Capítulo 31. Todo lo que se perdió
TODO LO QUE SE PERDIÓ
D ann llevaba deambulando durante lo que parecían horas por las calles del círculo exterior cuando se topó con La Bodega del Viejo. Era exactamente el tipo de posada que estaba buscando: oscura, cómoda y llena de vino.
La sala común estaba abarrotada de gente que charlaba animadamente a la luz vacilante que producían varias velas de cera blanca y roja esparcidas de forma tan desordenada que solo podía haber sido a propósito.
Los únicos muebles eran grandes sillones de cuero rojo alrededor de pequeñas mesas de madera en grupos de dos y tres.
Dann no pudo evitar el pensamiento de que se estaba emborrachando en el salón de algún cortesano.
Sin embargo, no le importaba; esa era su única intención, emborracharse.
Había conseguido un cómodo sillón junto a una de las dos chimeneas que había a ambos extremos de la sala. El fuego nunca parecía pasar de un humo lento, que desprendía poca luz, pero proporcionaba ese calor extra que él buscaba, e impregnaba la sala con el familiar aroma de la leña quemada.
Se recostaba en el blando sillón de cuero mientras mecía con mimo la copa.
Nunca había probado el vino hasta llegar a Belduar, y enseguida tuvo claro que hasta entonces había estado malgastando el tiempo.
Se llevó la copa a los labios y tomó un sorbo del líquido de color rojo intenso.
Respiró con satisfacción por la nariz mientras los sabores afrutados recubrían su lengua y se deslizaban por sus fosas nasales.
Lord Arnell le había dado una bolsa llena de monedas y le había dicho que disfrutara de la ciudad, y eso era precisamente lo que pretendía.
—¿Te importa si me uno?
Dann levantó la vista de su vino y vio a Dahlen mirándolo. El agua le goteaba desde la parte inferior del abrigo y tenía el pelo pegado a la cara.
—Adelante.
Dann se sentó más erguido y llamó con gesto a la camarera que le había traído el vino antes y que respondía al nombre de Elaiya…
O eso le había dicho cuando se lo preguntó.
En su experiencia, la gente siempre recordaba a la gente que le preguntaba el nombre.
Le indicó por gestos que le trajera una segunda copa.
—¿Vino?
—Sí, gracias —respondió Dahlen. Colgó la capa empapada en una barra de hierro fundido cerca del fuego y se dejó caer en la silla frente a Dann—. ¿A ti también te han abandonado?
—Gracias —dijo Dann mientras cogía la segunda copa de Elaiya y la llenaba con vino de la jarra.
No era su dinero, y pasaría mucho tiempo antes de que se le acabara. ¿Por qué no compartirlo? Aunque la pregunta de Dahlen le dejó un mal sabor de boca.
—¿Abandonado? —respondió con una ceja levantada.
Le entregó a Dahlen la copa rebosante de vino. Este asintió en señal de agradecimiento y bebió inmediatamente de la parte superior de la copa para evitar que se derramara.
—Lo siento —Dahlen dejó la copa sobre la mesa y se pasó las manos por el pelo empapado—. No quería decir eso. Es solo que…
—No pasa nada —le interrumpió Dann. Se recostó en la silla y dio otro sorbo a la copa—. Puede que sea el vino el que habla, pero tienes razón. Preferiría estar allí abajo con él.
—Sois muy amigos.
—Como hermanos. Hasta que recuperemos a Rist, él es cuanto tengo.
Dahlen se estremeció al oír el nombre de Rist. Dann no lo culpaba como Calen. No hacía falta; ya se culpaba él. Dann volvió a llenar la copa de vino e hizo un gesto a Elaiya para que trajera otra jarra.
—Quédatelo —le dijo cuando ella intentó darle el cambio.
Cuatro marcos de plata. Por esa cantidad de dinero, habría corrido desnudo por las calles de El Claro. De todos modos, no era suyo. Era mejor que se lo quedara ella.
—Señor, no puedo aceptarlo. Es demasiado…
—No soy ningún señor. Por favor, quédatelo.
Elaiya sonrió de oreja a oreja mientras le daba las gracias efusivamente. Como mínimo, Dann estaba seguro de que tendría el mejor vino de la posada durante el resto de la noche. Agarró el asa de la nueva jarra y señaló a Dahlen antes de darse cuenta de que su primera copa aún estaba llena.
—Has sido muy amable —dijo Dahlen.
Se llevó la copa a la boca, la vació de un trago y se la tendió a Dann para que se la volviera a llenar, con una sonrisa en los labios.
«Sabía que había una razón por la que me caía bien».
Se dio cuenta de que la última vez que se había sentado a tomar una copa con Dahlen había sido en El Reposo del Viajero, en Camylin, la noche en que perdieron a Rist. Desde entonces, no habían dejado de volver la vista atrás.
Ese pensamiento le hizo apreciar aún más el vino en la copa y las monedas en la bolsa, pero también le provocó una sensación de nostalgia por su amigo.
—¿Dónde está tu hermano? ¿No le gusta ahogar sus penas en alcohol?
Dahlen se rio mientras se recostaba en el sillón de cuero rojo.
—A Erik le gusta emborracharse tanto como al resto de nosotros. Pero no, esta noche no. Cada uno lidia con la frustración a su manera. Yo bebo, él practica.
—Creo que me quedo con la bebida.
—Brindo por eso —dijo Dahlen entre risas. Levantó la copa y la chocó con la de Dann. Las vaciaron—. Siento lo de Rist.
Tras las palabras de Dahlen se produjo un silencio. Dann estaba seguro de que había estado dándole vueltas a ellas desde que se había sentado. Dann se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas. Dio un largo trago y soltó un suspiro.
—No fue culpa tuya. No me engaño pensando que habría sido diferente de haber estado yo allí.
Dahlen asintió débilmente y volvió a llenar las copas. El silencio se apoderó del ambiente por un momento. El bullicio de las conversaciones a su alrededor se desvaneció en el fondo.
—Siento lo de Calen. Puede ser…
—¿Arrogante? ¿Egoísta?
Dann dejó la copa sobre la mesa y miró fijamente a Dahlen. Contuvo la ira que sentía en el vientre. Había venido allí para emborracharse, no para discutir.
—Iba a decir apasionado.
«En realidad iba a decir terco, pero eso no lo voy a reconocer delante de ti».
Dahlen sonrió torpemente y llamó a Elaiya.
—¿Nos pones dos copas de sangre de wyrm, por favor?
Dann se estremeció involuntariamente. Solo había bebido sangre de wyrm una vez, y en realidad no era auténtica sangre de wyrm, sino una mezcla creada a partir de alcohol puro de uva y algunas hierbas, que tenía un color verde intenso.
Lasch había importado un poco para El Dragón Dorado desde Vahara dos veranos atrás, y Dann recordaba claramente haber tenido dificultades para usar sus piernas después.
Dahlen le pasó a Dann una copita con el líquido verde y fuerte.
—Gracias por compartir tu vino conmigo. Por los amigos y la familia.
—Por los amigos y la familia.
Dann torció el gesto en una mueca de dolor cuando el alcohol le quemó la garganta. Dahlen golpeó la mesa con la copita, el rostro contraído por el dolor que le causaba el alcohol.
—¿Nos emborrachamos?
—Esa era mi intención para esta noche —se echó a reír Dann, mientras llamaba de nuevo a Elaiya. Era muy guapa.
«Me pregunto si se unirá a nosotros para tomar una copa». —¿Te he contado alguna vez que vi un caballo con un cuerno que le crecía en la cabeza?