Capítulo 23. No es lo que parece #2
Esquivó uno de los golpes y saltó hacia atrás, instando a Dahlen a que lo siguiera.
Este mordió el anzuelo. Cuando intentó acortar la distancia entre ellos, Calen se conectó con la Chispa, haciendo lo que Therin le había dicho.
Podía ver la bola de energía flotando en un mar de negro.
Girando y retorciéndose sobre sí misma. Las hebras elementales lo llamaban.
Recurrió a los hilos del Agua, la Tierra y el Fuego.
Extrajo la humedad del suelo mojado y la congeló.
Incapaz de detener su impulso, el pie de Dahlen resbaló sobre el hielo.
Cayó al suelo con un golpe sordo. Calen se colocó sobre él, la punta de la espada apoyada en el pecho de Dahlen y una sonrisa de satisfacción en el rostro.
El rostro de Dahlen se crispó de furia. Apartó la espada de Calen con la mano.
—¿Qué coño ha sido eso? —Rugió mientras se ponía en pie de un salto.
Calen sintió una punzada de culpa en el pecho.
—Esto…
—En serio, ¿crees que eso está bien? —gritó Dahlen, empujando a Calen.
La rabia sustituyó a la culpa. Calen oyó gritar a Valerys mientras miraba con ira a Dahlen. Ambos compartían el enfado.
—¡Basta ya! ¡Ahora mismo! —Rugió Aeson—. Ya no sois niños. ¿No habéis cumplido los dieciocho? ¿No habéis visto la muerte?
Su voz fluía con autoridad mientras se interponía entre los dos jóvenes.
—Tú —dijo, señalando a Calen—, esto era una prueba de destreza con la espada, no de un nuevo don que no comprendes. Como vuelvas a hacerlo mientras practicas, el acuerdo que tenemos quedará nulo y sin efecto.
Calen bajó la cabeza avergonzado. Aeson se volvió hacia Dahlen.
—En cuanto ti, deberías saber mejor que nadie que las situaciones cambian y las circunstancias varían.
Tu entorno puede ser tu aliado en un momento y tu enemigo al siguiente.
Si eso hubiera sido una batalla real, estarías muerto.
Nos enfrentaremos a enemigos que pueden hacer cosas mucho peores que eso con la Chispa.
Regresó furioso hacia el fuego.
La ira en el pecho de Calen no se calmó del todo. Parpadeaba, como una vela que se queda sin cera, pero perduraba. Pasó junto a Dahlen y se sentó entre Erik y Dann.
—No se lo tengas en cuenta —dijo Erik. Le entregó un trozo de carne de jabalí y pequeñas lonchas de queso curado envueltas en un paño mientras se encogía de hombros—. No le gusta perder.
Calen asintió distraídamente. Dio un trago a su cantimplora, jadeando con fuerza.
—Ya…
—Entonces…, ¿también eres mago ahora? ¿Soy el único que no lo es?
Absorto en su propio estado de ánimo sombrío, Calen se había olvidado de que Dann estaba allí. Se dio cuenta de que, con todo lo que había sucedido en las últimas semanas, no había hablado con Dann como es debido. La ira se desvaneció y la culpa volvió.
—Lo siento. No he sido yo mismo. Debería habértelo dicho. No soy un mago… Therin dijo que tiene algo que ver con el vínculo entre Valerys y yo.
El dragón se acercó a los tres jóvenes y se dejó caer hecho una bola frente al fuego. El brillo de sus escamas blancas como la nieve era casi hipnótico.
—¿Así que le has puesto nombre?
Calen sintió otra punzada de culpa. Una cosa más que no se le había ocurrido contarle a su amigo.
—Lo siento, Dann. Tenía la cabeza en las nubes. No lo decidí hasta anoche. Significa «hielo» en la lengua antigua.
Dann sonrió.
—Le queda bien.
Asintió y miró a Valerys, que estaba devorando una de las patas del jabalí. No parecía importarle si la carne estaba cocida o no. Aunque la devoraba con más entusiasmo cuando no estaba cruda.
Calen sintió un estallido de ira cuando vio a Dahlen sentado al otro lado del fuego, mirándolo con rabia mientras comía. Lo reprimió. Tenía demasiada hambre para enfadarse.
—Estás mejorando —dijo Erik. Su tono no era condescendiente, sino sincero—. Cuando te conocimos ya te defendías bien, más de lo que habría imaginado. Pero ahora estás empezando a comprender la espada, en lugar de simplemente empuñarla. No sé si tiene sentido, pero…
—Sí. Gracias —lo interrumpió Calen, dedicándole a Erik una sonrisa de agradecimiento.
Erik siempre había sido muy amable con él, a pesar de su relación tensa con Dahlen. Era un buen hombre.
Calen, Erik y Dann charlaron un rato, sentados alrededor del fuego hasta que el frío se les quitó de los huesos y la ropa se les secó lo suficiente para que ya no chapoteara al caminar.
Era la primera vez en lo que parecía toda una vida que Calen podía salir de su propia mente y relajarse sin más.
Por eso, cuando sintió que el sueño le cerraba los párpados, intentó luchar contra él tanto como pudo.
—Voy a dormir un poco —anunció Aeson—. Dahlen, Erik, vosotros dos podéis hacer la primera guardia.
Dejaré el baldír alrededor del perímetro para que podáis ver mejor.
