De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 26. Luz mortecina
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Capítulo 26. Luz mortecina

LUZ MORTECINA

C alen dejó escapar un profundo suspiro mientras apoyaba los codos en las rodillas. Le ardían brazos y piernas, hasta el extremo de que, si lo dejaban a sus anchas, podría tirarse dormido toda una semana. El entrenamiento y el viaje empezaban a pasar factura.

Cada noche, cuando hacían un alto para acampar, Calen era el último en comer.

Primero repasaba las suertes con Aeson y luego practicaban combate.

Aeson no se lo ponía fácil, cosa que Calen tampoco esperaba.

A veces practicaba con Erik, pero eso no era menos duro.

No se les permitía hacerse sangre intencionadamente, lo que no evitaba los moratones.

Con un gemido, llenó los pulmones y se frotó las costillas con la mano, donde Aeson le había dado una patada lateral especialmente fuerte.

Vio por el rabillo del ojo que uno de los elfos se acercaba.

Gaeleron había observado las sesiones de entrenamiento de Calen todas las noches, al igual que los otros cinco elfos.

Pero Gaeleron era diferente; no lo miraba con curiosidad, sino como si estuviera analizando y juzgando cada movimiento de Calen, quien se sentía cohibido bajo aquella mirada.

Más de una vez había recibido un golpe especialmente cruel de Aeson o Erik por haber desviado la atención hacia Gaeleron.

—Entrena conmigo —dijo el elfo.

Abrió el broche que le sujetaba el manto alrededor de los hombros, dejándolo caer al suelo y revelando las gruesas capas superpuestas de coraza de cuero que le cubrían el torso. Pesadas hombreras le protegían los hombros, pero le dejaban libres los brazos.

Calen no pudo ocultar la sorpresa. La mirada inexpresiva del elfo era inquietante. Desenvainó la espada antes de que el joven pudiera responder.

Gaeleron a veces entrenaba con los otros elfos después de comer.

No todas las noches, pero lo suficiente para que Calen se diera cuenta de que sería una pelea corta, pues el elfo era el espadachín más hábil que había visto jamás.

Se movía como el viento. Cada paso que daba, cada movimiento de la espada, fluía hacia el siguiente sin esfuerzo.

Nunca dudaba ni vacilaba, al menos que Calen hubiera visto.

Tampoco era pequeño, sino de complexión robusta, con grandes músculos y hombros cuadrados que rivalizaban con los de cualquier herrero.

—Me encantaría —respondió Calen, sin muchas ganas de otra sesión de entrenamiento que lo dejaría cojeando—, pero por desgracia debo continuar mi entrenamiento con Therin.

Desde el ataque de los uraks, Therin había empezado a dar clases a Calen para controlar la Chispa; lo hacían tras las suertes de espada y los combates.

No era menos agotador. Le enseñaba a controlar los hilos mientras tiraba de ellos, a manejar con precisión su flujo y su fuerza, a retorcerlos y entrelazarlos exactamente como deseaba.

Estaba mejorando. Cada día que pasaba, le cansaba menos.

Therin decía que era como un músculo: cuanto más lo usaba, más fuerte se volvía.

El elfo le enseñó a crear el orbe que Aeson había usado para iluminar el túnel, el baldír.

Le sorprendió lo sencillo que era. Pequeñas cantidades de Fuego y Aire se entrelazaban cuidadosamente con Espíritu.

Lo más complicado era mantenerlos sin una atención constante y sin agotar la energía interior.

Aún no lo había conseguido, pero estaba decidido.

Sin responder a Calen, Gaeleron buscó a Therin con la mirada y lo encontró junto al fuego con una pata de conejo en las manos.

Gaeleron se limitó a alzar una ceja y abrió los brazos hacia Calen, quien dejó escapar un suspiro de resignación cuando vio que Therin asentía, sin molestarse siquiera en hablar mientras volvía a su comida.

—Muy bien —resopló mientras se ponía en pie con esfuerzo—. ¿El primero en ceder?

«Mejor acabo con esto de una vez».

Gaeleron asintió y alzó la espada. Sin previo aviso, dio un salto y se lanzó contra Calen, quien se puso inmediatamente a la defensiva.

Girando y pivotando, blandió la espada con todas sus fuerzas, tratando de detener la avalancha de feroces golpes del elfo.

Lo alcanzó uno de ellos, un golpe hacia atrás con la empuñadura.

Calen vio las estrellas cuando le golpeó en un lado de la cabeza y cayó hacia delante sobre una rodilla.

Trató de ponerse en pie pero sintió una bota en las costillas.

Tosió mientras jadeaba en busca de aire y daba con la espalda en suelo.

Fue una advertencia de Valerys en el fondo de su mente lo que le permitió interponer la espada a tiempo y detener el golpe descendente de Gaeleron.

«¿Y si no lo hubiera detenido?».

Rodó hacia un lado y se puso en pie de un salto.

Sin tiempo para respirar, retrocedió de nuevo mientras Gaeleron tentaba sus defensas.

