Capítulo 27. Polos opuestos #2
Se frotó los ojos con los puños de forma exagerada antes de volver a mirar a Valerys, que chilló en respuesta. Ihvon dio un paso atrás involuntariamente, sorprendido. Una profunda carcajada brotó de su vientre mientras le daba una palmada en el hombro a Aeson.
—No hay un solo día en el que no me sorprendas —dijo, mientras meneaba incrédulo la cabeza—. Venid. Arthur tendrá incluso más ganas de veros ahora, si es que eso es posible. Podéis dejar los caballos aquí. Enviaré a alguien a buscarlos en breve.
Dio media y subió las escaleras, haciendo un gesto al grupo para que lo siguiera.
—Un dragón… —lo oyó murmurar Calen—. El muy cabrón lo ha conseguido.
En lo alto de la escalera, lo primero que vio fue el cielo azul pálido. Salieron a un enorme patio abierto en cuyas paredes rebotaba la fresca luz del día; la brisa les acarició el rostro.
No estaba seguro de cómo había imaginado que sería una ciudad construida en la ladera de una montaña, pero desde luego no era así.
El patio de piedra lisa era inmenso, tan grande como todo El Claro.
Estaba rodeado de muros de color gris piedra, tan gruesos como la altura de Calen, con grandes torres cuadradas en cada esquina.
De cada una de las torres colgaban largas banderas moradas y doradas, adornadas con un hacha y una espada cruzadas contra el fondo de una montaña.
En lo alto de cada torre había lo que Calen solo podía describir como una enorme ballesta, fijada al suelo con grandes placas de acero y pernos. Nunca había visto nada parecido.
A la derecha del patio, incrustada en la pared rocosa, se alzaba una enorme torre del homenaje que se elevaba hacia el cielo.
En la parte delantera se veían enormes puertas de madera maciza, arqueadas en la parte superior.
Medían fácilmente cuatro varas y media de ancho y seis de alto en su punto más elevado.
Calen tardó un minuto en darse cuenta de las dos columnas paralelas de soldados que ocupaban el patio, enmarcando el camino que salía del túnel.
Llevaban brillantes armaduras de placas, con hombreras y ondulantes capas púrpuras.
Los cascos les cubrían la mayor parte del rostro, dejando solo dos aberturas almendradas para los ojos y una estrecha rendija desde la nariz hasta la barbilla.
Era una visión impresionante. Parecían sacados directamente de las historias de Therin.
El primer instinto de Calen fue alcanzar la espada, algo que tuvo que reprimir con fuerza.
«Son amigos. Aquí estamos a salvo».
Notó la misma sensación de asombro y precaución por parte de Valerys. El joven dragón se acercó a los pies de Calen, contemplando el enorme el patio. Había crecido rápidamente durante sus viajes, aunque todavía tenía casi la mitad del tamaño de Faenir.
—El patio real —dijo Ihvon, abriendo los brazos y señalando hacia fuera—.
Este es el círculo interior de la ciudad.
Tiene las murallas más gruesas y las torres más altas de toda Eferia.
Nunca lo han traspasado en los más de dos mil años que lleva en pie.
—Había una mirada de orgullo resplandeciente en su rostro—. ¿Queréis ver la ciudad?
Se dirigió hacia las murallas antes de que nadie tuviera tiempo de responder a la pregunta. La columna de soldados se colocó a ambos lados de él mientras caminaba, rodeando al grupo entre ellos.
—No les prestéis atención —dijo—. Son la Guardia Real, y vosotros sois invitados de la máxima importancia.
»Las máquinas que veis montadas en lo alto de las torres son balistas.
Se instalaron con la ayuda de los enanos después la caída de la Orden.
Son una de las principales razones por las que el Imperio nunca ha podido tomar la ciudad.
Los virotes que disparan miden dos varas y media de largo y casi siete palmos de ancho.
Incluso los dragones se esconden de ellos —explicó Ihvon mientras subían la escalera en zigzag hasta lo alto de las murallas—.
He aquí la ciudad de Belduar —dijo, señalando más allá.
Calen sintió como si le hubieran quitado el aire de los pulmones. Ni en sus sueños más descabellados había imaginado algo así.
Era como si estuvieran al borde de un precipicio escarpado en el fin del mundo. La caída era tan grande que Calen no podía ver el fondo. Al oeste se alzaban las gigantescas montañas de Lodhar Occidental; al este, las llanuras de Illyanara se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
A cientos de varas más abajo, la extensa ciudad de Belduar estaba separada del Círculo Interior por un pesado puente de piedra que cruzaba un cavernoso abismo entre las dos zonas de la ciudad. Calen no pudo evitar pensar que si se cayera del puente, estaría cayendo hasta el fin de los tiempos.
La ciudad se organizaba en círculos concéntricos. Cada uno de ellos amurallado y con innumerables torres y un lanzador de proyectiles en el centro. El círculo más bajo, que tocaba las llanuras, estaba tan lejos que Calen solo podía distinguir las manchas marrones en lo alto de cada torre.
