Capítulo 30. Un peón en el juego
UN PEÓN EN EL JUEGO
D ecir que a Dann no le hacía ninguna grada no poder ir con Calen a ver a los enanos era quedarse corto.
Pero al menos lo entendía. Cierto que no se le había visto mucho en los últimos días, algo habitual cuando Dann se interesaba por una chica.
Por otro lado, a Dann seguramente le habría ido mejor persiguiendo un ganso salvaje que a Alea o Lyrei.
Las dos eran más que rivales para él y parecían disfrutar haciéndolo pasar por el aro, lo cual no era del todo desagradable para Calen.
Vaeril y los otros elfos eran otra historia.
—Draleid, juramos ir contigo dondequiera que fueras, incluso al vacío o más allá. No puedes pedirnos que incumplamos la palabra dada.
Vaeril solía ser una persona plácida. Él y Calen habían empezado a estrechar lazos, pero el joven se dio cuenta por el tono de voz del elfo de que tendría que medir bien sus palabras.
—Vaeril, no te pido que desobedezcas tu juramento. Dejaste tu hogar y me has seguido hasta Belduar. Incluso antes de eso, me salvaste la vida. Te pido que confíes en mí.
—La confianza hay que ganársela, draleid.
Ellisar era el elfo con el que Calen había pasado menos tiempo desde su llegada a Belduar. Pasaba mucho tiempo con Dahlen, practicando en el patio. Eso le dejaba un mal sabor de boca inconsciente a Calen, pero lo que decía el elfo no era injusto.
—Asegúrate de que Aeson siga entrenando contigo mientras yo no esté allí —dijo Gaeleron. No era una pregunta.
—Draleid, debes entender que si te ocurriera algún daño mientras estás con los enanos y no estuviéramos allí para evitarlo, nos perseguiría la deshonra.
Alea solía tener los ojos brillantes y ser alegre. Pero en este caso, tenía el rostro tan impasible como el de Aeson.
Calen había cometido el error de pensar que estaban preocupados por él, pero resultó que lo único que les preocupaba era el daño a su honor. Eso le dolió.
—Debo irme. Los enanos no os han invitado y, por lo que he aprendido de las enseñanzas de Therin —el nombre provocó una mueca de desprecio en más de un rostro, pero ninguno dijo nada—, los enanos son extremadamente selectivos respecto a quiénes permiten entrar en sus tierras.
No podéis venir. Me aseguraré de no morir para que vuestro honor permanezca intacto.
Calen vio un toque de dolor en algunos rostros mientras salía furioso de la habitación. Pero sabía que solo estaban dolidos porque sabían que los había puesto en evidencia.
Therin había intentado explicarle qué eran los Túneles del Viento, sin éxito. Lo único que recordaba era que los enanos los habían construido hacía mucho tiempo y que permitían viajar con rapidez entre los reinos del Dominio Libre de los Enanos y Belduar.
—Conal, ¿has utilizado alguna vez los Túneles del Viento?
La mirada de confusión en el rostro del chico le indicó a Calen que ya debía saber la respuesta, pero Conal fue muy educado.
—No, mi señor. Los he visto muchas veces, pero nunca los he usado. No hay mucha gente que viaje a los reinos enanos, mi señor, y los enanos nunca vienen aquí. Dicen que ayudaron a nuestros antepasados a construir este lugar, pero nunca los he visto.
Calen aún no había conseguido que el chico dejara de llamarlo «señor». Lo había intentado, pero Conal insistía, lo que le resultaba incómodo. La mayoría de la gente no se daba cuenta. Dann solía reírse: «¡Oh, mi señor! ¿Te traigo un poco de té, mi señor?».
—Aquí estamos, mi señor. Los Túneles del Viento.
—Gracias, Conal.
Calen enmudeció. Ante él se extendía un enorme patio que parecía haber sido excavado en la montaña.
El cielorraso formaba parte del propio monte y se elevaba unas sesenta varas por encima del liso suelo de losas.
Seis pasillos, enmarcados por edificios a ambos lados, atravesaban la ciudad principal de Belduar y servían de entrada a los Túneles del Viento.
Calen había salido al patio a través de uno de esos pasillos.
En el lado opuesto había cinco círculos, enormes y perfectos, excavados en la pared rocosa.
Cada uno medía al menos doce varas de diámetro y tenía delante un rellano de piedra con una escalera a un lado.
Incluso desde donde se encontraba, Calen podía ver que cada entrada circular estaba conectada con túneles que se adentraban en las profundidades de la montaña.
Los demás ya lo estaban esperando en el rellano frente al primer túnel. Therin e Ihvon también se encontraban allí, junto con un puñado de miembros de la Guardia Real, con las armaduras bruñidas y las pesadas capas púrpuras.
—Vamos, Valerys. Nos están esperando —dijo Calen mientras se dirigía al rellano.
El dragón, que iba junto a él, alzó la cabeza y la inclinó ligeramente hacia un lado.
Era como si estuviera aguzando el oído, como si oyera algo que Calen no podía oír.