A mitad de un paso, el elfo se abalanzó sobre él; fue una nueva advertencia de Valerys lo que le permitió a Calen desviar el golpe hacia abajo.

Deslizó la espada hacia arriba y golpeó a Gaeleron en la barbilla con la empuñadura. El elfo pareció desconcertado.

Ahora todo el mundo los observaba. Incluso Therin les echaba miradas de reojo mientras fingía desinterés. Dann estaba encaramado en una gran piedra, con una sonrisa emocionada en el rostro. Calen estaba lejos de sentirse tan seguro como Dann.

Gaeleron se recuperó del golpe sorpresa y redobló el ataque.

Su espada brilló, demasiado rápida para Calen.

La sensación de vacío en su mano fue seguida poco después por un tintineo metálico cuando su arma se estrelló contra las piedras del suelo.

La punta de la espada de Gaeleron le acarició el cuello.

El elfo ladeó la cabeza con curiosidad hacia Calen, como si lo estuviera evaluando, sopesándolo.

La espada no se movió. Calen sintió un ligero pinchazo cuando se le clavó en la piel.

Respiró aliviado cuando el elfo finalmente bajó la punta de la espada de su cuello y la enfundó de un solo movimiento.

—A partir de ahora entrenarás conmigo —dijo Gaeleron—. Hablaré con Aeson. Puedes seguir practicando las suertes con él, pero cuando llegue el momento de entrenar, será conmigo.

Calen levantó las cejas, sin saber muy bien qué decir. Gaeleron debió de leerle el pensamiento:

—Si vas a llevar una espada élfica en la cadera, vas a aprender a usarla.

Sin esperar respuesta, el elfo volvió a sentarse junto al fuego.

—No te preocupes —dijo Dann cuando Calen se sentó a su lado y cogió la cantimplora—. La próxima vez ganarás.

Calen no estaba seguro de si el guiño de Dann era burlón o tranquilizador; lo primero, casi con toda seguridad.

Como era de esperar, no tardó mucho en conciliar el sueño.

El agotamiento era más fuerte que los dolores y molestias que lo afligían.

Se preguntó si así sería la vida a partir de ahora: dolor constante seguido del abrazo amoroso del sueño.

Esperaba que su cuerpo se acostumbrara a ello, con el tiempo.

Fue el frío lo que lo despertó. Se le puso la carne de gallina y un escalofrío lo recorrió desde la cabeza a los pies.

Parecía una noche más oscura de lo habitual.

A pesar de que el fuego seguía chispeando, Calen apenas veía lo que había a media vara de distancia.

Percibió con la mente a Valerys, profundamente dormido a su lado, soltando pequeños ronquidos mientras soñaba.

No estaba muy seguro de qué, pero algo no estaba del todo bien.

Se puso en pie muy despacio y extendió la mano hacia la Chispa.

Vio los hilos elementales pulsando, retorciéndose, formando la bola de energía en espiral que era la Chispa.

Irradiaba poder. El calor le lamía la piel mientras extraía finos hilos de Fuego y Aire, envolviéndolos en el Espíritu tal y como Therin le había enseñado.

Formó el baldír justo frente a él, con cuidado de controlar su brillo. No quería despertar a todo el mundo.

Dejó escapar un suspiro de frustración. Por mucha energía que empujara hacia el baldír, este no se hacía más brillante.

Era como si todo lo que empujaba hacia él fuera absorbido por otra cosa.

Debería haber sido lo bastante brillante para iluminar todo el campamento, pero apenas emitía un resplandor comparable al de una llama moribunda.

—Interesante… —siseó una voz, como uñas arrastrándose por la piedra.

No parecía provenir de ningún lugar concreto.

—¿Quién va? —Peguntó Calen, que había estado a punto de dar un salto.

Su voz sonó un poco más alta de lo que pretendía. La oscuridad se retiró, revelando la silueta de alguien a pocas varas de distancia en medio del camino por el que habían bajado ese día.

—¿Quién eres? —susurró Calen, acercándose a la figura.

Al aproximarse vio la silueta de una capa negra adornada con espirales y formas de color azul pálido.

Un paso más y pudo verle el rostro. Era tan pálido como la porcelana de Vaerleon, casi tan blanco como las escamas de Valerys; de piel tan delgada como el papel más fino.

Calen se detuvo en seco cuando todo encajó.

En medio del rostro pálido y enfermizo había dos pozos negros sin fondo.

«¡El umbrío!».

El pánico se apoderó de él.

—¡Therin! ¡Aeson! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Despertad!

Solo le respondió el silencio. Luego, una risa malevolente resonó en el cavernoso espacio.

—No pueden oírte. Debes de ser muy novato si no puedes detectar la protección. Qué curioso, dos personas tan conectadas con la Chispa en un mismo lugar, y ambas tan ignorantes. —El umbrío hizo una pausa, pensativo—. Habla de ti todo el rato, ¿sabes? Tu amigo. Lo abandonaste. Lo dejaste morir.

Calen sintió un nudo en el estómago.

—¿Rist? ¿Dónde está?

Una risa baja y burlona retumbó en la garganta del umbrío.