De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 24. El que sobrevivió
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Capítulo 24. El que sobrevivió

EL QUE SObrEVIVIÓ

A Calen le latía la cabeza. Un zumbido le estaba perforando los oídos. Notó que se estremecía. Un par de manos lo agarraron del cuello.

—¡Calen! ¡Calen!

La voz le resultaba familiar. Intentó abrir los ojos, pero las pocas fuerzas que le quedaban se estaban agotando.

—¡Calen! —La voz sonaba más fuerte, más clara—. ¿Calen? Reuniendo todas las fuerzas de las que fue capaz, consiguió abrir los ojos. Al principio todo estaba borroso, pero poco a poco empezó a verse con más claridad.

—¡Está vivo!

Intentó articular palabras, pero sentía la boca llena de algodón. El sabor metálico de la sangre medio seca le cubría la lengua.

—¿Therin?

—Soy yo, chaval. Tranquilo, respira.

Una mano se le posó en el hombro. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo cuando una oleada de energía fluyó hacia él.

El dolor ardiente de las heridas se atenuó hasta convertirse en un dolor sordo, y el zumbido en la cabeza desapareció.

A medida que sus ojos se enfocaban, pudo distinguir los rasgos afilados del rostro de Therin.

—Therin, eh…

—¿En qué demonios estabas pensando, niñato? —gritó Therin. Le temblaban las manos mientras sujetaba el cuello de la camisa de Calen con una mano—. ¡Te lo dije! Te advertí que no tomaras demasiado. ¡Podrías haberte matado! Es un milagro de los dioses que no lo hayas hecho.

Calen nunca había visto al elfo enfadado. Se sintió devorado por la culpa hasta lo más hondo. Therin le soltó el cuello con un suspiro exasperado.

—No vuelvas a hacerlo —dijo, sacudiendo la cabeza. Se puso de pie y se pasó las manos por el cabello plateado, hundiendo los dedos en el cuero cabelludo con frustración—. Estúpido niñato…

Calen sintió los latidos del corazón de Valerys, sincronizados con los suyos. El dragón gimió mientras se lamía un corte en el costado. No era grave, pero le dolía.

—Ven aquí —dijo Calen, mientras se ponía de pie.

Extendió las manos y tomó a Valerys en brazos. Lo apoyó sobre el hombro, con la cola sobre su nuca. Los gemidos no cesaron, pero sintió que el dragón le transmitía consuelo.

—Draleid.

El jinete del ciervo se detuvo frente a Calen, con la capucha echada hacia atrás.

Aeson lo flanqueaba por un lado y uno de los guerreros encapuchados por el otro.

Era un elfo, más o menos de la estatura de Calen, con el pelo rubio corto y rapado y una variopinta serie de cicatrices grabadas en el rostro.

Tenía las mismas orejas puntiagudas que Therin.

Uno de sus ojos era completamente blanco lechoso, sin iris ni pupila.

—Draleid, soy Thalanil, capitán general de los exploradores de Aravell.

A Calen le resultaba casi imposible determinar la edad de un elfo.

Podían haber vivido trescientos veranos o veinte.

Therin parecía joven, pero era más viejo que algunos de los árboles de El Claro, mientras que Thalanil parecía haber vivido mil batallas, pero quizá era más joven que Therin, a pesar de las cicatrices que le surcaban el rostro.

—Soy Calen Bryer, de El Claro. —Un gruñido salió del pecho de Valerys—. Y este es Valerys, de Valacia —añadió.

—Es un honor conoceros, Calen, Valerys. Nunca en mi vida pensé que daría la bienvenida a un draleid y a un dragón a Aravell. Sería un honor que nos permitierais acompañaros a la ciudad.

—¿La ciudad? —dijo Calen—. ¿Hay una ciudad en Lobregal?

—Lo siento, Thalanil, pero no podemos —interrumpió Aeson antes de que el elfo tuviera oportunidad de responder—. Nos dirigimos a Belduar para reunirnos con el rey Arthur Bryne y debemos darnos prisa. Estoy seguro de que ahora que ves con quién viajamos lo entenderás.

—Comprendo —dijo Thalanil. Había un deje de dolor en su voz—.

¿Estás seguro de que no puedes venir con nosotros?

Podemos ofrecerte refugio en Aravell. Nadie que nos haya deseado daño ha puesto siquiera los ojos en sus murallas en los trescientos cincuenta años que llevan en pie.

Sería un gran honor para nosotros ofrecer refugio al primer draleid libre en cuatro siglos. Lo sabes, viejo amigo.

Aeson suspiró.

—Sabes tan bien como yo, Thalanil, que hay en juego mucho más que eso. Te doy mi palabra de que volveremos si somos bienvenidos. Pero primero debemos ir a Belduar. Hay juramentos que cumplir y gente que nos espera. Seguro que lo entiendes.

El elfo tardó un momento en responder.

—Lo entiendo. Pero los uraks llevan un tiempo comportándose de forma extraña.

La Luna de Sangre no está lejos, falta un año como mucho.

Me cuesta recordar una ocasión en la que hayan llegado tan lejos en Aravell en tan gran número.

Te proporcionaré una escolta de cinco exploradores, como guardia de honor para el draleid.

Los elfos de Aravell siempre han apoyado a los draleid y a la Orden, incluso antes de que este lugar fuera nuestro hogar, y eso no ha cambiado.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Aeson.

—El honor es nuestro, gran capitán. ¿Calen?

—Claro —tartamudeó Calen—, será un honor para nosotros.

La cálida sonrisa de Thalanil se amplió.

