De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 27. Polos opuestos
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Capítulo 27. Polos opuestos

POLOS OPUESTOS

C alen negó con la cabeza mientras hacía todo lo posible por mantenerse erguido en la silla de montar. Contuvo un bostezo. Sus párpados comenzaban a perder la batalla contra la gravedad. Desde la aparición del umbrío, Aeson los había presionado cada vez más para llegar a Belduar.

Apenas dormían cuatro horas por noche y cada momento que estaban despiertos lo pasaban en la silla de montar.

Estaba seguro de que había pasado inconsciente en la grupa del caballo tramos enteros del viaje.

Era un misterio el modo en que las bestias mantenían el ritmo, aunque Calen sospechaba que la Chispa tenía algo que ver.

Había visto a Vaeril y Therin cuidando de los caballos cada noche antes de cenar.

Le dolía todo el cuerpo. Tenía la espalda y las piernas rígidas de tanto cabalgar; sentía los muslos como si los hubieran desollado y los músculos del vientre le ardían con furia.

Durante las últimas semanas, su cuerpo había empezado a acostumbrarse a los dolores de la silla de montar, pero los últimos días lo habían llevado a un nivel completamente nuevo.

Incluso con el nuevo ritmo acelerado de Aeson, aún encontraba tiempo para que practicara las suertes de la espada, sin olvidar las lecciones con Therin y el entrenamiento con Gaeleron cada noche.

No estaba seguro de qué había hecho para que Gaeleron lo odiara tanto, pero el elfo parecía disfrutar dejando a Calen con nuevos moratones y cortes.

Era el único momento en que Calen lo veía sonreír.

—¿Cómo va la cabeza? —preguntó Erik entre bostezos mientras acercaba su caballo al de Calen.

Tenía ojeras oscuras y caídas bajo los ojos, normalmente alertas y vibrantes.

—Va —respondió Calen, torciendo la boca.

Se frotó distraídamente el bulto que tenía en la parte posterior del cráneo, donde había recibido un fuerte golpe de Gaeleron la noche anterior.

Aún le dolía. Sintió una oleada de irritación en Valerys al oír el nombre del elfo.

Un gruñido salió del pecho del joven dragón mientras se desplazaba junto a los caballos.

—Creo que se sentirá mejor después de una buena noche de sueño.

—Seguro —dijo Erik, riendo—. Sé lo que se siente. Y tú, Dann. ¿Cómo va la caza con Alea y Lyrei?

Dann se sonrojó cuando Erik acompañó su pregunta con un guiño pícaro.

El joven había pasado mucho tiempo con las gemelas durante las últimas noches.

Incluso había empezado a cazar con ellas y a unírseles en la guardia cuando podía.

Insistía en que era para aprender más sobre la artesanía de los arcos élficos, pero Calen tenía la sensación de que sus intenciones iban un poco más allá.

—Va bien. Estoy aprendiendo mucho —respondió Dann con brevedad, probablemente para evitar cualquier burla.

—Seguro que sí —dijo Erik con otro guiño que hizo que Calen se echara a reír.

—Oh, vete a la mierda.

Dann dio un golpecito en el costado al caballo y se adelantó, lo que solo hizo que Erik y Calen se rieran con más fuerza.

Al frente, Ellisar estaba de pie con las manos en las caderas.

—Esto parece un callejón sin salida.

El camino se cerraba en una pequeña oquedad, con paredes rocosas que se elevaban por todos lados.

—Las apariencias engañan —respondió Aeson.

Desmontó, tomó las riendas del bayo y lo condujo hacia la pared rocosa del lado derecho de la oquedad.

Metió la mano en la bolsa y sacó una piedra verde y lisa, con vetas blancas que ondulaban justo bajo la superficie.

Parecía hecha de cristal. Un ligero brillo rebotaba en su superficie cada vez que le daba el sol.

Therin había estado enseñando a Calen a identificar los diferentes hilos cuando otros portadores extraían la Chispa.

No se le daba especialmente bien, pero Therin había insistido en que era la forma más rápida de aprender.

No estaba seguro del todo, pero le parecía que Aeson estaba extrayendo hilos de Espíritu hacia la piedra, que de pronto empezó a pulsar con un brillo verde.

Calen parpadeó y se frotó los ojos con las palmas de las manos.

Donde momentos antes se veía una pared de piedra, totalmente sólida, ahora se alzaba la entrada de una cueva.

Tenía más de tres varas de ancho y dos y media de alto y parecía extenderse infinitamente hacia el interior de la montaña.

—Vale… He visto muchas cosas en este último mes, pero alguien va a tener que explicarme esto —dijo Dann.

Cruzó los brazos sobre el pecho en señal de protesta, mirando al frente con obstinación.

—Es un glamur —dijo Therin. Se bajó de la silla y se unió a Aeson en la entrada de la cueva—. Hmm. Magia antigua, algo que no se ve a menudo en estas tierras. Desapareció casi por completo con los gigantes. ¿La piedra es la clave?

Aeson asintió y guardó la piedra en el bolsillo del abrigo.

—Vamos —dijo—. Bajad de los caballos. A partir de aquí hay que caminar. El techo se volverá más bajo conforme nos adentremos.

