedra que separaba los círculos interior y exterior.

Era gigantesco: sesenta varas de largo y lo bastante ancho para que cuatro carros pudieran circular en paralelo.

Calen no se había atrevido a mirar por el borde la última vez que lo había cruzado, y tampoco se atrevió ahora.

Era tan profundo que, si se caía, nadie lo oiría golpear el fondo.

En su mayor parte, el puente estaba vacío. Pero cualquiera que se interpusiese en el camino de Asius era envuelto en hilos de Aire y arrojado por el borde. Calen no los oyó golpear contra el fondo, pero sus gritos resonaron hasta el otro lado del puente.

El sonido de la lucha se colaba por la puerta entreabierta cuando llegaron a las murallas del Círculo Interior.

El duro entrechocar del metal se mezclaba con los aullidos y gritos de los hombres que se enfrentaban a la muerte.

El aire era fétido; el sudor y la suciedad se mezclaban con el olor metálico de la sangre.

Calen se tomó un minuto para recuperarse antes de seguir a Aeson y Asius a través de la puerta.

En medio del fragor de la batalla había relegado a un segundo plano el miedo a la muerte y las ganas de vomitar, pero de pie ante las puertas sentía que las tripas se le iban a salir del cuerpo.

Le temblaban las rodillas. Respiró hondo antes de atravesar la puerta. Valerys lo seguía de cerca.

El patio era una locura. De no haber sido por las capas púrpuras de la Guardia Real, no habría podido distinguir a los amigos de los enemigos en la masa de cuerpos que ocupaban el amplio espacio abierto.

Las balistas en lo alto de las torres eran infiernos llameantes de naranja y rojo, con humo que se elevaba hacia el cielo nocturno.