De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 25. Un profundo corte
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Capítulo 25. Un profundo corte

UN PROFUNDO CORTE

U na sacudida recorrió la espalda de Ella cuando el carro golpeó otra piedra. Se frotó la espalda, intentando aliviarse de alguna manera y vio que Rhett le sonreía. Cuando él hundió el pulgar en el músculo dolorido, ella arqueó la espalda en una mezcla de dolor y alivio.

—Ya no queda mucho —dijo él entre risas.

Cada vez que reía o sonreía, lo hacía siempre con los ojos.

No había sabido qué pensar en un primer momento cuando él le mostró la carta de Tanner en Resguardo. No tenían dinero. Ya lo habían hablado antes. Por eso habían elegido Otoñada; los billetes desde Gisa costaban un ojo de la cara. O más.

La idea de llegar a una nueva ciudad endeudados con alguien no era algo en lo que le gustara pensar. Se suponía que iban a empezar de cero, construir juntos una nueva vida. ¿Cómo se arreglarían si el dinero iba a estar cerniéndose siempre sobre ellos como un buitre al acecho?

Pero Tanner era un buen hombre, o eso decía Rhett, que era buen juez del carácter de las personas.

Estaba entre la espada y la pared. A pesar de que sentía la columna vertebral a punto de romperse por el traqueteo del puñetero carro y del hecho de que se estaban quedando sin dinero, Otoñada seguía siendo su opción preferida.

No quería deberle nada a nadie. Estaba más que dispuesta a soportar otro mes de viaje para empezar de verdad de nuevo.

Por desgracia, Tanner ya había pagado el billete desde Gisa.

Hicieran lo que hicieran, cuando llegaran a Berona sería algo a lo que tendrían que hacer frente.

Ella conocía lo suficiente a Rhett para saber que no podría vivir en paz consigo mismo si Tanner pagaba esa cantidad de dinero en su nombre de buena fe y no se lo devolvían nunca. Solo había una opción.

Maldijo a Tanner en silencio.

Volvió la vista atrás. Las llanuras abiertas quedaban tras ellos y las estribaciones de los montes Lodhar estaban a su izquierda.

Nunca había estado tan lejos de casa. Solo había empezado a darse cuenta de ello en los últimos días de viaje.

Aquella náusea en el estómago, aquella nostalgia por el terruño.

Cierto que mudarse a Berona había sido sobre todo idea suya, pero eso no significaba que no echara de menos a sus padres.

La forma en que su padre la miraba cada vez, como si fuera una estrella brillante caída del cielo nocturno; el modo en que su madre se sentaba con ella por la noche, hablando sin más del mundo, de las estrellas, de los chicos.

Incluso echaba de menos a Calen. Por lo general era un grano en el culo, pero tenía buen corazón y siempre se portaba bien con ella.

Posó la mano en el vientre, como si eso fuera a aliviar la sensación de vacío.

Volvió de nuevo la vista al frente, justo a tiempo para que la ciudad de Gisa apareciese ante sus ojos cuando iniciaban el cruce del río Irnell.

Enormes murallas grises rodeaban la ciudad en semicírculo, solo interrumpidas por la costa.

Dentro del perímetro, por encima de todo se elevaba la Torre del Faro, famosa por su llama eterna que señalaba la ciudad a los barcos que llegaban de lejos.

Por supuesto, había otras torres con faro a lo largo de Eferia, pero aquella había sido la primera.

Su padre se lo había contado. Él siempre pensaba que ella no le prestaba atención, pero lo haría.

Se recostó sobre Rhett, apoyó la cabeza en su pecho.

«Ya no queda mucho».

Decisiones aparte, no le importaba lo que hicieran. Lo que contaba era Rhett. Lo resolverían. Él era su alegría, su luz. Encontrarían una manera. Siempre lo habían hecho.

El comerciante, maese Harson Link, no les había cobrado nada por el transporte. Había vendido la mayor parte de sus mercancías en Resguardo y se iba a reunir con un proveedor en Gisa.

—No tiene sentido llevar un carro varío —había dicho el enjuto anciano, mostrando los dientes que le quedaban en una sonrisa amistosa.

La amabilidad de los desconocidos era algo con lo que Ella no contaba. La mayor parte de la gente era buena, pero eso no siempre se traducía en amabilidad cuando no se ofrecía nada a cambio. Harson Link, sin embargo, era un hombre amable.

Contempló a las personas con las que compartían la parte trasera del carro: otra pareja y un padre con su hijo.

Ninguno parecía rico. Sus ropas no estaban rotas ni sucias, y no parecían hambrientos, pero tampoco desprendían el aura de alguien que pudiera permitirse vivir en Gisa.

Se dijo que el simple hecho de que viajaran en la parte trasera del carro de un comerciante podría haberle dado esa pista.

Quizás tenían familia al otro lado, como Rhett, o tal vez iban a Gisa en busca de trabajo.

No hablaban, así que nunca lo sabría. Todos viajaban en silencio.

Solo el brazo de Rhett, que la sujetó por el hombro, salvó a Ella de caer hacia delante sobre el niño pequeño cuando el carro se detuvo bruscamente.

—¿Estás bien? —le preguntó, esperando su respuesta descontenta antes de levantarse.

