De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 25. Un profundo corte #2
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Capítulo 25. Un profundo corte #2

Dos de los soldados bajaron inmediatamente las lanzas a la altura de la cadera, las puntas apuntando al vientre de Rhett.

—No te acerques —gritó uno de ellos.

Como los demás, parecía tener menos de veinte años.

Rhett alzó las manos y retrocedió despacio. Ella sintió que la situación se le escapaba de las manos. Los soldados estaban nerviosos. Algo iba muy mal.

—Está bien, iremos con vosotros, pero ¿podríais decimos de qué se trata? Y dejad ir a estas otras personas. Ni siquiera los conocemos.

Hizo todo lo posible por mantener la voz tranquila y firme. Su padre siempre le había dicho que podía cambiar el ambiente de una habitación con el tono de su voz. No solía equivocarse. Se acercó a los soldados y alzó las manos para demostrarles que no llevaba nada.

—Solo tú —ladró el soldado.

Con una mano en la empuñadura de la espada, agarró a Ella por el hombro con la otra y la acercó a él. Ella le dio un golpe con las manos, pero fue inútil. Aunque eran del mismo tamaño, sus palmas no podían hacer nada contra su armadura.

—¡Suéltala ahora mismo! —Rugió Rhett.

Desenvainó la espada con un movimiento rápido. La hoja de Rhett no temblaba ni un ápice mientras la sostenía frente a él, pero sus ojos ardían.

—¡Rhett, no!

Para lo que sirvió, Ella bien podría haber estado gritando a una pared de piedra.

—Si le tocas un solo pelo, te abriré la cabeza —dijo Rhett con voz plana y mesurada. Hablaba en serio.

El joven soldado engreído apretó a Ella contra él. Le rodeó el cuello con el brazo y levantó la espada.

—¡Atrévete a intentarlo, escoria sureña!

Escupió al suelo. Los demás soldados se acercaron, estrechando el cerco alrededor del grupo de viajeros.

El niño se echó a llorar mientras se escondía tras las piernas de su padre, quien tenía una mirada preocupada en el rostro.

La otra pareja apenas se había movido y la mujer ocultaba la cabeza en el pecho de su compañero.

—Déjala ir.

—No estás en posición de…

Las palabras se vieron interrumpidas por un grito de dolor. Era algo que le había enseñado su madre, aunque su padre no lo aprobaba.

«Si alguna vez te encuentras en esa situación, Ella… Alabados sean los dioses, no lo harás. Pero si lo haces…», le había dicho su madre, señalando el talón, mientras daba una rápida patada hacia atrás con una sonrisa en el rostro.

Funcionó tal y como había esperado. En menos de un segundo, el soldado joven se revolcaba por el suelo con las manos entre las piernas.

Ella sintió que el corazón le iba a estallar.

Echó a correr hacia Rhett, pero se le escapó un grito cuando algo la agarró por el pie y la lanzó contra el suelo.

Al caer, sintió un dolor agudo en un lado de la cabeza.

—¡Zorra estúpida! —Escupió el soldado mientras se ponía en pie y le propinaba una rápida patada en las costillas.

El sabor metálico de la sangre le salpicó la boca.

Tosió violentamente. Sentía que los pulmones se le salían del pecho.

Antes de que pudiera recomponerse, algo cayó al suelo junto a ella con un golpe sordo.

Se giró y gritó cuando los fríos ojos del soldado le devolvieron la mirada, con sangre brotando del lugar donde su cuello había estado unido al cuerpo.

En cuestión de segundos, los gritos y los alaridos llenaron el aire.

El chirrido del acero contra el acero resonó con dureza en los oídos de Ella.

Se puso de rodillas, todavía mareada por el golpe en la cabeza. Extendió las manos. Encontró apoyo en la rueda del carro y la usó para levantarse hasta quedar encorvada. Le dolían las costillas con cada respiración y la sangre le corría por el labio y le goteaba por la barbilla.

Una sensación de desánimo la invadió cuando vio a Rhett de pie en medio de los tres soldados que quedaban, con largos cortes a lo largo del muslo y el hombro.

Aparte del joven soldado que había agarrado a Ella, había otro, desplomado a los pies de Rhett, con sangre brotando de su cuello.

Miró rápidamente a su alrededor. El niño y su padre habían desaparecido; probablemente habían huido en medio del caos.

Ella habría hecho lo mismo. Harson Link, que los dioses acogieran su alma, yacía tendido en el suelo, empapado en su propia sangre.

A Ella le dolía el corazón. Era… había sido un hombre muy bondadoso.

Los lamentos hicieron que Ella girara la cabeza. El otro hombre del carro se abalanzó sobre los soldados y derribó a uno de ellos con una violenta entrada. Las lágrimas rodaban por los ojos de su compañera mientras gritaba tras él.

En medio de la confusión, Rhett clavó la espada en el corazón de uno de los soldados y luego se giró rápidamente para bloquear un golpe del otro.

El capitán. Su rostro, ya de por sí horrible, estaba desfigurado por la furia.

Golpeó salvajemente a Rhett, rugiendo de forma ininteligible al aire.

Rhett esquivó uno de sus golpes descoordinados, se agachó y le golpeó en la nuca con la empuñadura de su espada.

El soldado cayó al suelo con un fuerte golpe.

—¡Ella! —Rhett corrió en su dirección con la mano extendida, y la chica la agarró con todas sus fuerzas, tanto que lo vio estremecerse momentáneamente—. ¡Tenemos que irnos, ahora mismo!

—¿Y los demás?

Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba gritando. Su corazón latía tan fuerte en su pecho que ahogaba todos los demás sonidos. Vio la renuencia en sus ojos. Él no giró la cabeza, solo mantuvo la mirada fija en ella.

—Ella, tenemos que irnos. Ya.

Escupió la última palabra y cerró la boca de golpe mientras la sangre le goteaba por el labio.

A Ella se le erizaron todos los pelos del cuerpo y se le encogió el corazón.