Capítulo 25. Un profundo corte #3
—¡Rhett! Rhett, ¿qué pasa?
Sus labios intentaron moverse. Más sangre se derramó sobre ellos como vino de una copa. Bajó la mirada al tiempo que se llevaba las manos al vientre. Una punta de lanza de acero pulido sobresalía justo bajo el ombligo y goteaba sangre roja y espesa sobre la tierra seca.
—¿Ella?
Cayó de rodillas cuando tiraron de la lanza hacia atrás, separándola del cuerpo.
—¡No! No, Rhett…
Apenas podía ver. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No podía respirar.
—No, no, no…
Juntó las manos y las presionó contra el vientre de Rhett, pero la sangre se derramaba entre sus dedos.
No podía detenerla. Rhett cayó de lado y rodó sobre su espalda.
Intentó hablar, pero cada palabra que intentaba pronunciar provocaba un chorro de sangre.
A Ella le latía la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos y sentía un vacío en el estómago. Iba a vomitar.
—¡No te atrevas! —Rugió—. ¡No te atrevas a dejarme! ¡Rhett Fjorn, no me dejes sola!
Él alzó la mano y la posó sobre la mejilla de Ella. Una leve sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios, justo bajo los ojos.
—Lo… lo haría… todo…
Se interrumpió al toser más sangre.
—Rhett, por favor. No puedo, no sin ti. No puedo…
Él le acarició la mejilla con el pulgar, como siempre. Hizo todo lo posible por grabar ese gesto en su mente, por grabarlo en cada rincón y cada grieta.
—Rhett…
La mano de él cayó a un lado y el pecho se le hundió. Ella sintió la garganta seca; quería gritar, pero su cuerpo había perdido sensibilidad. Sus lágrimas se secaron, junto con su garganta. Sintió que se le partía el corazón.
—Levántate, o juro por los dioses que también te atravieso.
La voz del soldado era como un clavo oxidado raspando una superficie de acero. Era el más joven de los dos. El capitán estaba tras él, presionando con la mano una herida abierta y sangrante en la parte posterior de la cabeza.
Ella llenó su vacío con rabia. Como si algo la poseyera, se puso en pie de un salto, gritando tan fuerte que le ardían los pulmones.
El soldado ni siquiera tuvo tiempo de blandir su lanza.
Gritó cuando se abalanzó sobre él, consumida por el dolor y la rabia.
Lo arañó, sintiendo que se le desprendía la piel bajo las uñas.
Sus gritos se desvanecieron de su mente.
Algo duro le dio en el costado. La fuerza del golpe la hizo girar y caer al suelo. Aterrizó de espaldas de forma estruendosa. Le aullaban las costillas, como si alguien la hubiera golpeado con un martillo. El acero afilado le hizo un corte en el cuello mientras yacía allí.
—Oh, más te vale darme una razón por la que te quieren viva, porque si no, te cortaré el cuello ahora mismo y fingiré que nunca te encontramos. Y sonreiré mientras lo hago.
El soldado con la cara magullada se colocó sobre ella; el capitán. Ella empujó el cuello hacia delante, deteniéndose solo cuando sintió el pinchazo de la hoja cortándole la piel. Lo miró fijamente, con la ira ardiendo en los ojos.
—Oh, ¿te ha comido la lengua el kato?
Soltó una risa perversa que le puso la piel de gallina.
—¡Destripa a esa zorra! —gritó el soldado joven, en el suelo.
Se llevó las manos a la cara para contener la cascada de sangre que brotaba allí donde la joven le había arrancado tiras de carne. Ella no se había dado cuenta de que había dejado de gritar de dolor.
—¿Quieres callarte…?
Un gruñido sordo interrumpió las palabras del capitán. El siguiente sonido que llenó los oídos de Ella fueron los aullidos de este cuando algo lo arrancó del suelo. Su espada cayó con estrépito contra la tierra junto a la cabeza de Ella.
Esta se incorporó apoyándose en los codos y alcanzó a ver un borrón de pelaje gris que saltaba al suelo y se abalanzaba sobre el soldado más joven.
Los gritos le revolvieron el estómago; cerró los ojos.
Los únicos sonidos eran los latidos de su corazón, que resonaban en todo su cuerpo, y el crujir de huesos que se rompían como ramitas.
Respiró hondo, contuvo el aire un momento y luego lo soltó.
«Ya voy, Rhett».
Los siguientes instantes fueron eternos. Oyó pasos cautelosos, amortiguados por la tierra, que se le acercaban. Algo empujó contra su vientre, algo que emitió un rugido familiar. Abrió los ojos, sin saber si quería ver lo que había destrozado a los soldados con tanta facilidad.
—¡Faenir! —gritó, abrumada por la conmoción y la sorpresa—. ¿Qué haces aquí? —Inmediatamente abrazó con fuerza al lupino, ignorando la sangre que empapaba su pelaje gris ceniza—. Espera, si estás aquí…, ¿dónde están papá y Calen? ¿Han venido todos a buscarme?
Lo único que obtuvo como respuesta fue un empujón con el hocico.
Miró a su alrededor, escudriñando el paisaje, con la esperanza de ver a su hermano o a su padre. Su corazón se aceleraba con cada latido ante la idea de encontrarse con ellos pero cuanto veía estaba vacío. El suelo estaba cubierto de remolinos de polvo y había algunos árboles a los lados.
Acercó a Faenir hacia ella. Su calor la reconfortó mientras sollozaba incontrolablemente.