Ella oyó voces en la parte delantera del carro, pero era casi imposible ver lo que estaba pasando.

—Atención, todos los que estáis en la parte de atrás salid ahora mismo. Por orden del emperador.

La voz pertenecía a un hombre. Su tono brusco sugería que no era alguien a quien le gustara que le hicieran esperar.

Apenas pasaron unos segundos antes de que un soldado se acercara a la trasera del carro, con el león negro de Loria estampado en su coraza carmesí.

Su rostro parecía como si lo hubieran golpeado contra una roca cuando era niño.

Tenía la nariz claramente rota en varios lugares y profundas marcas de viruela pintaban sus mejillas.

—¿No me habéis oído? —Gruñó, con un tono cada vez más impaciente—. Sacad los putos culos del carro, sureños de los cojones.

Ella estaba a punto de decir algo, pero Rhett le apretó el hombro lo justo para hacerle saber que no era el momento. Él fue el primero en saltar de la parte trasera del carro.

—Por supuesto. Ahora mismo.

El soldado soltó un gruñido y lo examinó de arriba abajo mientras pasaba junto a él; Rhett era por lo menos dos palmos más alto.

Ella y el resto de los que iban en el carro siguieron el ejemplo de Rhett, saltaron de la trasera del carro y fueron hacia el frente.

Harson Link se había bajado y sus viejos dedos huesudos jugueteaban con el sombrero de paja que ahora sostenía apretado contra el pecho.

Se colocó junto a Rhett, con cinco soldados alineados frente a ellos.

A Ella todo le parecía extraño. ¿Qué hacía el Imperio deteniendo carros al azar en el camino a Gisa?

—¿Hay algo que pueda hacer, señor? —dijo Harson, tartamudeando—. No he hecho nada malo.

El soldado de la nariz rota esbozó una sonrisa burlona.

—¿Y se supone que debo creerte, anciano? ¿No has hecho nada malo y debo dejarte ir sin comprobarlo?

El viejo comerciante parecía dispuesto a responder, pero se lo pensó mejor.

—No te mates antes de tiempo, viejo —dijo el soldado.

Se echó a reír y miró a sus hombres, que corearon su risa.

Saltaba a la vista que no encontraban graciosa la chanza, pero sabían lo que se esperaba de ellos—.

Estamos buscando a alguien. Solo necesitamos algunos nombres y luego podrás seguir tu camino. Sencillo, ¿eh?

El anciano asintió.

—Sencillo, ¿eh? —repitió el soldado.

—Sí, señor.

Otro soldado dio un paso al frente. Era joven, no tendría más de veinte años.

Se movía con el porte de quien intenta hacerse un nombre, solo que su armadura parecía hecha para alguien más alto, quizá heredada de algún familiar, lo que no le ayudaba en sus propósitos.

Se abrió paso entre el grupo, preguntando a cada uno su nombre por turno.

Empezó por la otra pareja joven. Miró al hombre como si este no fuera casi cuatro palmos más alto que él.

—¿Nombre?

—John Tarnell.

El soldado se detuvo un momento mientras examinaba a John de arriba abajo, como si unos segundos más de espera nerviosa pudieran cambiar su respuesta. Cuando se convenció de que el nombre de John no iba a cambiar, pasó a su pareja. El padre y su hijo pequeño recibieron un trato similar.

Todo parecía ir bien hasta que Ella dio su nombre.

—Ella Bryer.

Fue como si el viento hubiera cambiado. Ella no se habría dado cuenta de no haber sido por la sorpresa en los ojos del soldado.

Había estado esforzándose tanto por parecer intimidante que no pudo ocultar el cambio en su mirada.

Era una mezcla de sorpresa y nerviosismo.

Miró a su capitán, el del rostro como el lado malo del culo de un caballo.

Su expresión impasible no ofrecía nada más que una leve sonrisa en la comisura de los labios. Asintió.

El joven soldado se colocó en una postura ligeramente más amplia y se volvió hacia Ella.

—Ella Bryer, vamos a necesitar que nos acompañes, por orden del emperador.

Los demás soldados rodearon al grupo de viajeros agotados, que esperaban atravesar las puertas de Gisa antes del atardecer.

—¿Perdón? —espetó ella. Intentó atrapar las palabras con las manos antes de que salieran de su boca, pero fue inútil—. Debe haber algún error. Por favor, vamos de camino a coger un barco a Antiquar.

Rhett estaba tan sorprendido como ella, como era de esperar. La idea de que alguien fuera de los pueblos conociera su nombre era sorprendente, y más aún que lo hiciera un grupo de soldados imperiales en la carretera comercial hacia Gisa. Tenía que ser un error.

—No hacer falta armar jaleo; ven con nosotros y los demás podrán seguir su camino —añadió el soldado con firmeza.

Extendió la mano para agarrar a Ella por el hombro. Instintivamente, apartó el hombro, fuera del alcance de la mano del soldado, que de inmediato cayó sobre la empuñadura de su espada.

—¡Eh! —intervino Rhett.

La chica percibió el nerviosismo en su voz, lo que solo sirvió para ponerla nerviosa a ella también.

«¿Qué está pasando?».

Rhett dio un paso adelante con los brazos abiertos.

—¿Podemos hablar, por favor?