Capítulo 32. La mano
LA MANO
— Y a hemos oído cuanto necesitábamos oír.
Eso fue todo lo que dijo Pulroan. Nadie más intervino tras esas palabras, lo cual le vino bien a Calen.
No creía que hubiera sido capaz de decir nada más.
Los llevaron de vuelta al Corazón y les mostraron sus habitaciones.
Tanto Aeson como Arthur vinieron a verlo esa noche, pero lo único que hizo fue echarlos a voces.
Nunca había estado tan enfadado en toda su vida.
También lo notaba en Valerys. Le quemaba en el fondo de la mente como carbones encendidos.
Aeson se negó rotundamente a irse hasta que Valerys le dio un golpe; de haberlo intentado con más fuerza, el dragón habría destrozado la mano de Aeson.
Calen se sentó en el borde de la cama, las lágrimas resbalándole por las mejillas.
Sabía que si reprimía lo que sentía, al final volvía a salir, pero no había contado con que pasase en un momento como aquel.
Se sentía como un tonto. Había gritado a reyes y reinas, había perdido los estribos. Había hecho el ridículo.
Pero eso no era lo que le dolía.
Cuando perdió los estribos en la sala, algo cambió en lo más profundo de su mente. Era la primera vez que se permitía aceptar la verdad. Ya no podía esconderse de ella; no podía mentirse. Su familia había desaparecido.
Sentía como si le hubieran arrancado el corazón del pecho.
Nunca volvería a ver a su madre, a sentir el calor de su mano en la mejilla, a oír la voz de su padre, ni la de su hermana, que siempre había creído en él, siempre lo había animado y siempre había estado ahí para mostrarle el camino correcto.
Al menos ahora estarían con Haem. No hizo nada para detener el flujo de lágrimas.
Habría sido como un vendaje en un brazo roto.
Aún podía salvar a Rist. Tenía que salvar a Rist.
Sin embargo, aquella noche necesitaba sentirlo todo. Se tumbó, tembloroso, y dejó fluir las lágrimas. Valerys yacía en la puerta, asegurándose de que nadie entrara, pero Calen lo sentía. La tristeza y el consuelo.
Apoyó la vaina contra la barandilla de madera del patio de prácticas y sacó la espada. Exhaló un suspiro y giró la hoja para relajar los brazos.
No le apetecía enfrentarse a la mirada pétrea de Gaeleron cuando regresara a Belduar. El elfo era muy estricto en lo que se refería al entrenamiento con la espada. No le haría ninguna gracia descubrir que Calen se había negado a entrenar con Aeson.
Al menos seguía practicando las suertes.
Era lo único que lo mantenía cuerdo mientras esperaban.
Habían pasado cuatro días sin noticias de los enanos; Therin le había dicho que los enanos de Dominio Libre podían tardar toda una vida en tomar una decisión, tal era la naturaleza de aquellos cuatro reinos que intentaban funcionar como uno solo.
Cada uno tenía sus propios intereses y cada uno intentaba asegurarse de que se satisfacían sus propias necesidades.
Nada de eso ayudaba a calmar la sensación de malestar que Calen tenía en las tripas.
Tampoco había hablado con Aeson ni con Arthur. Lo habían intentado, pero él se había ido sin más al verlos. No quería hablar con ellos; eran los que lo habían puesto en aquella situación. Sabían en lo que se estaba metiendo y lo habían arrojado como una oveja a los lobos. Lo habían utilizado.
Aunque en el fondo era culpa suya por no haberse dado cuenta antes.
El Corazón tenía su propio patio de prácticas.
Estaba destinado exclusivamente a la Guardia Real, pero cuando Calen practicaba las suertes cada mañana se reunía una multitud, como ahora.
Puede que al llegar no supieran quién era, pero se había corrido la voz de que había un draleid en Durakdur.
Había oído muchos comentarios mientras deambulaba por las calles de la ciudad durante el día.
Todo el mundo tenía una teoría diferente sobre por qué el draleid había venido. Todo el mundo parecía saber más que él.
Respiró hondo mientras adoptaba la postura del Oso Agazapado.
«No pienses. Muévete».
Abandonó el control y se dejó llevar por las suertes que formaban parte de un movimiento que Gaeleron le había estado enseñando: el svidarya. Vientos ardientes. Había algo en la fluidez del movimiento que le tranquilizaba la mente.
La primera mañana que practicó las suertes en el patio solo había quince o veinte sirvientes, que intentaban fingir que no estaban mirando.
Caminaban un poco más despacio o se detenían un momento, haciendo como que recuperaban el aliento.
Calen no estaba seguro de si era por su práctica o por la oportunidad de mirar boquiabiertos a Valerys, pero para la cuarta mañana, el patio estaba abarrotado por cerca de trescientas personas.
Ni siquiera simulaban estar ocupados. Se reunían en grupos, se apoyaban en las paredes o vallas, y algunos se detenían y se sentaban en el suelo a mirar.
