De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 29. Hacia lo alto
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Capítulo 29. Hacia lo alto

HACIA LO ALTO

E l sudor goteaba de la frente de Calen mientras paraba un golpe descendente de Erik.

—Bien. Mantén la guardia alta —dijo Gaeleron.

Desde que habían llegado a Belduar, el elfo había dejado de entrenar con Calen y se había dedicado a observarlo entrenar con otros. De esa manera le resultaba más fácil evaluar el progreso del joven.

Un sonido metálico resonó en el patio del Círculo Interior cuando las espadas de Calen y Erik se cruzaron en una ráfaga de golpes. A simple vista, parecían estar igualados, pero Calen sabía que siempre estaba a un solo error de sufrir una nueva contusión.

Había una sonrisa cómplice en el rostro de Erik mientras ambos trazaban un amplio círculo. En un movimiento rápido, se abalanzó como una víbora que había acorralado a una liebre. Calen retrocedió y adoptó la postura del Lobo Paciente.

Los golpes de Erik eran duros y rápidos, como siempre. Calen contó los latidos de su corazón, esperando una oportunidad.

Uno.

Erik golpeó dos veces en la parte alta. Las vibraciones sacudieron el brazo de Calen mientras paraba ambos golpes.

Dos.

Apenas logró bajar la espada a tiempo para bloquear el golpe descendente que siguió. Tendría que haberle dado; solo una advertencia en el fondo de su mente por parte de Valerys le permitió detenerlo.

Tres.

Saltó hacia atrás, esperando que Erik lo siguiera.

Cuatro.

Erik se lanzó tras él.

Cinco.

Calen vio su oportunidad y se lanzó adelante.

Todo sucedió demasiado rápido. Erik se giró con la velocidad de un kato y bajó la espada sobre la de Calen, tirándola al suelo con estruendo. Un dolor rugiente estalló en la cara de Calen cuando el codo de Erik voló hacia atrás y se estrelló contra su nariz, tirándolo al suelo.

—¡Debes estar atento! —gritó Gaeleron cuando Calen golpeó la piedra.

El joven ni siquiera intentó levantarse. Se quedó allí tumbado, mirando al cielo. Le latía la cabeza, le zumbaban los oídos y notaba el sabor de la sangre en la lengua. Si se quedaba allí un poco más, tal vez no tendría que hacer otra ronda.

Una sombra bloqueó la luz del sol.

—No debes quedar expuesto al atacar —suspiró Gaeleron, de pie junto al cuerpo tendido de Calen—. Ya es suficiente por hoy; no quiero que Therin se queje otra vez de que estás demasiado agotado para escuchar sus hechizos y sus historias.

Habían pasado dos semanas desde que Oleg se había ido al Dominio Libre de los Enanos.

Mientras tanto, Therin había decidido no solo instruir a Calen en las artes mágicas, sino educarlo en la historia de Eferia.

Le enseñó las costumbres y culturas de las numerosas razas que habitaban el continente y cómo era la tierra antes del auge del Imperio.

Insistía en que, si Calen quería ser útil a alguien como draleid, su comprensión no podía limitarse a la gente de los pueblos del oeste de Illyanara.

El humor de Gaeleron empeoraba cada vez que se mencionaba a Therin; su voz rezumaba sarcasmo cada vez que hablaba de sus enseñanzas, sus «hechizos e historias», como los llamaba.

Calen no se atrevía a tratar el tema directamente con Therin, pero saltaba a la vista que había una extraña tensión entre él y los elfos de Aravell, excepto Vaeril, que era casi todo lo contrario. Su actitud hacia Therin rayaba en la reverencia. Calen no sabía qué pensar de todo aquello.

Se apoyó en los codos y, agotado, soltó todo el aire. Sentía el sudor resbalándole por la frente. Vio que Erik se agachaba a su lado en un estado muy similar.

—Ha estado bien —jadeó, apoyando los codos en las rodillas—. Siento lo de la nariz. Intenta no esforzarte demasiado. Al menos Gaeleron parece estar simpatizando contigo. Es un poco rígido, ¿no?

Gaeleron alzó una ceja.

—Creo que puede que te haya oído —susurró Calen, ignorando el dolor que le punzaba en la nariz mientras intentaba reírse.

—Ah, no pasa nada. ¡Buena lección, Gaeleron! —Erik le guiñó un ojo a Calen con descaro mientras se ponía en pie—. Voy a por agua. ¿Quieres?

—Por favor.

Justo cuando Erik se alejaba, Calen sintió que algo se agitaba en el fondo de su mente.

Giró la cabeza y vio a Valerys levantarse del lugar donde había pasado la mayor parte de la tarde tomando el sol.

Calen no estaba seguro de si era porque Arthur le había dejado elegir cada día las cabras u ovejas que quisiera, o si era simplemente la forma en que crecían los dragones, pero Valerys casi había duplicado su tamaño en las últimas semanas.

Era del tamaño de Faenir; al menos dos varas desde el hocico hasta la cola.

La mandíbula se había ensanchado, el hocico se había alargado y el pecho era más profundo.

