De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 30. Un peón en el juego #3
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Capítulo 30. Un peón en el juego #3

—Bueno, muchacho, ojalá pudiera ver esto a través de tus ojos. Recuerdo la primera vez que vi este lugar. Tardé unos cinco minutos en poder volver a hablar.

Arthur sonrió y luego siguió adelante, cruzando el puente. Sus hombros se balanceaban mientras caminaba. A regañadientes, Calen lo siguió. No le apetecía volver a cruzar ese puente.

—Lo que dije lo dije en serio, maese Bryer.

Calen no se había dado cuenta de que Falmin se había acercado a él al pie del puente. Parecía serio, al menos en comparación con la sonrisa que solía lucir.

—Ha sido un placer tenerte a bordo, tanto a ti como a tu dragón. Te deseo mucha suerte, al igual que el gremio. Si alguna vez nos necesitas, estamos a tu servicio.

El navegante hizo una breve reverencia, pero fue suficiente para transmitir sinceridad. Era una formalidad que Calen no esperaba de un hombre tan extravagante.

—Gracias, Falmin. Tu… ¿nave? Es una increíble hazaña de ingeniería…, al igual que tu destreza con el aire. Ha sido un placer.

Había un toque de reconocimiento en la sonrisa del hombre.

—El placer es mutuo.

Calen extendió el brazo y agarró con los dedos el antebrazo de Falmin, quien correspondió al gesto y luego se alejó caminando por la plataforma, inspeccionando cada palmo cuadrado del Cresta de la Ola.

Calen no pudo evitar mirarlo con curiosidad.

Falmin sacudió una conexión de latón y puso cara de sorpresa cuando se soltó.

La volvió a colocar en su sitio, frunció los labios, se encogió de hombros con satisfacción y siguió caminando.

Calen se volvió hacia el puente, esforzándose por parecer digno mientras cruzaba corriendo las tablas de madera.

—Puñetero puente —murmuró para sí mismo, cuando casi resbala al pisar la última tabla. Sintió una sensación de alivio cuando su pie tocó la sólida piedra de la entrada del túnel.

Cuando miró hacia arriba, era exactamente como Arthur había dicho que sería. Le dejó sin palabras.

La plataforma sobre la que se encontraba sobresalía del lado de la pared de la montaña, con vistas a la impresionante ciudad de Durakdur.

Parecía como si la montaña hubiera sido excavada y se hubiera construido una ciudad en el hueco.

Por dondequiera que Calen miraba, pasarelas y puentes de piedra se entrelazaban a través de la ciudad, conectando innumerables patios y plataformas rocosas.

Apenas quedaba una pizca de pared sin tocar.

Las pasarelas se extendían por todas partes, con puertas y túneles a lo largo de ellas que conducían a las profundidades de la montaña.

Por todas partes había fanales que emitían un tono azul verdoso.

Estaban suspendidos de cadenas, montados en las paredes y colocados en las puertas.

Nunca había visto una luz de ese color. Tenía una especie de belleza etérea.

Justo enfrente de la plataforma, al otro lado de la cavernosa ciudad, una monstruosa cascada caía hacia los niveles inferiores.

El sonido grave y sonoro de los cuernos le llenó los oídos. Estaba tan embelesado por la belleza de la extensa ciudad que no se había fijado en el lugar en el que se encontraba.

Justo bajo la plataforma había un enorme rellano de piedra, conectado a la plataforma por una doble escalera adornada con estatuas de enanos con armaduras pesadas y afiladas, que empuñaban hachas, lanzas y espadas.

El rellano estaba abarrotado. Dos columnas de soldados con armadura se encontraban a ambos lados de un pequeño grupo que esperaba al pie de la escalera.

Eran más bajos que el humano medio de Eferia, pero no tanto como Calen había oído en las leyendas.

El más alto medía alrededor de metro y medio.

Sin embargo, sus rostros eran tan rudos y variados como decían las historias.

Algunos tenían narices gruesas y aplastadas, mientras que las de otros eran afiladas y delgadas.

Algunos tenían la piel tan pálida como la nieve del invierno, y otros parecían carbonizados y cenicientos.

Todos tenían barba, tan variada como sus rostros.

Cortas y rojas, cuidadas con meticulosidad o en cientos de tonos diferentes, desde rubio y castaño hasta el negro más oscuro; algunas trenzadas, otras atadas en intrincados diseños; las había que llegaban hasta las rodillas y otras no pasaban del pecho.

Todos, incluso las mujeres, llevaban anillos de bronce, plata y oro cuidadosamente engarzados en el cabello.

Los soldados a ambos lados de la escalera llevaban gruesas placas de armadura sobre capas de brillante cota de malla.

Sus cascos eran cuadrados y de corte afilado, dejando espacio sobre los ojos, con un puente de metal que les protegía la nariz.

Todos portaban una feroz hacha de doble hoja colgada al hombro.

Al frente de las columnas, largos cuernos de latón sustituían las hachas.

Cuatro conjuntos distintos de estandartes colgaban de los cuernos y Calen pudo reconocerlos gracias a las enseñanzas de Therin.

El carmesí y dorado con un martillo de intrincado diseño y cuatro estrellas dispuestas en semicírculo sobre él era el emblema de Durakdur.

