Capítulo 30. Un peón en el juego #2
—Los enanos son tercos —afirmó Therin—. Son orgullosos y pueden ser muy mordaces, pero siempre han sido leales a los draleid y a la Orden.
Te pondrán a prueba, pero recuerda que no solo tienes que demostrarles tu valía.
Ellos también tienen que demostrarte la suya. Ahora eres un draleid. No lo olvides.
Calen se permitió una breve sonrisa.
«Soy un draleid».
No pudo evitar mirar a Valerys, que esperaba inquieto a su lado.
Sentía la impaciencia del dragón arañándole por dentro.
Era su propia impaciencia. Incluso cuando estaban separados, Calen sentía al dragón.
Su ira, su hambre. Todo. Cada día, el vínculo entre ellos se hacía más fuerte; cada vez le resultaba más difícil separar sus propias emociones de las de Valerys.
—Nos vemos cuando vuelva, Therin. Gracias.
El elfo se limitó a asentir y abandonar el rellano.
—Maese Bryer, si estás listo, partiremos enseguida. —Oleg estaba de pie al borde del rellano, junto al puente de cuerda, con una sonrisa peculiar en el rostro.
—Sí, por supuesto. Lo siento.
Pasó junto a Oleg y se subió al puente de cuerda.
Contuvo un grito y se agarró a las cuerdas temiendo por su vida cuando el puente se balanceó inesperadamente bajo su peso.
Levantó la cabeza bruscamente al sentir un rugido burlón de Valerys, que se deslizó por encima de él y luego se abalanzó sobre la plataforma del Cresta de la Ola.
Calen aceleró el paso para no pasar más tiempo del necesario en el puente.
—¿Son capaces de construir una máquina como esta, pero no pueden construir un puente en condiciones?
Detuvo su diatriba al ver que todos los que estaban en la plataforma lo miraban. Arthur sonreía con aire burlón, mientras que Falmin se reía abiertamente.
—Muy cierto, maese Bryer —dijo el navegante entre risas—. Siempre lo digo. A menudo nos olvidamos de los pequeños detalles, así es.
Calen no estaba seguro de si se estaba burlando de él. No lo creía, pero era difícil saberlo. Su tono parecía tener siempre un trasfondo de sarcasmo.
—Si te sirve de consuelo —dijo Oleg jadeando, mientras se secaba el sudor de la frente al saltar a la plataforma—, viajo más en estas cosas que en caballos, y siempre me aterra. Tanto los correvientos como los puentes.
El vientre del emisario se hinchó un poco más mientras dejaba escapar un suspiro de alivio y se dejaba caer en uno de los asientos que estaban fijados a la plataforma.
—Veo que Valerys ha encontrado sus alas —dijo Aeson, mientras Calen se sentaba a su lado—. Es algo hermoso, ver volar a un dragón.
Calen se volvió para mirar a Valerys, que se acercaba a él con paso sigiloso, haciendo clic con las garras sobre la plataforma metálica.
—Fue… increíble. No…
—Está bien, está bien —dijo Falmin. Se colocó frente a la plataforma circular, balanceándose sobre una barra transversal que descendía desde el primer anillo interior—.
Si todos habéis tomado asiento, aseguraos de abrocharos bien el cinturón y disfrutaremos de un buen viaje.
Si necesitáis vomitar, por favor, apuntad hacia abajo.
—Falmin hizo una pausa y dirigió su atención a Asius, que no cabía en ninguno de los asientos—. Quizás tengas que agarrarte a algo…
La amplia sonrisa del navegante no era muy reconfortante, pero no pareció molestar a Asius, que se limitó a asentir y se agarró a una de las barandillas cercanas.
Los ojos de Falmin se posaron en Valerys, que estaba acurrucado en el suelo junto a los pies de Calen. Se llevó el puño a los labios tensos.
—Eso… Sí… No estoy seguro de qué puedes hacer con él. ¿Tiene correa? —Valerys levantó la cabeza y mostró los dientes mientras soltaba un ligero gruñido. Un profundo rugido resonó en su pecho—. Muy bien. Sin correa. Entendido. Quizás baste con sujetarlo.
Calen oyó a Arthur reírse cuando Valerys volvió a bajar la cabeza al suelo, y no pudo evitar unirse a él.
Falmin se colocó las extrañas gafas sobre los ojos.
La lámina de cobre a los lados de las lentes se ajustaba perfectamente a sus mejillas y nariz.
Exhaló, estirando el cuello de lado a lado, y se volvió hacia la parte interior del túnel.
Calen sintió el cosquilleo en el fondo de la mente que había llegado a reconocer como la señal de que alguien cercano a él estaba extrayendo la Chispa. Se irguió, la mirada fija en Falmin.
Este alzó las manos lentamente, con las palmas hacia arriba.
Calen casi podía verlo. Los hilos del Aire se entrelazaban, moviéndose en cientos de direcciones, envolviendo la máquina en una esfera de viento.
Un chirrido metálico sacudió la plataforma cuando los anillos comenzaron a girar.
El Cresta de la Ola empezó a moverse mientras los anillos giraban alrededor de la plataforma en direcciones alternas, cada vez más rápido, hasta que empezaron a verse borrosos.
Solo el anillo interior parecía permanecer inmóvil.
Calen sintió que la plataforma temblaba, vibrando ferozmente.