Justo más allá de las murallas exteriores de la ciudad se encontraba el legendario lago de Haftsfjord, donde el pueblo de Belduar compartió por primera vez el pan con los enanos.
Todas las historias de Therin pasaron por la mente de Calen mientras contemplaba aquella ciudad legendaria.
Era el último bastión de libertad en Illyanara, el único lugar donde el Imperio no extendía la mano a sus anchas.
Se asomó por las murallas. Se frotó los ojos con incredulidad al ver a un par de águilas planeando a menos de diez varas de donde se encontraba. Giraron y se lanzaron en picado por la escarpada pared del Círculo Interior. Sabía que tenía la boca abierta, pero no le importaba.
—No mucha gente tiene la oportunidad de ver el mundo desde donde estáis ahora —susurró Ihvon.
Apoyó los brazos en las murallas de piedra y contempló el espectáculo que tenía ante sí.
Calen no pudo evitar una sonrisa. El paisaje desde aquellas murallas era una de las cosas más increíbles que había visto jamás. Se arrodilló junto a Valerys.
—Volarás sobre esta ciudad tan pronto como hayas crecido.
El dragón agitó las alas y un rugido sordo escapó de su garganta.
—¡Pagaría unas monedas de plata para verlo! —dijo Dann, sonriendo de oreja a oreja—. ¿Cuánto tiempo tardará en volar?
—Depende —respondió Aeson—. Algunos dragones pueden volar con tan solo unas semanas de vida.
A otros les lleva un par de meses. Dependerá de cómo crezca y de cuánto tarde en poder soportar su peso con las alas.
Por lo que veo, será pronto. Parece que los dragones valacianos crecen más rápido que los eferianos.
Dann asintió.
—¿Y escupir fuego?
Esa misma pregunta había estado rondando la mente de Calen durante un tiempo.
—El fuego es complicado —dijo Therin, acercándose a Dann—.
Algunos dragones descubren su fuego interior con solo una semana de vida, aunque en esa etapa es apenas una llama débil.
Otros tardan casi un año en encontrarlo, pero entonces puede brotar como un río caudaloso, capaz de convertir una armadura de placas en acero fundido.
Hay muchas cosas que no sabemos aún y que nunca sabremos sobre los dragones.
—Vamos —dijo Ihvon, rompiendo el silencio pensativo—. Será mejor que nos pongamos en marcha. Estoy seguro de que el rey está deseando veros.
Solo cuando volvieron a cruzar el patio, Calen se dio cuenta realmente de lo enorme que era. Un espacio tan grande y abierto excavado en la ladera de una montaña… era increíble.
—Es una trampa mortal —comentó Ellisar, mientras sus ojos recorrían los amplios espacios abiertos.
—Así es, elfo —dijo Ihvon con naturalidad—.
Fue diseñado así. Todos los arqueros de las murallas de la fortaleza tendrían una línea de visión clara de todo el patio si alguna vez fuera violado.
Las balistas en lo alto de las torres de la fortaleza tienen un amplio rango de movimiento, capaces de apuntar directamente hacia el patio.
No es un lugar en el que me gustaría encontrarme si fuera enemigo del rey.
Mientras subían las escaleras que conducían hasta la entrada de la torre, Calen apreció el verdadero tamaño de las enormes puertas de madera.
No podía imaginar que hubiera nada que fuese capaz de derribarlas.
Justo cuando estaba perdido en sus pensamientos, se oyó un crujido atronador.
Las dos gigantescas hojas comenzaron a abrirse con un estruendo.
Los soldados que los flanqueaban aceleraron el paso, adelantándose al grupo y formando una guardia de honor en la fortaleza.
Calen observó que intentaban no quedarse boquiabiertos mirando a Valerys, que estiraba el cuello hacia arriba como si fuera un poni de exhibición.
Puede que parecieran soldados de leyenda con sus pulidas armaduras y sus capas púrpuras, pero no dejaban de ser humanos y probablemente nunca habían visto un dragón tan de cerca.
El salón interior era casi tan impresionante como la vista desde las murallas.
Los techos tenían casi doce varas de altura y estaban sostenidos por una extensa red de columnatas, con arcos entre ellas, de los que colgaban estandartes púrpura y dorados.
Al final del largo salón había un podio elevado, sobre el que se alzaba un trono de granito tallado con ornamentos.
—Aeson Virandr —exclamó el hombre sentado en el trono. Su voz resonó en el amplio salón.
A pesar de que no medía más de dos varas de alto y era de complexión tan fibrosa como la de Dann, Arthur Bryne irradiaba autoridad.
Parecía deslizarse por el suelo, con una oscura capa de color púrpura sobre los hombros.
Su cabello grisáceo y negro tenía mechas blancas a ambos lados, y una sencilla corona de oro entrelazado le coronaba la cabeza.
Era, sin duda, un hombre apuesto, a pesar de que parecía estar, por lo menos, en su quincuagésimo verano.
—Majestad —dijo Aeson, arrodillándose ante el rey.