De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 28. Hermano
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Capítulo 28. Hermano

HERMANO

R ist dio un respingo al oír llamar a la puerta.

Sin saber por qué, dobló la esquina de la página y escondió el libro bajo las sábanas de la cama.

No había gran cosa en la celda: un camastro con armazón de madera, un escritorio para leer y escribir sobre el que había una vela, dos sillas de madera, una mesita, una pequeña cómoda y una alfombra de lana.

No había cuadros, adornos o decoración de ninguna clase.

No podía ser más sencilla, lo que no le importaba gran cosa.

Como de costumbre, quien había llamado a la puerta no esperó a que lo invitaran a entrar.

Era un individuo de mediana edad de rostro plano, mandíbula prominente y pelo negro y corto.

Una túnica negra se asentaba en sus hombros y caía sobre su cuerpo.

Como era habitual llevaba una bandeja de plata cubierta con la cena de esa noche.

«Cordero asado, por el olor».

Si los cálculo de Rist eran correctos, llevaba allí casi dos semanas.

Todos los días transcurrían de la misma manera; se despertaba con el sol en una habitación vacía y con la puerta cerrada, comía una vez al día, y siempre le traía la comida la misma persona.

Cuando necesitaba asearse o hacer sus necesidades, lo hacía bajo vigilancia. Eso era todo.

—¿Estás bien?

Era la primera vez que le hablaba y la voz sonó más firme de lo que Rist esperaba. Tenía autoridad, lo que lo tomó por sorpresa.

Dos semanas. Le había traído la cena todos los días durante dos semanas y nunca había dicho una palabra.

—E… estoy bien. Gracias.

Una leve sonrisa se dibujó en el rostro del recién llegado cuando levantó la tapa de la bandeja de plata y dejó al descubierto dos platos de comida. Cordero, zanahorias, patatas y una jarrita de salsa de carne. La misma comida de todas las noches. Era mejor que en casa.

Pero nunca antes había traído dos platos.

El desconocido tomó los platos de la bandeja y los dejó sobre la mesa para a continuación colocar la bandeja y la tapa en el suelo, bajo la mesa. Cogió la jarra de salsa y bañó su plato con el líquido marrón de olor dulce.

—¿Salsa? —preguntó.

—Eh… Sí, por favor.

Rist aún no sabía qué pensar; quizá era todo un truco. No lo habían maltratado en todo aquel tiempo, pero tampoco lo dejaban irse. En realidad, nadie le había dirigido la palabra hasta ahora.

Al despertar el primer día dio rienda suelta a su enfado, lo que no le sirvió de nada, pues apenas le prestaron atención. Así que decidió probar con otra táctica. A menudo, un caballo responde mejor a una zanahoria que a un palo.

—Disculpa. ¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde están mis amigos?

El desconocido le indico con la mano que se acercara.

—Ven y siéntate. Hablemos.

A Rist le rugía el estómago y tampoco es que tuviese muchas más opciones. Llevaba varias semanas intentando que aquella persona hablara y había llegado la oportunidad.

Dejó la cama y se sentó en la silla vacía.

La comida olía de maravilla. Había intentado no comerla los primeros días, pero sus captores se habían limitado a sustituir el plato lleno por otro nuevo.

Al final, el hambre se hizo insoportable; se dio cuenta de que de haber querido matarlo podrían haberlo hecho con facilidad sin necesidad de envenenarlo.

Alzó la vista y contempló al carcelero, que masticaba un trozo de cordero. No había nada destacable en su rostro. Con un suspiro contenido, cogió los cubiertos que había junto al plato y se dispuso a dar cuenta de la cena. Sabía tan bien como olía.

—Estás en Al’Nasla —dijo su carcelero de repente, como si estuvieran manteniendo una conversación fluida—. En la embajada del Círculo de Magii del palacio, para ser exactos.

El tenedor de Rist cayó al suelo, haciendo tintinear la bandeja de plata que había debajo de la mesa.

—¿Estoy… estoy en Loria? —Su mente iba a mil por hora—. No puede ser. ¿Cómo es posible? Estaba en Resguardo, en Illyanara. ¿Cómo he llegado al norte?