Las crestas de cuernos que enmarcaban su cuello y su cara eran más largas y afiladas.

Su cuello era más grueso, más musculoso, y las franjas que recorrían todo su cuerpo eran más pronunciadas.

Sus extremidades delanteras, antes débiles y delgadas en comparación con las traseras, se habían vuelto fuertes y poderosas.

Mientras Calen observaba a Valerys acercarse, las blancas escamas brillando al sol, no pudo evitar mirarlo con asombro.

Aún estaba muy lejos de los dragones de las leyendas, pero ya no era la criatura vulnerable que había salido de aquel huevo.

Los pálidos ojos lavanda de Valerys se pusieron a la altura de los de Calen cuando el dragón se detuvo frente a él.

Una cálida sensación inundó la mente de Calen, un reconocimiento consciente.

Confort. Calen cerró los ojos y colocó las manos a ambos lados de la cabeza de Valerys, tocando con la frente la punta del hocico del dragón.

— Draleid n’aldryr —susurró Calen.

No estaba seguro de por qué lo decía, las palabras habían tocado su lengua sin pasar por su mente, pero le parecieron adecuadas.

«Dragón unido por el fuego». Notó la sensación de reconocimiento por parte de Valerys, una mezcla de emociones y colores que de alguna manera imitaban las palabras.

Luego percibió algo más: un anhelo por algo que Calen no reconocía.

De pronto sintió un repentino destello en el fondo de su mente y lo entendió.

—Ve —dijo al tiempo que abría los ojos.

Sin esperar otra palabra, Valerys sacudió el cuerpo de un lado a otro como si se quitara unas cadenas imaginarias.

Las franjas de la parte posterior del cuello se erizaron mientras avanzaba hacia las paredes del círculo interior que daba a la ciudad.

Calen lo sintió como si fuera suyo: el impulso, la necesidad.

Valerys extendió las alas. Si había duplicado su tamaño, ellas habían crecido aún más. Eran tan blancas como la nieve más pura, con vetas negras que se extendían desde las extremidades delanteras y les daban forma.

Se oyó un golpe seco cuando Valerys batió las alas contra el aire.

Una ráfaga de viento barrió el patio. La necesidad que Calen sentía en el fondo de la mente solo se hizo más fuerte.

Lo quemaba por dentro, al igual que a Valerys.

Otro golpe seco impulsó al dragón hacia delante, levantándolo del suelo.

Calen sintió que sus pies se movían, siguiendo a Valerys mientras sus aleteos lo llevaban más alto, hacia las murallas.

Un golpe sordo. Las poderosas alas de Valerys lo elevaron en el aire.

Los cien hombres armados que montaban guardia en el borde exterior del patio dejaron escapar gritos de sorpresa.

Arthur había insistido en su presencia cada vez que Calen practicaba allí, como si el Imperio lorio fuera a invadir repentinamente el Círculo Interior si estaba solo.

Ignoró sus miradas boquiabiertas. Sus pies se movieron más rápido, saltando sobre las piedras del patio, hacia las escaleras que conducían a las murallas.

Valerys se encontraba al menos a seis varas sobre él y casi había alcanzado las murallas.

El corazón le latía con fuerza en el pecho mientras sus pies golpeaban los escalones de piedra.

Se sobresaltó de pronto al ver a Valerys elevarse más en el aire, superar la muralla y luego caer en picado por el otro lado.

Desapareció de su vista.

Pie izquierdo. Pie derecho. Las vibraciones recorrieron su cuerpo mientras subía las escaleras.

Justo cuando llegó a la cima y puso las manos sobre el parapeto, una mancha blanca pasó a toda velocidad a su lado, seguida de una inmensa ráfaga de viento.

El ruido que rasgó el cielo no se parecía a nada que Calen hubiera oído antes.

Era un rugido visceral que se propagaba por el aire, como un estruendo atronador que brotaba de las fauces de Valerys.

Algo latía dentro del joven mientras el dragón se elevaba por los aires.

Sentía la mente de Valerys como nunca antes lo había hecho.

Cerró los ojos; no los necesitaba. Las emociones, los pensamientos, los sentimientos, las sensaciones…

Lo sentía todo. El poder que fluía a través de las alas del dragón mientras golpeaban el cielo.

El aire fresco que barría las escamas. El suave susurro del viento con cada ligero movimiento de las alas.

El calor del sol de la tarde en la espalda.

La emoción cruda y primitiva que recorría las mentes de ambos al mismo tiempo.

Se le pusieron todos los pelos de punta. Era la sensación de libertad más intensa que jamás había experimentado. Incluso con los ojos cerrados, podía ver cada movimiento de Valerys.

Permaneció allí durante lo que le parecieron horas antes de obligarse por fin a abrir los ojos y sumergirse a regañadientes de nuevo en sus propios pensamientos. Seguía sintiendo a Valerys, como siempre, pero la intensidad abrumadora había desaparecido.

Casi dio un salto cuando vio que Dann y Erik estaban a su lado.

No los había oído acercarse, debían de haber oído el rugido de Valerys.

—Increíble…