Capítulo 26. Luz mortecina #2
—Te propongo un trato, chico. Me gustan los tratos.
Esos traicioneros forajidos con los que viajas, los que te metieron en esto, los que causaron la muerte de tu familia…
—El umbrío esbozó una sonrisa retorcida al ver el dolor en el rostro de Calen.
Sus labios finos y pálidos parecían aterradores en la luz moribunda—.
Bueno, tienen algo que quiero. Un huevo.
Un huevo grande y escamoso. Si me lo traes, liberaré a tu amigo.
«El huevo de Valerys…».
Se quedó paralizado. No sabía qué decir. Aunque quisiera traicionar a Aeson, a Therin, a todos… No podía. El huevo ya no existía.
«Pero Rist…».
—No… no puedo. Por favor, por favor, déjalo ir. No te ha hecho nada.
Una sombra de irritación cruzó el rostro del umbrío. Se acercó a Calen. Sus ojos negros como el azabache eran como cavernas.
—Tráemelo, chico. Ahora —siseó.
—¡No puedo! —dijo Calen, alzando la voz. Dio un paso atrás.
El umbrío lo envolvió en hilos del Aire, inmovilizándolo. Todo su cuerpo comenzó a entrar en pánico. Extendió la mano hacia la Chispa, pero no había nada. No podía sentirla. No podía ver los hilos. El pánico se apoderó de él. Estaba indefenso.
El umbrío se acercó de nuevo.
—Eres fuerte, sí, pero aún te queda mucho que aprender. Te llevaré conmigo en cuanto encuentre el huevo. Le encantará haber encontrado a dos como vosotros con este tipo de fuerza.
El umbrío extendió la mano para tocar el lado de la cara de Calen.
Un chillido agudo rasgó el aire. La criatura se tapó los oídos con las manos, retorciéndose de dolor.
Calen sintió que la furia se apoderaba de él cuando Valerys saltó al espacio que había entre él y el umbrío.
Un sonido a medio camino entre un chillido y un rugido brotó de su boca.
Se le erizaron los pliegues de la parte posterior del cuello y extendió las alas cuanto pudo.
Incluso con ese tamaño, el dragón parecía feroz.
—Estás vinculado… —siseó el umbrío.
Sus ojos iban de Valerys a Calen y viceversa.
El joven se estremeció al oír aquella voz que parecía rascarle el oído. El umbrío dio otro paso atrás y siseó a Valerys. El dragón siguió con el chillido, mostrando hileras de dientes afilados como cuchillas.
—Tu amigo sufrirá un dolor que ni siquiera podrías imaginar en tus peores pesadillas. —Los ojos negros se entrecerraron mientras miraba a Calen con ira—. Volveremos a vernos.
Calen sintió que los hilos del Aire que lo mantenían en su sitio se tensaban. Salió disparado de pronto y se estrelló contra el suelo con un golpe sordo. Ignorando el nuevo dolor en la parte baja de la espalda, se puso en pie de un salto e inmediatamente atrajo hilos de Fuego hacia la mano.
El umbrío había desaparecido. Valerys seguía chillando en el cielo nocturno, pero Calen sabía que se había ido. Algo había cambiado. Podía ver correctamente de nuevo; de hecho el baldír casi lo cegaba y se apresuró a apagarlo.
—Calen, ¿qué está pasando?
No se había dado cuenta de que Therin se había colocado a su lado, con el arco tensado y una flecha en la cuerda. Todos los miembros del grupo estaban allí. Los chillidos de Valerys debían de haberlos despertado.
—Valerys, para. Se ha ido.
Calen sintió un murmullo de desacuerdo por parte del dragón cuando este dejó de chillar. Un leve gruñido aún emanaba de su pecho.
—Calen, ¿qué se ha ido?
—El umbrío —respondió, permitiéndose respirar aliviado—. Estaba aquí. Vino a por el huevo de Valerys.
—¿Estaba aquí?
Había un atisbo de pánico en la voz de Therin. De repente, Aeson también estaba junto a Calen, flanqueado por Erik y Dahlen.
—Lo siento. No…
—No pasa nada. Estás bien, Valerys está bien y se ha ido. Decir que has tenido suerte es quedarse corto. Lo que no entiendo es por qué se ha marchado tan fácilmente. No conozco ningún umbrío que se vaya sin llevarse lo que ha venido a buscar.
—¡Valerys! —dijo Aeson con urgencia en su voz—. Calen, ¿vio a Valerys? —No hizo falta que Calen respondiese—. Tenemos que irnos, ahora mismo. Si ha visto a Valerys, sabe que el huevo ha eclosionado, lo que significa que Fane lo sabrá pronto.
Se volvió hacia los elfos, que ya se habían desplegado por todo el campamento, arcos en mano.
—Necesitamos que exploréis por delante y por detrás. Recoged vuestras cosas y empezad en cuanto podáis.
Los elfos asintieron y comenzaron a recoger sus escasas pertenencias en los morrales.
Las gemelas y Vaeril se dirigieron al oeste para asegurarse de que el camino estaba despejado, mientras que Gaeleron y Ellisar se encargaban de comprobar que nadie los seguía.
El resto del grupo tardó quince minutos en ponerse en marcha.
El sol no sustituiría a la luna creciente en el cielo hasta dentro de unas horas, pero Aeson no pensaba esperar.
—Llegaremos a Belduar en tres días. Solo descansaremos para dormir y rellenar las cantimploras. Durante el día, comeremos montados en los caballos.
No esperó a que le respondieran. En lugar de eso, tiró de las riendas y el bayo se puso al trote.
Farda estaba a punto de dormirse cuando la voz del umbrío le rasgó los oídos.
—El huevo ha eclosionado.
—¿Siempre tienes que venir cuando intento dormir? —suspiró Farda mientras se incorporaba en el catre.
Si el huevo había eclosionado, eso lo cambiaba todo. El umbrío estaba de pie a la entrada de la tienda. Le daba la espalda y miraba fijamente al campamento, con la capa negra sobre los hombros. La forma en que la criatura parecía absorber la luz irritaba a Farda.
—Vengo cuando me place —siseó, volviéndose hacia el interior.
Incluso en la penumbra, los cavernosos ojos negros de la criatura se veían claramente.
—¿Qué quieres?
—Necesito soldados.
—¿Para qué?
Lo que Farda solo podía describir como un gruñido emanó de la garganta del umbrío.
—Tenías razón. —Las palabras salieron de su boca como cadenas arrastradas sobre piedra. Farda no pudo evitar una sonrisa.
«Seguramente se dirigían a Belduar».
—¿Y en qué tenía razón, si se puede saber?
—Basta de juegos. Estoy harto —dijo el umbrío, dejándose caer en la silla frente a la cama de Farda.
Este no respondió de inmediato. Alargó la mano hacia el cuenco de agua que tenía a los pies, lo colocó en el regazo y se echó parte del contenido en la cara.
—Creía que te gustaban los juegos —dijo mientras se secaba el agua de la cara y el pelo.
El umbrío no respondió y se quedó mirándolo fijamente. Los labios atenuados se fruncieron en una línea frágil mientras los dedos casi translúcidos tamborileaban en el brazo de la silla. Farda soltó un suspiro. Necesitaba dormir y ya se había divertido lo suficiente.
—No tengo suficientes soldados para que conquistes Belduar. El Imperio no ha sido capaz de atravesar sus puertas en cuatrocientos años.
—No pretendo tomar las puertas. Solo necesito mil hombres.
Curioso, Farda enarcó una ceja.
Los finos labios del umbrío esbozaron una sonrisa maliciosa que provocó una sensación de inquietud en las tripas de Farda.