Se detuvo. Necesitaba recomponerse. No tenía ni idea de por qué aquel tipo había empezado a hablar por fin, ni si volvería a hacerlo. Tenía que ser inteligente y hacer las preguntas adecuadas.

—¿Quién eres? ¿Por qué estoy aquí?

Su acompañante masticó la comida meticulosamente y tragó antes de responder:

—Puedes llamarme Garramon. Soy tu… guía. —Se detuvo un momento mientras consideraba algo—. Estás aquí porque te encontramos al borde del camino, a las afueras de Al’Nasla. No sé cómo llegaste allí, ni me importa. Estabas sucio y medio muerto de hambre. Te acogimos.

Rist alzó una ceja.

—¿Me acogisteis? Más bien me hicisteis vuestro prisionero. Estoy encerrado en esta habitación, sin poder salir a menos que me vigilen, e incluso entonces, solo para bañarme y hacer mis necesidades. A mí me parece que soy un prisionero.

«¿Cómo llegué al norte? Cálmate. Concéntrate. Respira».

Trató de recordar lo que había pasado, pero lo único que conseguía recordar era la pelea en las calles de Resguardo y a Dahlen llevándolo en brazos. Después, todo se volvió negro.

—¿Cautivo? Te dan de comer, ¿no? ¿Te visten? ¿Te han hecho daño? —Garramon no esperó una respuesta. La mirada resentida de Rist era suficiente—. Bueno, te he dicho mi nombre. Es justo que tú hagas lo mismo a cambio.

Rist no se había dado cuenta de que el otro no sabía su nombre.

—Me llamo Rist Havel.

—Encantado de conocerte. —Garramon se tragó otro trozo de carne, regado con salsa—.

Escucha, Rist, hay una razón por la que estás aquí y no en una taberna en quién sabe dónde, y creo que sabes cuál es.

Es la misma por la que no se te ha permitido vagar a tus anchas.

Y, por lo que sé, es la misma por la que acabaste al borde del camino.

Rist se tensó.

—No sé de qué estás hablando.

«Es imposible que lo sepa».

Garramon soltó el aire por la nariz mientras terminaba de comer. Limpió el cuchillo y el tenedor con un paño que sacó del forro de la capa y los dejó sobre la mesa, junto al plato.

—Estás entre amigos —dijo tras un largo momento de silencio.

Dirigió la mirada hacia la vela que había sobre el escritorio y giró la mano hacia arriba en el aire, terminando con un movimiento rápido. La mecha de la vela cobró vida con una llama que parpadeaba de un lado a otro.

—Tú…

Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Garramon.

—Sí, yo. Ya no estás solo, Rist. Teníamos que mantenerte bajo llave y vigilancia. Un mago novato puede ser un peligro tanto para sí mismo como para los que lo rodean cuando no está entrenado. Necesitábamos vigilarte. Y no te conocíamos lo suficiente para confiar en ti. Seguro que lo entiendes, ¿no?

El pulso de Rist se aceleró. No era así como había imaginado que sería este día.

«Un mago novato».

—Creo que sí.

—Bien. —Garramon juntó las manos y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en los brazos de la silla—.

Quiero enseñarte a usar tus dones. A no temerlos, a aceptarlos.

A no dejar que el miedo en los corazones de los demás te impida ser quien estás destinado a ser.

Nunca debemos apagar nuestra luz para que otros puedan brillar.

Rist se sintió invadido por una sensación de calidez. Era como si las palabras de Garramon fueran el remedio para algo que no sabía que lo afligía.

—Sí. Me gustaría mucho. De verdad.

—¡Fantástico! —Garramon aplaudió mientras se ponía de pie—. Empezaremos mañana. Te enviaré a buscar al amanecer. —Se volvió hacia la puerta—. Y a partir de ahora, por favor, llámame hermano Garramon.

—Sí, hermano Garramon —dijo Rist, con un toque de vacilación en la voz—. ¿Hermano Garramon?

—Sí, iniciado. ¿Qué pasa?

A Rist se le hizo un nudo en la garganta. Contuvo la respiración por un momento.

