De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 23. No es lo que parece #3
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Capítulo 23. No es lo que parece #3

—Calen. —Dann se colocó junto a él, con el brazo extendido. Calen lo tomó y se puso en pie con esfuerzo—. ¿Estás bien? —Dann jadeaba mientras intentaba recuperar el aliento.

—Estoy bien. ¿Qué ha pasado?

Dann gritó cuando una lanza negra y dentada le atravesó el hombro derecho, levantándolo del suelo. Calen giró alrededor de Dann y descargó la espada contra el mango de la lanza. La partió por la mitad, lo que permitió a Dann caer de rodillas.

Sin dudarlo, Calen blandió la espada en un arco ascendente hacia el urak que sostenía la lanza partida. Este desvió el golpe con los gruesos brazales de hierro y luego apuñaló a Calen con el mango de la lanza destrozada.

El joven se dio cuenta de que estaba buscando inconscientemente la Chispa. Le ardían los pulmones y le latía con fuerza el pecho. El sudor le corría por la cara. Aspiró profundamente los hilos del Fuego, abrazando el calor que inundaba su cuerpo.

«Arde».

Una columna de llamas brotó de su mano izquierda cuando la lanzó hacia la imponente bestia.

Las llamas estallaron hacia delante, consumiendo al urak de pies a cabeza.

Todo el campamento se iluminó como una almenara encendida.

Sintió que la Chispa lo inundaba y tocaba cada rincón de su mente.

El Fuego lo llamaba, anhelaba que tomara más.

«No. ¡Basta!».

Soltó los hilos del Fuego mientras la energía se desvanecía de sus huesos.

Le temblaban las rodillas al intentar sostener su peso.

El aroma pútrido de la carne carbonizada inundó de pronto sus fosas nasales.

Se volvió hacia Dann, incapaz de mirar los restos ennegrecidos del urak.

El sonido de su piel crepitando y estallando le perforaba los tímpanos.

Su amigo yacía en el suelo, la punta de la lanza aún clavada en el hombro.

El miedo se apoderó del corazón de Calen.

—¡Dann!

Cayó de rodillas a su lado, golpeando el suelo con mucha más fuerza de la que pretendía.

—Estoy bien —tosió Dann, con los labios cubiertos por una fina capa de sangre—. Ve, ayuda a los demás. Ahora mismo no sirvo de mucho. —Calen trató de protestar—. ¡Ve! No puedes hacer nada por mí. Estaré bien.

Calen asintió a regañadientes. Tuvo que intentarlo dos veces antes de poder ponerse en pie, ya que su cuerpo se negaba a cooperar.

Therin no bromeaba al afirmar que usar la magia podía dejarlo agotado.

Cada movimiento le resultaba pesado y laborioso, como si hubiera estado trabajando en la forja desde el amanecer hasta el atardecer.

Para cuando llegó hasta Erik y Dahlen, su cuerpo estaba cubierto de pequeños cortes y rasguños.

Blandió la espada hacia abajo, esquivando una estocada de una lanza urak, y luego volvió a blandiría hacia arriba a lo largo del mango de la lanza para enviar a la criatura al vado.

Las suertes de la espada pasaban por su mente mientras fluía de una a otra.

De Golpe de Dragón a Carga de Jabalí, hasta replegarse en Oso Agazapado.

Un dolor abrasador le atravesó el muslo, postrándolo de rodillas. Miró hacia atrás justo a tiempo para ver las garras de Valerys desgarrar el cuello de la criatura. Sintió una punzada de miedo al pensar en lo que podría hacer el dragón cuando creciera.

El corazón le dio un vuelco cuando un urak golpeó a Valerys en el costado con un martillo, lanzándolo por los aires. Cayó al suelo con un golpe sordo. No se movía.

Algo ardió en él mientras se ponía en pie de un salto. Tiró de los hilos del Aire, aullando mientras los lanzaba contra el urak. Envió al monstruo desprevenido volando por los aires; el impacto partió el tronco de un árbol por la mitad.

Volvió a sentir el agotamiento. Cayó de rodillas de repente mientras luchaba por mantenerse consciente.

La sangre le corría por la parte interior de la pierna, acompañada de un dolor ardiente a lo largo de toda la herida.

Lo ignoró como pudo, se puso en pie y se tambaleó hasta Valerys.

Sintió los latidos del corazón del dragón antes de llegar hasta él, pero eso no le impidió poner una mano en el costado de Valerys, solo para comprobar el subir y bajar de sus pulmones. El alivio lo inundó.

Otro rugido espeluznante irrumpió en el estruendo de la batalla.

Se volvió y vio a un imponente urak con una placa de hierro en el pecho blandiendo una terrible hacha de doble hoja por encima de la cabeza.

Intentó moverse, pero apenas tenía fuerzas para mantener los dedos alrededor de la empuñadura de la espada.

Suspiró y estiró el cuerpo sobre Valerys al tiempo que cerraba los ojos.

De pronto oyó un silbido y los abrió. El urak se tambaleaba hacia delante y hacia atrás, con la punta de una flecha sobresaliendo de donde había estado su ojo izquierdo hacía unos instantes.

Una segunda flecha le atravesó el cuello.

Calen miró a su alrededor. Dann seguía tumbado.

Pudo ver a Therin, pero este blandía la espada y cojeaba pesadamente mientras se defendía de dos uraks.

Justo en ese momento, ambos monstruos cayeron, los cuerpos llenos de flechazos.

La sorpresa se reflejó en el rostro de Therin.

El sonido cortante de las flechas atravesando el aire llenó el campamento.

Llovía muerte. Calen giró la cabeza para ver de dónde venían, acercando a Valerys para protegerlo.

El ciervo más grande que Calen había visto jamás irrumpió entre la maleza al borde del campamento, la luz del baldír reflejándose en el níveo pelaje blanco.

El animal era pura fibra; el poderoso cuello sostenía una cabeza adornada de cuernos feroces, negros como el carbón, con vetas doradas que se extendían por toda la superficie.

Un hombre lo cabalgaba, con capa verde musgo sobre los hombros y una capucha que le ocultaba el rostro.

Sacó una elegante flecha de su aljaba, la colocó en el arco y la soltó en un instante. Un urak cayó al suelo.

Más guerreros con capas verdes irrumpieron en el claro, cada uno empuñando enormes arcos de madera blanca veteada.

Los uraks caían dondequiera que volaban sus flechas.

La lucha terminó en cuestión de segundos.

Los uraks que no yacían inmóviles en el suelo, con los cuerpos erizados de flechas como si fueran las espinas de un erizo, se tambaleaban, arrastrándose y cojeando hacia lo más hondo del bosque.

Los músculos de las piernas de Calen se tensaron y luchó por mantenerse erguido. Intentó resistirse, pero sentía que perdía y recuperaba la conciencia.

Alguien se le acercaba. Corrían. Al menos, eso creía, pero era difícil saberlo. Su visión se nubló como si estuviera bajo el agua. Sintió un dolor agudo cuando su otra rodilla cedió. Cayó de espaldas y se golpeó la cabeza con algo sólido. La figura casi había llegado hasta él. Sí, sin duda corrían.

Ya no podía luchar más. Cerró los ojos.