Capítulo 32. La mano #2
Calen daba vueltas en la cama, como había hecho toda la noche.
Debería haberle dicho algo a Arthur. Había sido injusto.
Lo que había ocurrido en la sala del Consejo había desatado una tormenta en su cabeza y se había desquitado con Arthur y Aeson.
Por muy enfadado que estuviera con ellos, eran buenas personas y, en general, habían actuado correctamente con él.
Tenía que pedirles perdón a ambos, especialmente a Arthur.
Eso no era lo único que le atormentaba la mente y se interponía en sus sueños.
¿Su arrebato le había costado a Belduar el apoyo de los enanos?
Las últimas cuatro noches, las imágenes de Belduar ardiendo habían nublado sus sueños.
Soldados imperiales irrumpiendo en las calles, arrasando todo a su paso.
El Círculo Interior invadido mientras las catapultas lanzaban destrucción sobre las casas apiñadas de los círculos exteriores. Todo ello, por su culpa.
A pesar de su necesidad de dormir, no eran sueños a los que deseara volver. Aun así, movió las caderas sobre el colchón en un intento por encontrar la postura adecuada. Ahuecó la almohada, girando de un lado a otro.
Cada vez que dejaba de moverse, el tictac del reloj ornamentado de hierro forjado que colgaba de la pared parecía aumentar hasta convertirse en un martillo que golpeaba su mente.
No había muchos relojes en El Claro. Eran caros y difíciles de conseguir.
En Durakdur, los había en todas las habitaciones.
Tenía que admitir que era lo único que le daba una sensación de noche o día en una ciudad donde el sol nunca salía ni se ponía.
Pero ahora, quería arrancarlo de la pared y estrellarlo contra el suelo.
Tic, tac.
Abrió los ojos de golpe al oír un crujido procedente de la puerta, que él mismo había cerrado con llave. El corazón le latía casi tan fuerte como el reloj. Había dejado la espada en la vaina, a casi una vara de distancia, encima del escritorio.
Oyó otro crujido. Esta vez estaba seguro. Había alguien en la habitación.
Valerys seguía dormido. Era el único momento en el que no podían sentirse el uno al otro, como si el mundo de los sueños les diera a ambos un respiro. Soltó una imprecación mental mientras intentaba respirar lo más silenciosamente posible.
Otro crujido. Ya no le cabía ninguna duda.
Controló lo mejor posible el miedo, echó las sábanas a un lado y saltó la corta distancia que separaba la cama del escritorio. Sacó la espada de la vaina con un rápido movimiento y se giró para enfrentarse al intruso.
En la oscuridad, sus ojos apenas habían enfocado la silueta del intruso cuando varios hilos de Aire se estrellaron contra su pecho. Lo levantaron del suelo y lo lanzaron contra el armario de la pared del fondo, destrozándolo en pedazos.
Sacudió la cabeza, tratando de aclarar la vista. Tenía las manos vacías. El impacto le había hecho soltar la espada. Una risa breve y ronca llamó su atención. Su atacante se alzaba sobre él, con una espada apuntándole al pecho. Solo podía distinguir su silueta. Sus ojos aún no se habían adaptado.
—Solo es un niño —oyó una voz grave y áspera—. Seré rápido.
Calen cerró los ojos. Buscó la Chispa, recurrió a los hilos del Fuego, el Aire y el Espíritu y formó un baldír tan brillante como pudo, como si fuera el sol mismo. Cuando oyó a su atacante jadear de dolor, lo apagó.
El asesino trastabilló hacia atrás, tapándose el rostro con la mano libre.
—¡Cabrón! ¡Mis putos ojos!
Sus gritos se vieron interrumpidos cuando Valerys le saltó al hombro. El dragón hincó los dientes en el cuello del asesino y le rajó la espalda con las garras. Ambos cayeron sobre la cama enredados. Mientras forcejeaban, Calen vio a un segundo atacante en la puerta.
«Por si uno no fuera suficiente».
No necesitó ni un momento para pensar. Pudo ver los hilos del Fuego cuando el asesino los atrajo hacia la mano.
Calen fue más rápido; extendió la Chispa y envolvió hilos de Aire alrededor de una gruesa astilla de madera.
La lanzó directamente al corazón del asesino.
Se vio un breve destello, y este cayó de rodillas sin emitir ni un susurro, para luego desplomarse de lado.
Un rugido de satisfacción le hizo saber a Calen que el oponente de Valerys también había dejado de ser un problema.
Podía sentir cómo la Chispa se filtraba en sus músculos.
En su pánico, no había controlado el flujo tanto como debería.
El corazón le latía con fuerza. Oyó gritos procedentes del pasillo exterior, pero solo cuando se dispuso a seguirlos se dio cuenta de que todavía estaba en ropa interior.
Se abrochó la camisa, se subió los pantalones y se calzó las botas.
Al salir de la habitación, chocó de frente contra un muro; solo al alzar la vista se dio cuenta de que se trataba de Asius. Aeson estaba con él, y ambos tenían salpicaduras de sangre en la ropa. No era su sangre.
—Alguien…
Calen no tuvo oportunidad de terminar la frase.
—Lo sabemos —dijo Aeson—. También estaban en nuestras habitaciones. Deben de haberse colado en la ciudad.
