De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 27. Polos opuestos #3
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Capítulo 27. Polos opuestos #3

Erik y Dahlen siguieron el ejemplo de Aeson, mientras Dann miraba a Calen con incertidumbre. Los elfos permanecieron de pie.

—Levántate, necio —dijo el rey. Extendió el brazo y agarró el antebrazo de Aeson, de la misma manera que Aeson había hecho con Thalanil, y lo ayudó a ponerse de pie—.

Me alegro de verte. Cuando te fuiste a Valacia, una parte de mí temía que no volviéramos a vernos nunca más.

Y tus hijos… ¡Vaya, cómo han crecido otra vez!

Arthur tomó a Dahlen y Erik por los hombros, admirando su crecimiento como un tío cariñoso. Los ojos del rey se posaron de pronto en Calen… y en Valerys. Miró al dragón con incredulidad y luego volvió a mirar a Aeson, como para confirmar que sus ojos no le engañaban.

—Por los dioses… No solo recuperaste un huevo, sino que ya ha eclosionado y se ha vinculado. ¿Cómo es posible?

Arthur volvió la mirada hacia Calen y le tomó del brazo con el mismo gesto de reconocimiento.

—Muchacho, estoy encantado de conocerte. Decir que te he esperado toda la vida sería quedarse corto.

Arthur Bryne rebosaba sinceridad con cada palabra. No apartó la mirada y la sonrisa nunca pareció abandonar su rostro. Era tan carismático que cada palabra que pronunciaba parecía salir directamente de su corazón.

—Y tú —dijo, centrándose únicamente en Valerys—, eres una de las criaturas más impresionantes que he visto jamás. Las escamas son una auténtica belleza. Y esos ojos… —El rey estaba en su propio mundo mientras adulaba a Valerys, que estaba feliz por la atención—. ¿Cómo se llama?

—Valerys, majestad.

Arthur desdeño el tratamiento con un gesto de la mano.

—Basta ya de «majestad». Aunque no fueras un draleid, no soporto tanta formalidad. ¿Valerys, has dicho? Es un nombre muy adecuado.

Arthur se irguió hasta alcanzar su máxima estatura.

—Bueno, basta. Me daré el gusto más tarde. Seguro que todos estáis cansados y hambrientos. Os llevaremos a vuestras habitaciones y encargaré un banquete. Mi hijo, Daymon, anda también por aquí. Vamos, venid.

Calen sintió la luz cálida del sol de poniente acariciándole la espalda al colarse por la ventana.

Estaba más que agradecido por el baño caliente en el que acababa de sumergirse.

Sus músculos se sentían como nuevos. No creía que se fuese a acostumbrar jamás a bañarse en el agua fría del río.

Su débil sonrisa era tanto de alivio como de satisfacción mientras se ponía la camisa de lino.

Era como llevar una nube en comparación con las prendas de cuero a las que estaba acostumbrado.

Arthur había proporcionado a cada miembro del grupo sus propias habitaciones privadas, así como ropa limpia para el banquete, mientras que las criadas lavaban la ropa con la que habían viajado.

—¡Criadas! —murmuró mientras se echaba a reír quedamente.

«Ojalá estuvieras aquí para verme ahora, papá. Me darías una colleja por decir esa palabra en voz alta».

Una pizca de tristeza se apoderó de su corazón y se dejó caer en el borde de la cama. Allí sentado, por primera vez se le vino todo encima como una cascada.

Se habían ido. Su madre, su padre, Ella, Faenir… Haem. Toda su familia. No quería ni imaginar cuántas otras personas podrían haber perdido la vida en el caos de aquel día. Las caras pasaban por su mente. Jorvill Ehrnin. Mara Styr. Tach Edwin… Anya. Una enfermiza ingravidez invadió su cuerpo.

El siguiente rostro que vio fue el de Rist. Lo había abandonado. Lo había dejado con Dahlen. Lo había abandonado a su suerte, demasiado asustado para ir tras él. La ira se mezcló con su tristeza, burbujeando a través de ella. Ira hacia Dahlen, hacia sí mismo, hacia el mundo.

«Cuando sea más fuerte…, te encontraré».

El sonido de la cerámica rompiéndose le recordó a Calen que no estaba solo. Hinchó las mejillas y se secó una lágrima furtiva que le corría por la cara. Se permitió una risa contenida.

—¡Ven aquí!

La cabeza de Valerys asomó entre los escombros de dos macetas que antes habían contenido tulipanes y margaritas. Como Faenir cuando se mojaba, Valerys sacudió el cuerpo de la cabeza a la cola, haciendo que trozos de cerámica destrozada salieran disparados por la habitación.

—¡Eh! —gritó Calen mientras se protegía los ojos—. ¡Cuidado!

El dragón respondió a Calen con un bufido. Extendió las alas y saltó del suelo a la cama.

Calen se puso de pie y sus ojos se posaron en la espada, envainada y apoyada contra la pared del fondo. Instintivamente, extendió la mano hacia ella. Pero sabía muy bien que sería un insulto ir armado a la mesa de un rey. Sintió un momento de vacilación cuando la mano tocó la vaina de cuero.

«Aquí estamos a salvo, no la necesito».

—Vamos. —Rascó a Valerys por debajo del cuello, provocándole lo más parecido a un ronroneo que un dragón era capaz de emitir—. Vamos. No queremos llegar tarde a la cena. Hace tiempo que no comemos nada decente.

Mientras el ujier lo guiaba por escaleras sinuosas y pasillos laberínticos, Calen dio gracias a los dioses de que Arthur hubiera mandado a alguien que le mostrara el camino de vuelta al salón principal. De lo contrario, habría vagado sin rumbo durante horas.

El joven criado, de quince o dieciséis años como mucho, no dejaba de volver la vista para observar boquiabierto a Valerys, que caminaba a los pies de Calen, quien no pudo evitar el esbozo de una sonrisa irónica.

A menudo olvidaba lo extraño que debía de resultar aquello.

Hacía solo un mes, nunca había visto un dragón, y ahora Valerys le resultaba tan normal como el sol de la mañana.

—Gracias, Conal —dijo Calen cuando el joven lo dejó en la entrada del salón.

En realidad, no era mucho más joven que Calen, pero lo parecía.

—Es un placer, mi señor —dijo el chico.