Tampoco temían que la Guardia Real los echara; los guardias constituían al menos una quinta parte del público.
Ahora habría varios cientos observándolo, mientras el sudor le perlaba el rostro y le pegaba la camisa al pecho.
Manejaba la espada con movimientos amplios, dejando que cada golpe llevara al siguiente.
El svidarya era un movimiento agresivo; consistía en llevar la lucha al enemigo.
Una serie de golpes poderosos y amplios que empujaban al oponente hacia atrás. Exactamente lo que Calen necesitaba.
Un resplandor azul verdoso le bañó la piel mientras pasaba los dedos por el borde de la hoja luminosa que se encontraba en un fanal sin cristal colocado sobre el bajo parapeto de la pasarela.
Se había acostumbrado a recorrer los pasajes laberínticos y las calles de Durakdur casi todas las tardes.
No las conocía mejor que el primer día. Pero no las recorría para aprender, sino para escapar. Para salir de su propia cabeza.
Se ajustó la capucha alrededor de la cara mientras dos enanos caminaban detrás de él.
—Deberías haberlo visto entrenar antes. ¡Creo que el draleid podría luchar contra un abisario él solo! Y su dragón… Lorik dice que crecerá más que la propia montaña y sabe de lo que habla. Voy a volver al patio para verlo de nuevo por la mañana —decía uno de ellos.
—¿Un abisario? Imposible. Aunque puede que vaya contigo para verlo con mis propios ojos.
Calen esperó a que los dos se alejaran antes de seguir su camino y se entretuvo contemplando las maravillas de la arquitectura enana.
Cúpulas de oro resplandeciente. Arcos que se extendían cientos de varas.
Extrañas máquinas que no entendía y que transportaban mercancías y personas por las murallas exteriores.
No lo había notado antes, pero cada pieza de piedra tallada era afilada y angular, incluso los arcos.
Todo estaba ordenado. Las únicas excepciones eran las magníficas cúpulas que coronaban los edificios mayores, que reflejaban el brillo sobrenatural de las flores con un resplandor azul dorado.
Después de dar un paseo por la ciudad, se sentó en lo alto de un muro bajo que daba a las entrelazadas pasarelas que había debajo.
Lo eligió porque tenía una vista perfecta de la cascada y porque era el lugar más tranquilo que había encontrado.
El ruido de la ciudad era excesivo. Se sentó allí, con el pañuelo de su madre entre los dedos, contemplando el impresionante paisaje urbano salpicado por el resplandor de los fanales azul verdosos.
Escuchó el incesante estruendo del agua al caer en cascada por la pared interior de la montaña. Ahogaba todos los demás sonidos.
—Es precioso, ¿verdad?
—Déjame en paz, Arthur.
Calen mantuvo la mirada fija en un punto al otro lado de la cavernosa abertura, donde la luz de las flores brillaba a través del agua en cascada.
Arthur suspiró.
—Calen, lo siento. Te lo juro, no sabía que Kira te atacaría así.
—Ahórrate las disculpas. Ella tenía razón. Da igual lo que oyeras en alguna profecía o leyeras en un libro. No soy lo que esperabas. Debería haber sido otra persona. Lo siento.
—¿Profecía? —Había indignación en la voz de Arthur—. ¿Crees que te empujé aquí abajo y te lancé frente a esos enanos porque oí una profería?
Calen no sabía cómo responder.
—Así es como siempre ocurre en las historias. Therin…
—Ese es el lugar de las profecías, Calen: las historias y los cuentos de hadas.
Las profecías y el destino son palabras que utilizan los reyes y las reinas para enviar a hombres y mujeres jóvenes a la muerte con una sonrisa en la cara, soñando con convertirse en héroes.
El destino es cambiante. Tu destino está en tus manos, en las de nadie más.
Sí, cuando vi que alguien estaba vinculado, que alguien se había convertido en un draleid, mi corazón dio un vuelco.
Jamás me atreví a soñar que algo así sucedería.
Te traje aquí porque los draleid solían simbolizar la esperanza, porque si había algo que pudiera despertar a los enanos de su letargo, era un draleid.
Pero Calen, lo que dijiste en esa cámara, la forma en que hablaste…
Eres más de lo que jamás podríamos haber esperado.
No estoy aquí hablando contigo porque seas un draleid.
Estoy aquí hablando contigo porque creo en quién eres.
Calen quiso hablar, pero no pudo. Miró fijamente el borde, dejando que la cascada llenara el silencio.
Los pasos de Arthur resonaron en las paredes.
—Voy a volver a Belduar para pasar la noche. Ihvon me ha enviado un mensaje diciendo que Daymon ha enfermado. Mi esposa, que en paz descanse, nunca me perdonaría si no fuera a ver cómo está. Volveré por la mañana. —La única respuesta fue el sonido del agua al caer—. Y, Calen, no soy el único.