Cuando este prestó atención, percibió un silbido grave, como cuando se llevaba a la oreja las conchas que encontraba en la costa de Molinar.
Era relajante. En cierto modo lo hacía sentir como en casa.
Llegó a lo alto de las escaleras y salió al rellano.
En la entrada del túnel había una especie de máquina con tres enormes anillos concéntricos dorados encajados uno dentro del otro.
El más externo presionaba contra la pared del túnel, con una serie de enormes rodamientos de bolas incrustados a lo largo de su borde exterior.
En el centro de los anillos había una plataforma circular hecha del mismo metal dorado, enmarcada con paredes metálicas bajas.
La plataforma tenía un espacio abierto en el centro, mientras que en la parte exterior había asientos fijados a la base.
Calen podría haber pasado años contemplándola sin llegar a comprender lo que tenía delante. Nunca había visto nada parecido en su vida.
—Magnífico, ¿verdad? —Arthur parecía deslizarse por la piedra hacia Calen, tal era la lánguida confianza con la que se movía—.
Los enanos los llaman correvientos. Son capaces de todo tipo de maravillas mecánicas, Calen, pero esto…
No hay nada igual en ningún otro lugar del mundo conocido.
Estoy emocionado por ver qué te parece el viaje.
Calen sintió un nudo en el estómago. La idea de estar dentro de esa cosa mientras se movía le hacía temblar las rodillas.
Arthur debió notar el cambio en su expresión. Una risa se coló en su voz.
—Vamos, partiremos en breve. Te presentaré al navegante. —Le dio una palmada en la espalda a Calen, dirigiéndolo hacia el resto del grupo—. Calen Bryer, te presento a Falmin Tain, navegante del Cresta de la Ola y miembro del Gremio de Correvientos.
El navegante era un hombre fibroso de pelo negro peinado hacia atrás.
Llevaba una sencilla camisa de algodón con las mangas remangadas por encima de los codos y unos gruesos pantalones de algodón metidos dentro de unas robustas botas de cuero.
Usaba unas extrañas gafas atadas a la parte superior de la cabeza; eran de cristal oscuro, casi negro, y brillaban con múltiples colores cuando les daba la luz.
Se veía una lámina de cobre fundida en la montura, cubierta en los extremos con cuero acolchado.
Se sujetaban a la cabeza con una correa de cuero y tenían una hebilla para ajustarlas. Eran realmente extrañas.
—Es un placer conocerte, maese Bryer —dijo Falmin, estrechando la mano de Calen—.
Y a ti también… —Añadió, volviendo su atención hacia Valerys, que le mostró los dientes en un gruñido—.
Mientras no me arranques el brazo, serás el primer dragón que monte un correvientos.
Menos mal que aún no has crecido del todo.
¡No los hicieron pensando en los dragones!
Había en él una especie de arrogancia entrañable que Calen no podía evitar admirar.
—Si me disculpáis, voy a asegurarme de que esta señorita esté lista para partir.
Sin esperar respuesta se dirigió hacia un puente de cuerda que conectaba el aterrizaje con la plataforma del Cresta de la Ola.
—¿Todo listo? —preguntó Therin. Calen asintió sin decir nada—. Bien. Entonces, ¿a Dann no le importó que lo dejaran solo?
Therin esbozó una sonrisa irónica que daba a entender que ya sabía la respuesta. Calen suspiró.
—No, lo entendió. Los elfos, sin embargo…, no están particularmente contentos conmigo.
Therin nunca mostraba el mismo desprecio hacia los elfos de Aravell que ellos mostraban hacia él. Al contrario, había una punzada de pesar en su voz cada vez que hablaba de ellos.
—Han hecho un juramento de protección, Calen. Sé que aún no hemos hablado mucho sobre la cultura élfica, pero el honor… el honor lo es todo para un elfo. Sin él, no tenemos confianza. ¿Cómo puedes confiar en alguien sin honor? Eso les dice a los demás quién eres.
Calen no pudo evitar que un hilo de indignación se colara en sus palabras.
—Claro que lo entiendo, no hablaban más que de su honor. ¿Qué sentido tiene jurar protegerme si ni siquiera me escuchan?
Calen creyó ver decepción en los ojos de Therin. El elfo suspiró y posó la mano sobre el hombro del joven.
—Juraron protegerte, no obedecerte. Y no solo eso, sino que se ofrecieron voluntariamente a prestar ese juramento. Eligieron abandonar su hogar y todo lo que conocían en Aravell para seguirte. Han demostrado su honor. Ahora tú debes demostrarles el tuyo.
Calen se encontró buscando algo en el suelo en lo que fijar la mirada. Se sentía como un idiota.
—Ven —dijo Therin—. El día que dejemos de aprender será el día en que nos consumirá lo que no sabemos. No pierdas el tiempo. Solo he viajado una vez en un correvientos. Es toda una experiencia.
Therin le dio un pequeño empujón a Calen, dirigiéndolo hacia el puente de cuerda donde Oleg lo esperaba. Los demás ya habían cruzado hacia la plataforma del Cresta de la Ola.