Calen pasó la pierna por encima y saltó del caballo. Asintió a Dann, riéndose de la mirada gruñona de su rostro.

—¿Qué? —Ladró Dann. Frunció el ceño—. ¡Acaba de hacer aparecer un túnel en la ladera de una montaña!

—Técnicamente el túnel ya estaba ahí —interrumpió Erik, dando un codazo a Dann con el hombro. Frunció la nariz como diciendo «me limito a señalarlo», lo que le valió una mirada fulminante de Dann.

—Tiene razón —dijeron Lyrei y Alea al unísono, riéndose a costa de Dann. Calen no lo culpaba por probar suerte con ellas.

—Sí, vale —murmuró Dann mientras las dos elfas se adentraban en el túnel.

Una vez que hubieron cruzado todos la entrada, Aeson sacó de nuevo la piedra. Calen observó atentamente el modo en que trazaba hilos de Espíritu para volver a alzar el glamur, para a continuación guardársela en el bolsillo y ocupar su lugar al frente del grupo.

Aeson no había mentido. Cuanto más se adentraban en la cueva, más bajo se hacía el techo. Casi rozaba la cabeza de Calen, y los caballos tenían que agachar el cuello para pasar.

Las antorchas apagadas descansaban en soportes de hierro fundido, fijados a las paredes a ambos lados del túnel a intervalos regulares.

Mientras el grupo pasaba, Aeson lanzó finos hilos de Fuego hacia el exterior; un cosquilleo recorrió la espalda de Calen cuando las antorchas se encendieron una a una, superponiendo su luz.

El túnel parecía excavado a mano. La superficie de la piedra estaba lisa, casi pulida.

Extendió la mano y la rozó con la punta de los dedos.

—Se excavó usando la Chispa. —Calen se volvió y vio a Vaeril caminando a su lado.

El elfo no lo miraba a él, sino más allá, estudiando las paredes del túnel—.

Utilizamos técnicas similares cuando construimos nuestro hogar en Aravell.

Según las historias que he leído, era habitual que los enanos contrataran a magos para este fin.

Hacía que la construcción de ciudades y redes de túneles fuera mucho más eficiente.

Aunque nunca lo he visto con mis propios ojos.

—Es increíble.

Vaeril asintió con una suave sonrisa en el rostro.

Tardaron al menos una hora en atravesar el túnel iluminado con antorchas antes de llegar a una reja de hierro fundido en un hueco de la pared.

Una escalera de piedra al otro lado ascendía abruptamente.

Una vez más, Aeson sacó la piedra verde pulida del bolsillo.

La deslizó en una pequeña ranura en la pared, donde encajó como un guante.

Inmediatamente, se iluminó, emitiendo un resplandor verde esmeralda.

—¿Y ahora qué? —preguntó Dann tras un minuto.

—Ahora esperamos —respondió Aeson, apoyando el hombro contra la pared de la cueva—. Esa piedra tiene una hermana, que debería haberse iluminando en cuanto la nuestra se colocó en la ranura.

No pasó mucho antes de que Calen oyera pasos en la escalera de piedra. Se oyó la voz ronca de un hombre, que resonó sobre del sonido de los pasos:

—¿Quién anda ahí?

—Soy yo, Ihvon. Aeson Virandr.

El ritmo de los pasos se aceleró.

—¡Aeson, viejo perro! ¡Entra!

El individuo que tenían delante parecía haber vivido más batallas de las que le correspondían.

La falta de pelo en la cabeza la compensaba con creces la barba que sobresalía de su rostro, como si hubiera sido tallada en piedra.

Su nariz zigzagueaba por un rostro cubierto de cicatrices; sin duda se la habían roto más de una vez.

Donde antes había estado la oreja izquierda, solo quedaba un muñón de carne moteada.

Era un poco más bajo que Calen, pero los hombros parecían capaces de soportar el peso de un caballo.

El jubón azul marino parecía fuera de lugar en él, como si fuera un lobo tratando de hacerse pasar por un zorro.

Ihvon sacó del bolsillo una piedra verde pulsante, gemela de la de Aeson. La deslizó en una ranura similar en su lado de la reja levadiza. En cuanto lo hizo, Calen sintió un temblor que reverberaba en las paredes mientras la reja de hierro fundido se replegaba hacia el techo.

—Ven aquí —dijo Ihvon con una carcajada. Abrazó a Aeson, quien le devolvió el abrazo con una calidez similar, aunque más reservada.

—Me alegro de verte, Ihvon. ¿Cómo está el rey? ¿Se encuentra bien?

—Sí, sí, claro que está bien. Desea verte tan pronto como pueda. Estará ansioso por saber que has regresado. Veo que tu banda ha crecido desde la última vez que nos vimos.

Ihvon miró al grupo, con una sonrisa afectuosa que ocultaba su mirada calculadora. Calen no se había dado cuenta de lo extraños que podían parecer. Cinco humanos y seis elfos, armados hasta los dientes. Casi le hizo reír a carcajadas.

Los ojos de Ihvon se agrandaron y su mandíbula se aflojó al ver a Valerys a los pies de Calen. Un leve rugido le hizo saber a Calen que el dragón tenía hambre.

Ihvon dirigió su mirada a Aeson, luego volvió a Valerys y luego de nuevo a Aeson.

—Eso no es… No puede ser.