—Son…
—Magos. Sí, nos hemos dado cuenta.
Calen frunció el ceño al ser interrumpido de nuevo.
—Calen, escúchame. Son la Mano. Los asesinos del Imperio.
Si han venido a por nosotros, también irán a por el Consejo.
Tenemos que llegar hasta ellos. Tú y Valerys id a ver a la reina Kira.
Sus aposentos están a solo cinco minutos de aquí, al final del pasillo oeste.
Los reconocerás por las puertas bermellón con el símbolo de Durakdur incrustado.
Asius y yo nos ocuparemos de los demás. Nos reuniremos de nuevo en los Túneles del Viento.
Calen, si están aquí, actuando a plena luz del día, estarán haciendo lo mismo en Belduar.
He enviado a Oleg al salón del Gremio de Correvientos para que traiga a Falmin.
Asegúrate de que la reina está a salvo y ve a los túneles.
—No…
—¡No discutas! ¡Ve!
Calen estaba pensando precisamente en eso, en gritar y decirle a Aeson que iría adonde él decidiera y no adonde le ordenaran.
Pero se calló. Frunció el ceño, dio media vuelta y echó a correr tan rápido como le permitían las piernas hacia las habitaciones de la reina.
Valerys iba a su lado. Por mucho que odiara siquiera pensarlo, y mucho menos admitirlo, Aeson tenía razón. Todo lo demás podía esperar.
Buscó la Chispa mientras se acercaba a las grandes puertas dobles de color bermellón, con el símbolo de Durakdur incrustado, que marcaban las habitaciones de la reina.
Dos enanos con pesadas armaduras de placas y gruesas capas carmesí, la Guardia Real de Kira, yacían rígidos en el suelo.
Calen no examinó los cuerpos. Su sangre manchaba la piedra lisa.
Irrumpió en las habitaciones de la reina, abriéndolas de un empujón con el hombro.
Dos encapuchados se interpusieron ante él.
Recurriendo a gruesos hilos de Aire, utilizó una ráfaga de viento para enviar al más cercano en espiral a través de la habitación, rompiendo la ventana en pedazos.
El asesino cayó gritando a las profundidades infinitas del otro lado.
Se movió para esquivar el golpe del segundo, deteniéndose en el aire cuando Valerys se estrelló contra el pecho del asesino, desgarrando la armadura de cuero como si fuera mantequilla fundida. Calen se estremeció ante los gritos de dolor.
En su loca carrera, no se había dado cuenta de que Kira estaba allí, vestida solo con la piel con la que había nacido.
Sostenía un hacha larga en la mano derecha.
Incluso en el calor del momento, con el pecho agitado y la sangre bombeando en sus venas, Calen se sonrojó.
Tardó quizá un segundo de más en apartar la mirada.
—Ahora no es momento para melindres, draleid.
A pesar de que estaba allí desnuda, a pocos segundos de la hoja de un asesino, su voz seguía siendo firme como el acero.
Calen no se atrevía a alzar la vista. Un tono oscuro de carmesí pintaba sus mejillas.
—Majestad, hay más asesinos en la ciudad.
Aeson y Asius han ido a ver cómo están los demás miembros del Consejo, pero debemos ir a Belduar.
Si están aquí, entonces el rey también está en peligro.
—Una parte de él quería echar un segundo vistazo, pero la otra se negaba a apartar la mirada del suelo de piedra—. ¿Estarás bien?
—Sí, muchacho. Estaré bien. ¡Vete!
Calen no necesitaba oír nada más. Con un gruñido, salió corriendo de la habitación sin levantar la vista por encima del nivel de las rodillas. No estaba bien que la viera así. Era la reina. Y de no haberlo sido, tampoco habría estado bien.
Se maldijo mientras se abría paso por el laberinto de calles y pasillos. Cada giro que daba era el equivocado. Moriría de viejo antes de llegar a los Túneles del Viento. Las calles parecían tranquilas. No había visto ni oído rastro alguno de la Mano. Eso solo podía ser algo bueno.
—¡Joder! —exclamó cuando se dio cuenta de que acababa de pasar dos minutos corriendo hacia un callejón sin salida.
—¿Calen?
Calen no creía que hubiera ningún momento en el resto de su vida en el que se sintiera más feliz al oír la voz de Oleg Marylin.
Falmin estaba con él. El sudor goteaba por sus rostros enrojecidos y la camiseta de Falmin se le pegaba al pecho, dejando al descubierto los músculos que se ocultaban bajo su esbelta complexión.
—¡Oleg, por los dioses, tu llegada no podría ser más oportuna! Tenemos que llegar a los Túneles del Viento.
Calen no pudo evitar suspirar aliviado. Cinco minutos más intentando escapar de aquel laberinto y habría enloquecido.
—Por aquí, Calen. Estamos cerca.
Cuando llegaron, Oleg jadeaba. Se dobló por la mitad, tratando de llenar los pulmones de aire. Calen no pudo evitar sentirse impresionado. Aquel hombre orondo había igualado su ritmo y el de Falmin. Aunque estaba pagando el precio por ello.
—Falmin…
—Dame cinco minutos y estará listo, maese Bryer.