—Mis amigos… Mi familia. Me estarán buscando. Necesito verlos o contactarlos. Hacerles saber que estoy bien.

El mago se quedó un momento en la puerta, pensativo.

—Esta noche haré que alguien te traiga una pluma, tinta y pergamino. Si les escribes, podemos enviarles halcones.

—Gracias, hermano Garramon.

A la mañana siguiente al banquete, Ihvon llevó a Calen y Aeson a hablar con el emisario enano en Belduar.

Con el bloqueo lorio a solo unos días de marcha de la ciudad, se iba a celebrar una reunión con el Dominio Libre de los Enanos lo antes posible.

Arthur le había preguntado a Calen si quería formar parte de la embajada.

Era lo menos que el joven podía hacer, teniendo en cuenta que Arthur los había acogido en su casa.

No estaba seguro de qué esperar, pero se sorprendió al descubrir que Oleg Marylin era, de hecho, un humano y no un enano. Era un hombre corpulento, con un poco de barriga, calvo y con barba corta.

—No pasa nada —dijo entre risas cuando Calen se disculpó por la mirada de sorpresa en su rostro—.

Mucha gente se sorprende cuando descubre que el emisario del Dominio Libre de los Enanos no es un enano.

Los enanos de los montes Lodhar no han salido a la superficie en cientos de años, así que me encargo de sus intereses aquí arriba.

Oleg dejó el escritorio y se puso en pie mientras se alisaba la arrugada camisa de lino.

—Permíteme decirte que es un honor conocerte, Calen Bryer. Desde tu llegada ayer por la mañana se ha corrido la voz por toda la ciudad. Estaba deseando tener la oportunidad de conocerte; un draleid nada menos.

—Vamos, Oleg, no le subas los humos al chico —intervino Ihvon, cambiando su actitud amistosa por un tono autoritario.

—Sí. Perdona, mi señor —dijo Oleg, alzado las manos en señal de disculpa.

—No tiene importancia —respondió Ihvon—. Ahora bien, ¿has enviado un mensaje al Dominio Libre para organizar la reunión e informarles de la llegada del draleid?

—Aún no, mi señor. Estaba esperando noticias del rey, pero puedo enviar un mensajero inmediatamente, si así lo deseas.

—Por favor —respondió Ihvon con un alzamiento de ceja.

Con una sacudida, Oleg volvió a su escritorio.

Tomó una hoja en blanco de una pila que tenía detrás y un tintero y una pluma de un cajón a su izquierda.

Se puso a redactar la carta y al acabar, dobló el pliego y lo introdujo en un pequeño sobre color crema.

Derramó cera sobre el borde del sobre utilizando una vela de color púrpura oscuro que ardía en un lado del escritorio.

—Si no te importa.

—Un momento.

Ihvon rebuscó en el bolsillo y sacó un pequeño sello de latón. Lo presionó sobre la cera que se enfriaba, dejando la huella de un hacha y una espada cruzadas con una montaña al fondo. Era el mismo emblema que adornaba los estandartes del patio y del gran salón.

—Gracias, mi señor —dijo Oleg. Cogió el sobre y lo guardó en el bolsillo del abrigo—.

Pensándolo bien, creo que lo entregaré yo mismo.

Eso debería trasmitir mejor el deseo de una respuesta rápida.

Ya sabes cómo funciona el Dominio Libre.

Tardaré al menos una semana en volver, pero me daré prisa en la medida de lo posible.

—Haz cuanto puedas, Oleg. El rey está muy interesado en este asunto.

El hombre corpulento asintió y cogió una bolsa que colgaba del respaldo de la silla.

—Me voy ya, mi señor. Si me disculpas.

Calen, Ihvon y Aeson siguieron a Oleg fuera de la habitación.

Este balanceó la bolsa delante de él, rebuscando en su interior mientras se apresuraba por el pasillo.

En su prisa, dio una patada involuntaria a la pata de una mesa baja, lo que casi lo hace caer al suelo, pero se recuperó en el último momento.

—Qué tipo más extraño —comentó Aeson.

—Sí —dijo Ihvon—, pero de los buenos.