—El honor será compartido, draleid. —Se volvió hacia la persona a su izquierda—. ¿Faelen?

La mujer se bajó la capucha. Calen se esforzó cuanto pudo en no mirarla fijamente.

Se la habría considerado hermosa en cualquier parte del mundo.

Llevaba el largo cabello castaño recogido en la nuca para evitar que le cayera sobre el rostro.

Parecía tan joven como Therin, aunque de alguna manera lo parecía más aún que él.

Tenía los mismos rasgos afilados y pómulos altos.

Llevaba el arco de madera blanca colgado a la espalda.

Calen vio lo que los elfos habían hecho a los uraks con esos arcos; eran despiadados.

—¿Sí, gran capitán?

—Necesito que selecciones a cinco exploradores; uno de ellos, por lo menos, debe tener conexión con la Chispa. No pierdas el tiempo.

Faelen asintió.

—Sí, gran capitán. —Antes de marcharse, se volvió hacia Calen, inclinando ligeramente una rodilla mientras ladeaba la cabeza—. Draleid, Valerys.

«¿Acaba de inclinarse ante mí?».

Antes de que Calen pudiera pedirle que no volviera a hacerlo, ella se fue en dirección a un grupo de exploradores que estaban revisando los cadáveres de los uraks. Aeson debió de ver la sorpresa en el rostro de Calen. Sonrió con aire burlón.

De repente, Calen recordó algo.

—¡Aeson! Dann… ¿Dónde está Dann?

—Está bien —respondió Aeson—. La lanza no le alcanzó nada importante y uno de los exploradores de Thalanil es un excelente sanador. Probablemente tendrá el hombro rígido durante unos días, pero se recuperará.

Calen sintió un gran alivio.

—Gracias.

—Disculpadme.

Faelen había regresado. Cinco elfos estaban tras ella, envueltos en capas verde musgo, con las capuchas bajadas hasta los hombros.

—Estos son cinco de nuestros mejores hombres, gran capitán.

Todos ellos han expresado su deseo de prestar juramento.

Este es Vaeril —añadió Faelen, señalando a un joven guerrero con el pelo rubio hasta los hombros y una mirada seria—.

Es joven, pero su conexión con la Chispa es profunda y es especialmente hábil en la curación.

«¿Juramento? ¿Qué juramento?».

El joven elfo hizo una breve reverencia desde la cintura.

—Draleid, Valerys, rakina, gran capitán.

—Vaeril —asintió Thalanil—. ¿Todos estáis dispuestos a prestar juramento?

—Sí, gran capitán —respondieron al unísono el grupo de elfos.

—Con honor —añadió Vaeril.

—Entonces podéis hacerlo ahora. No retendremos al draleid y al rakina. Deben darse prisa.

Sin dudarlo, los cinco elfos posaron una rodilla en tierra. Colocaron una mano en la pierna en la que permanecían de pie y la otra en el pecho.

—Espera. Aeson, ¿qué…?

—Por la presente juro, ante los aquí presentes y los seis que nos observan, proteger al draleid, Calen Bryer, y al dragón, Valerys, e ir con ellos dondequiera que nos lleven, al vacío o más allá.

Una vez completado el juramento, los cinco se pusieron en pie y se volvieron expectantes hacia Thalanil.

—Es un honor que vuestro juramento haya sido presenciado por los aquí presentes y por los seis que nos protegen —respondió Thalanil—. Está hecho. Draleid, estos exploradores te protegerán con sus vidas. Vuestro vínculo no es de sangre ni de magia, sino de honor, y es más fuerte que el acero.

Calen no estaba seguro, pero le pareció que Thalanil miraba a Therin mientras hablaba. El elfo se había mantenido a distancia.

—Gracias por todo. Si no nos hubieras encontrado, me temo que no habríamos sobrevivido a la noche —dijo Aeson.

Extendió el brazo y rodeó con fuerza el antebrazo de Thalanil con los dedos, y este le devolvió el gesto.

—Aeson Virandr, siempre es un placer verte, viejo amigo, pero especialmente cuando traes esperanza contigo.

—Thalanil hizo una pausa y dirigió una cálida sonrisa a Calen—.

El primer draleid libre en cuatro siglos.

Si soy sincero, haría mucho tiempo que había perdido la esperanza.

Si pudiera, llevaría a todo Aravell contigo fuera del bosque.

—Es posible que ese día llegue —respondió Aeson con solemnidad. Thalanil torció la boca y asintió en señal de asentimiento—. Por ahora, te agradecemos la ayuda y el juramento, pero debemos seguir nuestro camino. El viaje a Belduar a través de las montañas es largo.

Thalanil se dispuso a inclinarse ante Calen. En cambio, Calen imitó el gesto de Aeson y extendió el brazo hacia el elfo.

—Te debo la vida a ti y a tus elfos, al igual que Valerys y todos los que están aquí. Gracias.

La expresión de sorpresa en el rostro del elfo dio paso a una de agradecimiento. Agarró el brazo de Calen.

—Ha sido un honor, draleid, y espero que vuelva a serlo.

Con un rápido movimiento de cabeza, Thalanil se dio la vuelta y regresó junto a su gente. Faelen lo siguió, aunque Calen no pudo evitar fijarse en cómo torcía el gesto al mirar de reojo a Therin. Se tomó su tiempo, pero él pareció hacer todo lo posible por fingir que no la veía.

Erik, Dahlen y Dann se acercaron. Dann apretaba el brazo contra el pecho.

—¿Estás bien? —preguntó Calen.