De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 24. El que sobrevivió #2
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Capítulo 24. El que sobrevivió #2

—Solo es un rasguño, en realidad. —Dann se encogió de hombros, torciendo el gesto en una mueca de dolor al mover el hombro, cuya herida estaba cicatrizando—.

¿Tenemos nuevos amigos? —Dann inclinó la cabeza hacia los cinco elfos que seguían de pie en fila, en posturas rígidas—.

Espera, te conozco —dijo, señalando a Vaeril con la cabeza—.

Tú eres quien me curó el hombro. Gracias.

—Ha sido un honor —respondió Vaeril. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.

—Muy bien —dijo Aeson, mirando al grupo—.

Es hora de ponernos en marcha. Iremos hacia el paso y solo nos detendremos cuando veamos la luna por primera vez.

En este lugar es imposible distinguir los ciclos del día y la noche.

—Aeson se volvió hacia los elfos y se dirigió a ellos—.

¿Alguno necesita recoger algo antes de partir?

Fue Vaeril quien respondió en nombre del grupo:

—No, rakina. Tenemos cuanto necesitamos.

Señaló el morral que llevaba a la espalda, con un rollo de mantas atado a un lado. Todos los elfos llevaban algo similar.

—¿Caballos? —preguntó Calen, sin saber muy bien si había tenido intención de hablar en voz alta—. ¿No necesitáis caballos?

—No, seguiremos el ritmo sin problemas —respondió uno de los elfos, cuyo nombre Calen aún desconocía.

Su respuesta le pareció innecesariamente seca. Calen asintió.

—Antes de partir, decidme vuestros nombres, por favor. No podéis jurar protegerme sin que yo sepa siquiera cómo os llamáis.

—¿Juramentos para protegerte?

Calen estaba convencido de que Dann se habría reído de él si no le hubiera causado tanto dolor. Vaeril fue el primero en dar un paso al frente:

—Como sabes, draleid, soy Vaeril. Vaeril Ilyin, explorador de Aravell.

Los demás elfos se adelantaron por tumos, presentándose de la misma manera.

La firmeza en los ojos de Ellisar llevó a Calen a creer que había visto muchos veranos, lo que contradecía su rostro juvenil.

Si hubieran podido pasar por alto sus orejas puntiagudas, muchas mujeres de los pueblos lo habrían considerado increíblemente guapo.

Su pelo corto y negro era similar al de Rhett Fjorn, al igual que su complexión, y las mujeres a menudo se desmayaban por Rhett.

Alea y Lyrei eran gemelas. Al menos, en la mente de Calen, esa era la única explicación.

Aunque hubiera podido pasar horas examinando sus rostros hasta el más mínimo detalle, no creía que hubiera tenido la más mínima posibilidad de distinguirlas.

Ambas eran hermosas, quizás no en el sentido convencional, pero sí a los ojos de Calen.

Ambas tenían el pelo rubio corto con flequillo hacia un lado y brillantes ojos dorados. Nunca había visto ojos dorados antes.

El último era Gaeleron, el elfo que había sido brusco con Calen.

Llevaba el largo cabello castaño recogido en la nuca, lo que le daba un aspecto severo.

Una fina cicatriz le recorría horizontalmente la mejilla derecha, justo bajo el ojo.

Calen no sabía muy bien por qué, pero había algo en la forma en que el elfo le hablaba y le miraba que lo inquietaba. Había desprecio en sus ojos.

Therinse acercó al grupo, ya a caballo, mirando con inquietud a los exploradores elfos.

—¿Estamos listos?

—Sí —respondió Aeson.

—Un momento, ¿y los cadáveres? —preguntó Calen.

—El bosque se ocupará de ellos.

Cuando llegaron a la linde del bosque, la luna creciente brillaba como un faro en el cielo nocturno.

Habían marchado durante todo el día. Calen estaba seguro de que se había quedado dormido en la silla de montar.

Lo que fuera que Therin le había hecho había aliviado el dolor de las heridas y le había quitado parte de la fatiga, pero desde luego no le había curado de la falta de sueño.

Los elfos, fieles a la palabra de Gaeleron, mantuvieron el ritmo de los caballos sin aparente esfuerzo. Las gemelas habían ido al frente del grupo durante todo el viaje, insistiendo en explorar el terreno. Sus capas les permitían fundirse con el bosque casi a voluntad.

La primera noche en la boca del paso de montaña transcurrió sin incidentes, así que siguieron con la rutina habitual.

Calen se quejó al principio cuando Aeson le dijo que cogiera la espada, pero tenía la costumbre de mirarlo fijamente en silencio hasta que cedía.

Esa noche no hubo combate, solo suertes. Ya había habido suficientes peleas.

Calen se dio cuenta de que todos los elfos dejaban de comer para observarlo. Sus ojos seguían cada movimiento, cada golpe de espada y cada giro del cuerpo, haciendo que se sintiera incómodo.

Aeson y Calen intercambiaron pocas palabras cuando se sentaron a cenar.

Dann yacía inconsciente junto al fuego, el cuenco de caldo vacío sobre el estómago, moviéndose arriba y abajo con su respiración.