Si algo se mueve, despertadnos. Hay pocas cosas en este bosque que no tengan dientes afilados.
Al resto, os aconsejo que durmáis un poco.
—Montaré guardia con ellos —dijo Therin—. No estoy tan cansado y un par de ojos más no vendrán mal. Especialmente en este lugar.
Aeson se encogió de hombros.
—Despertadnos dentro de unas horas, para que podáis dormir un poco vosotros también.
Dicho esto, se tumbó junto al fuego y se envolvió en la manta.
Erik tomó las espadas de encima de las alforjas y se las colgó a la espalda, junto con el arco y la aljaba.
—Nos vemos dentro de unas horas —dijo, dando una palmada en el hombro a Calen y Dann.
Se alejó para tomar posición al borde del campamento.
—Voy a seguir el ejemplo de Aeson —dijo Dann—. Tengo la sensación de que este viaje no va a ser nada fácil y voy a necesitar dormir un poco para poder soportarlo.
Calen sintió un empujón en el costado de la pierna.
—Lo sé, lo sé. Voy a dormir un poco.
Pasó la mano por las espinas de la espalda de Valerys, que respondió con un ronroneo retumbante.
—¡Uraks!
El grito, que atravesó la noche, despertó a Calen de golpe.
Con los ojos aún borrosos, tardó medio segundo en despejarse.
Fue el chirrido metálico del acero contra el acero lo que lo devolvió por completo al mundo real.
Saltó del lecho, evitando por los pelos caer al suelo al tropezar con una raíz suelta. Su mente aún estaba confusa.
Vio destellos de lucha por todas partes. Erik y Dahlen estaban espalda con espalda a seis varas de distancia. Los uraks, los enormes cuerpos iluminados por la luz del baldír, los rodeaban.
Aeson se abría paso entre una maraña de piel grisácea y correosa, con el suelo a su alrededor empapado de sangre. Calen no veía a Therin, pero había demasiados cuerpos en el suelo llenos de flechas para que fuera solo Dann.
«Mi espada».
Calen la desenvainó justo a tiempo para bloquear el primer golpe que casi le alcanza en la cabeza.
Solo una advertencia en el fondo de su mente por parte de Valerys le permitió girar sobre los talones y bloquear el golpe.
La fuerza lo hizo trastabillar hacia atrás, maldiciendo mientras intentaba estabilizarse.
El urak centró su atención en Valerys, cuyo chillido de respuesta se parecía más al aullido de un lobezno que a un grito de guerra. El joven dragón no tenía ninguna posibilidad.
Calen se lanzó por los aires y pilló desprevenido al urak cuando se estrelló contra su costado.
Hubo un momento en el que pensó que no se movería.
Era como intentar derribar un muro. Pero la suerte estaba de su lado.
El urak perdió el equilibrio y ambos cayeron sobre las alforjas de Calen y rodaron hasta el húmedo suelo del bosque.
El joven solo tardó un momento en reaccionar una vez que toca ron el suelo.
No esperó a que el urak recuperara el equilibrio.
Se puso de rodillas, agarró la empuñadura con ambas manos y la clavó en el pecho de la criatura.
Sintió el crujido de los huesos cuando la espada encontró su objetivo.
Empujó con más fuerza. La sangre brotó de la boca de su oponente.
«Está muerto. ¡Levántate!».
Sacó la espada del cadáver del urak. El corazón le latía a mil por hora. El campamento era un caos. Había uraks por todas partes.
Se oyeron crujidos de ramas tras él. Se giró sin pensarlo y clavó la espada en el vientre de otro urak que se le venía encima. No esperó a ver caer el cuerpo; sacó la espada y miró hacia abajo para asegurarse de que Valerys estaba a su lado. El dragón rebosaba odio.
Un rugido gutural atrajo su atención hacia la izquierda, justo a tiempo para bloquear la espesa y ennegrecida espada del urak.
Una vez, dos, tres. La bestia seguía avanzando.
La fuerza de sus golpes sacudía los brazos de Calen.
Bloqueó otro golpe, pero la criatura lo tomó por sorpresa al clavarle el hombro gris y correoso en el pecho.
Cayó al suelo antes de comprender lo que estaba pasando. Su cabeza golpeó algo con fuerza. Sintió un dolor punzante. Vio estrellas. Una neblina borrosa cubrió su visión. Lo único que podía ver eran los ojos carmesí de la criatura que se cernía sobre él espada en alto.
—¡Calen!
Algo se clavó en el cuello del urak. La sangre brotó en todas direcciones.
«Una flecha».
Sacudió la cabeza y parpadeó con fuerza para intentar aclarar su visión.
El urak tosió y escupió, ahogándose en su propia sangre mientras se tambaleaba hacia delante.
Incluso con el astil de la flecha clavado en el cuello, la criatura levantó su espada dentada hasta su máxima altura; su mirada llena de odio se clavó en Calen.
Un chillido agudo rasgó el aire. Distinguió apenas la silueta de Valerys cuando el dragón saltó sobre la cara del urak, destrozándole los huesos con las garras y arrancándole trozos de carne con los dientes.
Calen se puso de rodillas cuando su visión se aclaró. Sentía la furia de Valerys pulsando en las venas. El dragón se encontraba sobre el cuerpo ahora tendido del urak, desgarrándole el torso con las garras. El rojo de la sangre de la criatura contrastaba con las escamas blancas de Valerys.