De pronto se pusieron en marcha, cruzando el túnel a velocidades que Calen ni siquiera sabía que eran posibles.
Las paredes del túnel no cambiaban, por lo que era difícil calcular la velocidad.
Los anillos giratorios provocaban una neblina casi constante, difuminando todo lo que había fuera de la plataforma.
Pero cuando Calen volvió la vista atrás, vio la tenue luz de la boca del túnel, que se reducía a una velocidad asombrosa, hasta que no fue más que una mota.
Se volvió hacia Aeson, sentado a su lado, con la hebilla del cinturón bien ajustada sobre el pecho. Algo le parecía extraño, pero no conseguía averiguar qué era.
Aeson se volvió y vio que Calen lo miraba con los ojos entrecerrados. Alzó una ceja.
—¿Qué haces?
—Hay algo… —murmuró Calen—. Algo… ¡Tu pelo!
Aeson frunció el ceño.
—¿Qué pasa con mi pelo?
—¡No se mueve! Incluso cuando montas a caballo, el viento te agita el pelo, pero ahora ni siquiera se mueve. ¿Qué está… haciendo?
Aeson siguió la mirada de Calen hasta Falmin, que estaba de pie al frente de la plataforma, con las rodillas ligeramente flexionadas y los brazos abiertos.
El joven sintió una punzada de irritación al notar la sonrisa burlona en el rostro de Aeson.
Su rostro solía ser tan impasible que una sonrisa burlona parecía aún más sarcástica de lo que lo sería en otro hombre.
—Sigue los hilos, Calen —dijo Aeson—. Léelos. Aprende.
Calen se concentró en Falmin. Aunque alguien que extraía energía de la Chispa no necesitaba usar su cuerpo para dirigir los hilos, era casi como un reflejo.
La mano izquierda de Falmin giraba hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia arriba y hacia abajo.
Dirigía el Cresta de la Ola a través de los túneles.
La derecha, sin embargo, permanecía constante. Se movía repetidamente alrededor del mismo espacio, los dedos contrayéndose y expandiéndose. Como si estuviera alisando la superficie de una bola.
—Está bloqueando el viento —murmuró Calen.
Su mirada se desplazó del navegante a los hilos del Aire, que giraban alrededor de la plataforma en sincronía con los anillos giratorios.
—Exactamente —dijo Aeson. Su sonrisa era casi orgullosa—. Estás aprendiendo rápido.
Calen no pudo evitar sonreír. No sabía muy bien por qué, pero un cumplido de Aeson tenía el doble de valor que el de la mayoría de los demás.
Sin previo aviso, todo cambió. Calen se agarró al armazón de su asiento, inseguro.
Se sentía ingrávido. Entonces miró hacia fuera, más allá de los anillos borrosos.
Habían salido del túnel cerrado y ahora se precipitaban a través de una caverna abierta.
El corazón se le cayó al estómago. Sus latidos le provocaban náuseas.
La caverna se extendía en ambas direcciones hasta donde alcanzaba la vista de Calen y más allá.
Ni siquiera necesitaba mirar hacia abajo.
Sabía que no vería el fondo. Solo fueron unos segundos, pero le parecieron una eternidad.
Un fuerte golpe sacudió la plataforma cuando entraron en un nuevo túnel al otro lado de la caverna.
Calen cerró los ojos durante un minuto, haciendo todo lo posible por ralentizar su respiración.
«Vamos a morir aquí abajo».
Justo cuando se calmó lo suficiente para poder volver a abrir los ojos, algo golpeó su hombro, haciéndolo chocar contra el respaldo de su asiento.
—Joder… —murmuró.
Extendió el brazo hacia atrás, inclinándose un poco hacia delante cuando su pulgar rozó un punto sensible justo bajo el omóplato.
—¡Lo siento! —gritó Falmin sin mirar atrás.
Calen comprendió entonces por qué llevaba aquellas gafas tan extrañas. Si una ráfaga de viento como esa atravesaba la barrera, no podría ver nada. La idea de chocar contra algo a esa velocidad le provocó un nudo en el estómago.
Por fin sintió que reducían la velocidad. Una pequeña mota de luz en la distancia se hacía más grande por segundos.
—No te pongas nervioso —susurró Aeson.
Calen frunció el ceño.
—No estoy nervioso —mintió.
Aeson asintió con la misma sonrisa burlona en el rostro.
Hubo una breve sacudida cuando el Cresta de la Ola se detuvo justo antes de la entrada de la cueva. Falmin dio media vuelta, se quitó las gafas y se las colocó sobre la cabeza. Su rostro seguía mostrando arrogancia, con una leve sonrisa que le torcía la comisura de los labios.
—Bueno, dejando de lado un poco de viento… —Hizo una pausa, como si esperara una ronda de aplausos por su broma. Una mirada de decepción cruzó su rostro cuando no recibió ninguno—. Aquí estamos, sanos y salvos. Durakdur. Si me dais un momento, extenderé el puente y podréis seguir vuestro camino.
El navegante pasó junto al grupo y se dirigió al borde de la plataforma. Recurriendo a los hilos del Aire, lanzó el puente de cuerda arrugado hacia otro rellano de piedra que esperaba para recibir a los pasajeros del barco.
Calen sintió una mano en el hombro.