Capítulo 27. Polos opuestos #4
Hizo una reverencia antes de que Calen pudiera corregirlo. Era lo más alejado de un señor que alguien podía ser.
Respiró hondo antes de entrar. El salón estaba prácticamente igual que cuando Calen y su grupo habían llegado, con una excepción.
Ahora había una enorme mesa rectangular justo en el centro, repleta de frutas de todas las formas, tamaños y colores.
Algunas las reconoció: manzanas, naranjas, peras.
Otras, ni se atrevía a imaginar cómo se llamarían.
Frutas amarillas y curvas con piel correosa yacían junto a una pequeña con piel marrón cubierta de pelaje.
Calen acababa de coger una de las frutas peludas cuando Dann entró en el salón.
—¡Por los dioses! —exclamó, con la voz resonando en la sala—. No me voy a marchar de aquí, Calen. Podría haberme quedado en ese baño durante horas. ¡Y esta ropa! —Alzó los brazos y puso los ojos en blanco—. ¿Nos sentamos?
—No estoy seguro —respondió Calen, sin dejar de pasar el pulgar por la superficie de la fruta peluda—. Mira toda esta fruta. No creo que haya tanta en todos los puestos del mercado de El Claro juntos.
A Calen le costaba igualar el entusiasmo de Dann. No podía evitar pensar en cuánto costaría toda esa comida en su tierra natal.
—¡Lo sé! —exclamó Dann, con la voz amortiguada al morder profundamente una manzana.
No tardó mucho en llegar el resto del grupo al salón. Todos parecían muy diferentes con la suciedad eliminada de caras y cabellos, y con ropa limpia sobre ellos.
—No sé vosotros —dijo Erik, rodeando con los brazos los hombros de Calen y Dann—, pero yo estoy hambriento. ¡Pienso comer hasta que no quepa en estos pantalones!
Dann murmuró «Yo también» con la boca llena de manzana, lo que le valió una carcajada de Erik.
—Calen, Dann, Erik, Dahlen. Me gustaría presentaros a mi hijo, Daymon.
Calen ni siquiera había visto a Arthur entrar en el salón. El joven que ahora estaba a su lado era la viva imagen del rey, solo que parecía unos treinta años más joven.
—Encantado de conoceros —dijo Daymon, inclinándose ligeramente por la cintura—. Mi padre me ha dicho que todos habéis recorrido un largo camino para estar aquí. Espero que el viaje no os haya costado un alto precio.
Daymon aún no poseía el carisma natural que rezumaba cada palabra que salía de la boca de su padre, pero Calen supuso que eso era algo que se ganaba, no algo con lo que se nacía.
—Solo el que tenía que costamos —respondió Erik, con un gesto solemne en los labios.
—Muy cierto —dijo Arthur apesadumbrado. Debió de leer la expresión del rostro de Calen, porque cambió de tema de repente—. Ahora que ya nos conocemos todos, ¿por qué no comemos?
Una vez que estuvieron sentados, Arthur llamó al mismo joven ujier que había acompañado a Calen hasta el salón.
—Conal, ¿puedes avisar a la cocina de que suban la comida?
—Sí, mi rey. Iré a buscarlos ahora mismo.
—Gracias.
Eso era algo que a Calen le llamaba la atención de Arthur: la forma en que trataba a las personas.
En los pueblos, los ancianos siempre hablaban con aire de superioridad, incluso Erdhardt, a quien Calen consideraba un hombre amable y justo.
Sin embargo, allí estaban, en el gran salón de Belduar, sentados a la mesa con el rey.
No con el anciano de un pueblo ni con un señor local, sino con un rey.
No trataba a nadie como si fuera inferior.
No daba órdenes. Pedía. Su autoridad era evidente y no era débil, pero sabía que no necesitaba mandar.
Calen no había conocido a muchos reyes. En realidad, a ninguno. Pero de todos modos, algo le decía que era una cualidad poco común entre los que tenían poder.
—¿Que traigan la comida? —susurró Dann, inclinándose hacia el oído de Calen—. ¿Cuánta más puede haber?
Justo cuando Calen estaba a punto de asentir, una multitud de sirvientes irrumpió en el salón.
Algunos llevaban grandes bandejas de plata con carne humeante, patatas y verduras.
Otros, jarras de vino y cerveza. Cuando todos salieron del salón, no quedaba ni un palmo de espacio libre en la mesa de madera entre la gran cantidad de comida y bebida.
—No esperéis por mí —anunció Arthur—. ¡Comed, comed!
Calen observó que todos llenaban sus platos, charlando y bromeando entre ellos. Sintió una cálida sonrisa dibujársele en el rostro. Era la primera vez en mucho tiempo que estaban realmente a salvo.
Quizás podía permitirse sentir cierta satisfacción. Quería hacerlo, pero le resultaba casi imposible apartar de su mente las imágenes de sangre y muerte. Le resultaba extraño no sentir el peso familiar de la espada colgando de la cadera.
Erik debió de ver la expresión de su rostro.
—Tenemos que aprender a disfrutar de las pequeñas cosas —dijo con una leve sonrisa.
Calen asintió. Incluso Valerys estaba gozando como nunca. Sentado justo tras Calen, devoraba una pierna de cordero que Arthur le había preparado.
—¿No vas a comer? —preguntó Dann levantando una ceja.
—Sí, sí. Lo siento, me he quedado pensativo un momento. ¿Qué está bueno?