El pendón bandera verde y plateado con un yunque rodeado de flores pertenecía a Azmar.

La bandera con hachas cruzadas de color negro sobre fondo blanco era la de Ozryn y la amarilla y negra con un casco con cuernos en primer plano identificaba a Volkur.

Cuatro enanos se encontraban al pie de la escalera: tres mujeres y un hombre.

Al contrario que los soldados, no llevaban armaduras ni cotas de malla.

Los cuatro vestían una extraña mezcla de cuero y seda.

Llevaban hombreras acolchadas y una coraza de cuero que les cubría el pecho y descendía hasta una prenda de seda similar a una falda.

Las cuatro cabezas estaban adornadas con intrincadas coronas del oro más fino.

La mujer que iba al frente del grupo dio un paso adelante. Tenía el pelo rubio suelto, con mechones plateados y dorados entremezclados. Era hermosa. Irradiaba confianza y tenía una mirada feroz.

—Bienvenidos —dijo— al Dominio Libre de los Enanos. Soy la reina Kira de Durakdur.

La dulzura de su voz sorprendió a Calen. Se inclinó ligeramente por la cadera, aunque no lo suficiente para que pareciera un gesto de respeto. Era más bien una formalidad.

—Sois bienvenidos. Soy el rey Hoffnar de Volkur.

Llevaba el pelo oscuro corto, lo suficiente para que le cayera sobre la frente. Su rostro era anguloso y no tenía cortes ni imperfecciones, pero se movía como un soldado. De no haber sido por la sonrisa amistosa que esbozaba, Calen quizá habría echado mano de la espada.

—Soy la reina Elenya del reino enano de Ozryn. Vuestras espadas son bienvenidas bajo nuestro techo.

Elenya era una guerrera. De no haberla delatado sus palabras, lo habría hecho el detalle de ser la única de los cuatro que llevaba un arma: un hacha corta atada al cinturón.

Su cabello era como un fuego rugiente, salvaje e indómito.

Caía en cascada sobre sus hombros y su espalda, y le llegaba casi hasta los codos.

La dureza de su rostro inquietaba a Calen.

La última de los cuatro era Pulroan, reina de Azmar. Su cabello rubio estaba recogido en trenzas detrás de la cabeza. Era una mujer robusta. Las arrugas de su piel y las canas de su cabello la delataban claramente como la mayor de los cuatro.

—Gracias por vuestra amable bienvenida —dijo Arthur, inclinándose por la cadera—.

Como sabéis, hoy traigo conmigo a unos invitados muy estimados.

A dos de ellos ya los conocéis. El tercero nunca ha pisado estos salones.

Os presento a Calen Bryer, el primer draleid libre de la influencia loria desde la caída de la Orden y el primer draleid nuevo en cuatrocientos años.

Arthur lo invitó a pasar. Calen no sabía qué hacer.

Ojalá se le hubiera dado mejor escuchar.

Probablemente Therin le había dicho mil veces qué debía esperar y cómo comportarse.

Había tanto que asimilar, tantas costumbres y tradiciones.

Era como si cada nueva información lo obligara a borrar otra de su mente para hacerle sitio.

Todos lo miraban expectantes. Intentó recordar el saludo que Therin le había enseñado. Estaba en algún lugar de su cabeza.

—Majestades, gracias por acogernos en vuestros salones. De parte de Valerys y mía, que vuestros fuegos nunca se apaguen y vuestras espadas nunca se emboten.

Se trabó al hablar, pero estaba seguro de que lo había dicho bien. Valerys lo imitó con un rugido. Extendió las alas al máximo.

Los cuatro, excepto Kira, que tenía una expresión de impaciencia en el rostro, le devolvieron una cálida sonrisa.

—Que tu fuego nunca se apague y tu espada nunca se embote —respondieron al unísono, aunque las palabras de Kira carecían del entusiasmo de las demás.

Calen vio una mirada de satisfacción en el rostro de Aeson, que se reflejaba en el de Arthur.

—Por favor —dijo Hoffnar, mirando de reojo a Kira—, dejad que os acompañemos al Corazón. Tenemos mucho que discutir. ¿Habéis comido? Podemos encargarnos de que preparen algo de comida.

—La comida sería…

Oleg apretó los labios tras recibir una mirada fulminante de Arthur.

El rey rara vez reprendía a quienes le servían, pero Calen estaba empezando darse cuenta de la dureza oculta bajo sus amables modales. Aunque Oleg era el emisario enano, ahora se encontraba en compañía de reyes y reinas. Era su turno de callar.

—No pasa nada, Hoffnar —dijo Arthur—. Salimos hacia los Túneles del Viento tan pronto como recibimos tu mensaje.

Puede que nos rujan un poco las tripas, pero podemos esperar a la cena.

Como todos sabemos, desde que nuestros compañeros regresaron de su viaje, el Imperio ha establecido un bloqueo a unos tres días de marcha de Belduar.

Dado que aún no se conocen sus intenciones y que ha aparecido un draleid, estoy seguro de que comprenderéis la necesidad de actuar con rapidez.

—En efecto —respondió Hoffnar.