Los elfos no permitían la caza de ciervos, por las razones que fueran.

El caldo de conejo y patatas era perfecto para Calen, que sonrió de oreja a oreja cuando Vaeril sacó una barra de pan fresco de la bolsa.

Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que había comido pan que no tuviera la consistencia de una piedra.

Vaeril también curó las heridas de Valerys lo mejor que pudo. El dragón aún sentía algo de dolor, pero había dejado de gemir y tenía fuerzas suficientes para ir a buscar sus propios conejos.

—¿Los elfos siempre han vivido en Lobregal? —preguntó Calen mientras calentaba las manos sobre el fuego—. No creía que nadie pudiera vivir aquí.

Vaeril levantó la vista y guardó un breve silencio antes de responder. Solo estaban ellos dos.

—No. Llegamos a Aravell hace casi cuatrocientos años. Tras la Caída, intentamos luchar, resistir al Imperio lorio. Fallamos. Fue antes de mi época.

—¿Por qué lo llamáis Aravell? ¿No se llama Lobregal?

—Así es como mi pueblo lo ha conocido siempre. Lobregal es un nombre que le dio tu especie.

—¿Por qué vinisteis aquí? Siempre he oído que los elfos se retiraron a Lynalion cuando cayó la Orden. Pero nunca nada sobre Lobregal, perdón, Aravell.

Una sonrisa melancólica se dibujó en los labios de Vaeril.

—Creíamos cosas diferentes. Por eso seguimos caminos diferentes. ¿Todos los humanos piensan siempre igual?

—No, supongo que no. —Calen soltó un suspiro. Jugueteó con una brizna de hierba larga que arrancó del suelo—. ¿En qué creen? Los elfos de Lynalion.

—Que los problemas de los hombres y los enanos no les incumben. Que el Imperio nació de la arrogancia humana. Y que la plaga que azota estas tierras no tiene nada que ver con los elfos.

—¿Y tú qué crees?

Vaeril reflexionó por un momento. Había una dulzura en sus ojos más allá de su expresión seria.

—Que este mundo es responsabilidad de todos y que todas las razas estuvieron involucradas en la Caída.

Ocupamos Aravell para actuar como muro entre Loria y el resto de Eferia.

Para debilitar todo lo posible el control del Imperio.

Nos aseguramos de que nada de lo que entra en el bosque salga jamás.

O lo capturamos nosotros, o lo hace el bosque.

—¿El bosque?

Se oyó un fuerte estallido cuando parte del fuego se derrumbó, lanzando chispas en espiral por el aire.

—Hay magia antigua en el bosque —dijo Vaeril—. Más que la piedra de las montañas y las canciones del viento. Incluso los elfos vamos con cuidado cuando nos adentramos en sus profundidades. Tuviste suerte de encontrar solo uraks anoche.

Calen asintió y soltó un breve suspiro.

—Vaeril, ¿por qué juraste protegerme? No me conoces. No me debes nada.

El elfo esbozó una débil sonrisa mientras se inclinaba hacia el fuego.

—Mi pueblo no siempre vivió en Aravell. Antes vivíamos en ciudades extensas, edificadas en hermosa piedra blanca.

Con murallas imponentes, torres portentosas y cúpulas doradas que brillaban con la luz del sol.

Mis mayores me contaban historias sobre esas ciudades.

Nunca las he visto. Quizá con tu ayuda lo que una vez fue pueda volver a ser, y podré verlo con mis propios ojos.

Es un sueño por el que estoy dispuesto a dar la vida.

El grupo ya había recogido sus cosas y llevaba más de una hora a caballo cuando salió el sol a la mañana siguiente. Aeson estaba decidido a llegar a Belduar en dos semanas, lo que significaba marchar durante cada segundo de luz que les daba el sol.

Cuando este se elevó sobre la cresta de las montañas, bañando el valle con su luz, Calen pudo ver la escala verdaderamente épica de los montes Lodhar, que había sido imposible de apreciar la noche anterior.

El grupo recorría un estrecho sendero de tierra enmarcado a ambos lados por escarpadas paredes rocosas que desaparecían entre las nubes.

Hasta donde alcanzaba la vista Calen no veía más que montañas y nubes que se extendían hasta el horizonte.

Hacia arriba. Esa parecía ser la única dirección en la que podía ir el camino: hacia arriba y otra vez hacia arriba.

No tenía ni idea de cómo los elfos seguían en pie.

Incluso su caballo luchaba por subir por el brutal camino inclinado, pero los elfos se movían por el paso como lobos, sin mostrar ni una pizca de fatiga en los rostros.

Tardaron seis o siete horas en llegar a la primera llanura, pero solo se detuvieron quince minutos para comer y beber. Therin usó la Chispa para extraer charcos de agua del suelo para los caballos. A Calen le pareció ver cómo lo hacía. Los hilos del Agua se mezclaban con los hilos de la Tierra.

—Therin. —Calen acercó su caballo al del elfo—. Lo siento.

El elfo no le había dirigido la palabra a Calen desde que este se había marchado enfadado al bosque.