Capítulo 32. La mano #3
El hombre desgarbado saltó a la plataforma del Cresta de la Ola mientras Calen se resignaba al hecho de que, al parecer, aquella noche no podría terminar una frase. Dio unos golpecitos con el pie a la plataforma de piedra.
«Aeson y Asius ya deberían estar aquí».
Como si los hubiera invocado, humano y gigante doblaron la esquina de un alto muro. Uno o dos cortes recientes manchaban la parte delantera de la camisa de Aeson, pero por lo demás estaban ilesos.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Aeson mientras subía los escalones de piedra del rellano.
Puede que no lo demostrara, pero Calen vio que su pecho se movía con más dificultad de lo habitual. Tenía una herida en alguna parte que le causaba más dolor del que Calen había pensado en un principio.
—Menos de cinco minutos. Falmin se está asegurando de que el Cresta de la Ola esté listo para partir.
Aeson asintió.
—¿Y la reina Kira?
—Está bien. Aunque no puedo decir lo mismo de sus guardias. ¿Los demás?
—Sobrevivirán —respondió Aeson—. Hoffnar tendrá algunas cicatrices nuevas, pero eso no es nada nuevo para él.
Calen quería decir algo más, hacer preguntas, pero sabía que Aeson no le respondería. Se limitó a asentir y luego dirigió su atención a Asius, con una mirada inquisitiva en los ojos.
—¿Cómo de grave? —preguntó el gigante.
Aeson se encogió de hombros y torció el gesto, dolorido.
—Sobreviviré si me quedo aquí. Pero moriré si lo llevo allí arriba.
Los labios del gigante formaron una línea fina y sombría, pero asintió.
Colocó la mano sobre las costillas de Aeson, donde una gran mancha roja había comenzado a formarse a través de la tela marrón de la camisa.
Calen sintió que Asius extraía la Chispa, tirando de los hilos.
Aire, pensó. Espíritu. Se perdió el resto, fue demasiado rápido, pero vio el alivio en los ojos de Aeson cuando el gigante retiró la mano.
—Gracias.
Aeson respiró profundamente para comprobar los resultados. Calen aún no había aprendido nada sobre la curación. Therin le había advertido que era peligroso para alguien que no lo entendía. Aun así, vio que los ojos de Asius estaban un poco más oscuros y que sus respiraciones eran más largas.
—Falmin, ¿estás listo?
La frustración en la voz de Calen se vio interrumpida por el estruendo de unos pasos. No sabía cuántos eran, pero se produjo un temblor en el suelo y un zumbido en el aire.
Cruzando uno de los cuatro puentes de piedra que conectaban con la plataforma principal, diez en fila, venían enanos, blindados de pies a cabeza con la familiar armadura de placas gruesas y sus yelmos con puente nasal.
Cada uno llevaba un hacha de doble hoja, una espada corta atada a la cadera y capas carmesí ondeando detrás de ellos.
La Guardia de la Reina.
Efectivamente, marchando al frente de la columna estaba Kira, con armadura completa. Anillos de plata y oro adornaban su ondulada melena rubia. No sabía cuántos miembros de la Guardia de la Reina había, pero seguían cruzando el puente y el suelo seguía temblando.
Kira esbozó una sonrisa burlona.
—No pensarías que íbamos a dejar que os lo pasarais bien vosotros solos, ¿verdad?
Había algo en aquella mujer que lo inquietaba. No sabía muy bien qué era, y no estaba seguro de si le gustaba o le disgustaba.
—Su majestad… ¿Qué estás haciendo?
—Mostrándote quienes somos. —Su sonrisa se hizo más profunda, pero luego su rostro ensombreció—. Estamos contigo, draleid.
Ihvon se detuvo un momento. Cerró los ojos y se concentró en su respiración.
«Solo un momento. Solo necesito un momento».
El fuerte viento le azotaba la cara y el cuello, pero no se inmutó.
Se sentía como si llevara horas sentado junto al fuego.
Gotas de sudor le resbalaban por la frente, pero siguió avanzando.
Sus pasos resonaban en las calles empedradas, acompañados por el silbido del viento y los gritos ocasionales de un centinela que patrullaba.
Atravesó la plaza del mercado, bajo el arco del campanario.
Se tocó el bolsillo, donde había estado la piedra.
Ya era demasiado tarde. No había vuelta atrás.
Arthur no le había dado otra opción. No podían resistirse más al Imperio y los enanos no eran la solución.
Solo les importaban sus propios deseos. A través de su abrigo, se tocó la cicatriz que le recorría el vientre.
Era un recordatorio constante de aquel día.
Les había gritado que volvieran. Que lo dejaran volver.
Pero aquellos enanos estaban demasiado asustados por su propio pellejo. Corrieron y le arrastraron con ellos.
«Alyana. Khris».
Ihvon apretó la mano en un puño. Sintió un pinchazo en la palma cuando la uña le cortó la piel, dejando una fina línea de sangre que le corría por los pliegues de la mano. A pesar de que la ira lo quemaba, luchó contra la otra mitad de su corazón. La culpa que le arañaba el fondo de la conciencia.
Asintió al pasar junto a dos centinelas, sin detener el paso.
«El niño y su dragón, a cambio de la amnistía del emperador».
Era un buen trato. Un trato justo.
Siguió avanzando con paso firme. No podía permitirse mostrar debilidad, pero su ritmo se ralentizó. Se detuvo. Su pecho subía y bajaba con pesadas bocanadas de aire.
—¡Joder! —exclamó. Notó un crujido cuando sus nudillos golpearon la pared de piedra. El niño le recordaba demasiado a Khris—. Que los dioses me maldigan, no puedo.
Se dio la vuelta. No estaba muy lejos del campanario. Aún podía avisarlos. Ignoró el dolor que le recorría las rodillas cansadas mientras sus pies golpeaban la piedra.
«Aún hay tiempo».
Apretó el paso.